Jehová es Mi Pastor: Una Perspectiva Actual

Psalm 23 is often referred to as the Shepherd'...

En estos días he estado leyendo y meditando sobre el Salmo 23.  Dios me ha estado enseñando muchas cosas.  Incluso, escribí el salmo en mis propias palabras, las cuales intentan expresar mi gran necesidad actual ante Jehová, mi Pastor.

“En un mundo de consumerismo, Jehová es mi Pastor; nada me faltará.

En un mundo de llamadas constantes y tráfico violento, junto a aguas de reposo me pastoreará.

En un mundo de desorden y confusión interna, confortará mi alma.

Cuando no sepa a dónde ir, me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre.

Cuando el príncipe de este mundo me intenta atrapar y cuando la muerte misma oscurece la luz, ¡no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo!

En un mundo que fabrica armas de madera y de metal para guerrear, tu vara y tu cayado me infundirán aliento.

Cuando yo debo estar cocinando, y limpiando, y sirviéndote a ti, aderezas mesa delante de mí.

Cuando estoy desgastándome y me siento solo en esta batalla, unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando.

Cuando parece que la mala suerte y el infortunio me persiguen para trastornar todo, ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida.

Cuando me siento sin hogar en este mundo, en la casa de Jehová moraré por largos días.”

Abram, en obediencia…

Altar de Abram

Abram, en obediencia:

“Y edificó allí un altar…” (Génesis 12:7)

“Y edificó allí altar…” (12:8)

“Al lugar del altar que había hecho antes; invocó allí Abram el nombre de Jehová” (13:4)

“Y edificó allí altar…” (13:18)

¿Por qué tantos altares?

Dios lo mandó a ir, y se fue.

Pero nunca perdió la visión de Aquel que estaba guiando su peregrinaje.

“Señor, ¿este lugar?”

“Señor, yo sigo buscando tu rostro.”

“Señor, aquí en otra tierra extranjera – te necesito mucho acá.”

“Señor – dondequiera, cuando quieras, como quieras – todavía me abandono a tu llamado en mi vida.”

¿Has estado viajando por buen rato? ¿Deberás construir un altar y renovar tu fe una vez más?

Morir Para Vivir

SÁBADO SANTO

(San Juan 19:38-42)

Por: Josué Aceituno Ramos

El Sábado Santo (antiguamente Sábado de Gloria) culmina para los cristianos la Semana Santa.  Tras conmemorar el día anterior la muerte de Cristo en la Cruz, se espera el momento de la Resurrección.

Son los días de la sepultura de Jesús y de su descenso al lugar de los muertos, es decir, de su extremo abajamiento para liberar a los que moraban en el reino de la muerte.

Consideremos que Jesús tuvo tres etapas durante la semana: agonía, muerte y resurrección.  Todos como hijos de Dios normalmente pasamos por estas tres etapas, tenemos que agonizar a nosotros mismos, para que Jesús viva en nosotros.  Tenemos que morir a nosotros mismos, para que Cristo brille.  Y tenemos que resucitar para que la muerte de Cristo sea reflejada en nosotros para gloria de Dios padre.

Amigo mío, necesitas morir para vivir.  Y te aseguro que tu posterior estado será mejor que tu anterior estado, porque Él te hará sentar entre reyes.  Eres hijo del Rey.  No temas morir a ti mismo ni entregar todo.  Con tal rendición, resucitarás a mejor vida en Cristo Jesús.

“Humillaos, pues, bajo la mano poderosa de Dios, para que él os exalte cuando fuera tiempo” (1 Pedro 5:6).

Jesus from the Deesis Mosaic

Jesús del Deesis Mosaic (Photo credit: jakebouma)

A Los Pies de la Cruz

VIERNES SANTO

“Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también su túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo” (San Juan 19:23).

Por: Josué Aceituno Ramos.

El Viernes Santo es uno de los principales días de la liturgia cristiana, pues en él se conmemora la muerte de Cristo en la cruz.  En los oficios del día se conmemora de una manera sobria y solemne la Pasión de Cristo.  Se lee el relato completo de la Pasión según San Juan.  Observando el pasaje tomamos en consideración especialmente la aptitud de los cuatro soldados que estando a los pies de la cruz, que se preocupan más por echar suerte con la vestiduras del Maestro, olvidando que precisamente a la par de ellos está ocurriendo el acontecimiento más importante de la historia.

De igual manera en la iglesia de nuestros días, muchos vivimos de acuerdo a la estructura social cristiana, tratando de agradar a la congregación y olvidándonos de que lo primordial es agradar a Dios.  Diariamente debemos de preguntarnos: ¿A quién agrado? ¿Dónde está mi corazón? Debo de agradar antes que a todos a Dios.

Hoy es un tiempo para reflexionar sobre la muerte de nuestro Salvador.  La cruz es victoria – sabemos esto porque vivimos de este lado de la Resurrección.  Sin embargo, este día es un día para empaparnos en el sacrificio de Cristo Jesús.  Fijemos la mirada en él, y busquemos tomar nuestra cruz cada día y seguirle.

¿Soy Yo Acaso Maestro?

¿SOY YO ACASO, MAESTRO?

Mateo 26: 14-25

Por: Josué Aceituno Ramos

La primera parte de la Semana Santa llega a su fin con la celebración del Miércoles Santo.  El Evangelio de San Mateo continúa con la traición de Judas Iscariote.  En el relato de aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso: “¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?”  Ellos se ajustaron con él en treinta monedas.  Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: “¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?”  Él contestó: “ld a la ciudad, a casa de Fulano, y decidle: ‘El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’”.  Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.

Al atardecer se puso a la mesa con los Doce.  Mientras comían dijo: “Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.”  Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro: “¿Soy yo acaso, Señor?”  Él respondió: “El que mete la mano conmigo en el plato, ése me va a entregar.  El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!”

¿Cuál era la duda real de sus discípulos? ¿Qué sentían? El sentimiento real era de no estar seguros de su santidad delante de Dios.  Solo uno lo había vendido, mas todos dudaron de ellos mismos.

Usted y yo no podemos permitirnos perder la santidad que por gracia se nos fue dada, cada vez que sintamos fallar, preguntemos a Jesús: “¿Soy yo acaso, Señor? Si te he fallado ayúdame a cambiar, para que cada día pueda ser más como Tú.”

El Arrepentimiento de Pedro

EL ARREPENTIMIENTO DE PEDRO

Juan 13: 21-33, 36-38

Por: Josué Aceituno Ramos.

Simón Pedro, fue un hombre valiente y distinguible, un líder reconocido del pequeño grupo de apóstoles. Cuando desenvainó la espada en Getsemaní se hizo así mismo notable. Todos los ojos voltearon hacia él. Él estaba al descubierto bajo la mirada de todos los enemigos.

El deber es doblemente dificultoso. Simón Pedro estaba sólo. Sus hermanos habían huido. Ellos habían manifestado menos coraje que Simón. Es verdad que Juan estaba cerca del Señor durante el juicio, pero Juan corría menos peligro, era conocido del sumo Sacerdote (Juan 18:15-16).  Pero Pedro estaba sólo, indefenso, sin espada.  ¿Pedro fue cobarde y mentiroso cuando se comprometió a sí mismo al Señor? ¡No lo creo!  Él con todo su amor, con todo su corazón prometió dar su vida al Señor, y lo demostró sacando su espada para pelear hasta morir.

Pero él estaba equivocado y fue reprendido por el Señor. NO PEDRO, NO ASÍ, NO CON ESPADA ES COMO DEBEMOS PELEAR.  Pedro era un niño, todavía no entendía el plan de Dios.  ¡Sí un niño pero con un gran corazón!  Cuando él fue atacado por Satanás desde otro ángulo, es decir, por medio de la tentación, Pedro no supo que hacer.  No era maestro de la retórica como fue Pablo.  Él sólo tenía sus fuerzas físicas.  ¡Fue derrotado!  Algunos quieren compararle con Judas, pero lo que debemos hacer es contrastarles a ambos.

El pecado de Pedro fue cometido por las circunstancias del momento.  El de Judas fue premeditado; el motivo de Pedro fue para preservar la vida; el de Judas por avaricia.  Uno se arrepintió en vida, y el infortunio del otro fue hasta la muerte.

El arrepentimiento de Pedro fue una cosa divina. Principia con el Señor: EL SEÑOR VOLTEÓ Y LO MIRÓ. (Lucas 22:61). La mirada fue elocuente, una mirada que no necesitaba palabras. ¿Qué miró Pedro en los ojos de Jesús que obraron el arrepentimiento en el alma de Pedro?  ¡Él debió ver la reprobación en esos ojos!  ¡Debió ver la piedad y el amor abundante para con él!  ¡Debió ver el espíritu de ánimo en esos ojos!  ¡Debió ver algo en ellos que le redimió de su pecado (2 Corintios 7:9-11)!

Amados, a pesar de nuestros errores no-intencionales en la vida cristiana, él nos sigue formando.  Y nuestra parte debe de ser constantemente mirar a Jesús para mantener los pies firmes en la tierra de la Santidad.

A Cristo Nadie Lo Crucificó

A Cristo Nadie lo Crucificó

*Una Reflexión Escrita por Rev. Raúl Rojas y Editada por Ariadna Romero

Tengo una pregunta para ti: ¿Qué harías sí Dios te diera la oportunidad de escoger el lugar, la hora, el día y la manera en que quieres morir?

Estoy seguro que algunos contestarían: ¡En ningún lugar, a ninguna hora, ningún día y de ninguna manera!  Otros más realistas diríamos: “En un lugar tranquilo, al caer la tarde, en un día domingo – buscando una buena asistencia al funeral – y  de ser posible mientras duermo para no darme cuenta”.  Bueno, tú posiblemente difieras de mí en los gustos, de todas formas serán simplemente pensamientos pues no tenemos la posibilidad de elegir.

Muerte de CristoSin embargo, Jesucristo el hijo de Dios sí escogió la manera en que iba a morir: su corona de espinas, su costado traspasado por una lanza, y su carne desgarrada por el látigo no vinieron a su vida sin que lo supiera, Él los aceptó por amor a ti y a mí.

Ojalá pudiésemos comprender que Jesús no fue una víctima, sino más bien un voluntario para el sacrificio, que no fue apresado contra su voluntad, no fue torturado contra su voluntad, no fue crucificado contra su voluntad, ¡Él todo lo permitió!  ¿Se te hacen familiares las frases: “Mi tiempo no ha llegado,” “Yo pongo mi vida, nadie me la quita,” y “Para esto he venido”? Todas ellas salieron de los labios del Maestro, y no solo para poner freno a la premura de los planes de Satanás en “acabar” con la vida de Jesús.  También los decía para que entendiéramos que a Él nadie le quitó la vida,  sino que la entregó por amor.  A Cristo no lo crucificaron… Él se dejó crucificar.  ¡Gloria a mi Cristo y mi Señor!

Sigamos Su ejemplo y llevemos a Sus pies voluntariamente todas aquellas cosas y sentimientos que nos estorban para servirle y adorarle como Él espera de nosotros.  No sólo le pidamos al Señor que “lo quite de nuestras vidas”.  Enfrentemos nuestras debilidades con el valor que nos demostró nuestro Dios en esa cruz.  Obedezcamos no por temor o por obligación, sino porque buscamos agradarle con humildad.  Traigamos ante el Rey de Reyes y Señor de Señores todo lo que somos y Él nos mostrará lo que podemos llegar a ser bajo Su guía.

¡Haya gratitud en nuestros corazones, pues nunca tendremos con qué pagar semejante demostración de amor y fidelidad!

El Cordero Inmolado

Inmolado

El Cordero Inmolado

Por Rev. Raúl Rojas

Parte de mi adolescencia la pasé  ayudando a los sacerdotes católicos a realizar los servicios de los domingos en el pueblo donde nací. Ahí muchas veces escuché la frase: ”el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.”  Pero nunca la pude entender.

Un día, leí acerca de una costumbre del pueblo de Israel en la cual degollaban animales y me pareció brutal desde que empecé la lectura.  Se encuentra descrito en Levítico Cap. 16.  Esta cruel práctica era parte del Rito de Purificación de pecados y consistía primero en escoger dos corderillos puros, sanos y perfectos, lo mejor del hato.  En el siguiente paso del proceso había que elegir a uno de los corderos el cuál sería degollado.  El otro no era menos desdichado pues el sacerdote -conociendo los pecados del pueblo – los confesaba y de manera simbólica los depositaba sobre la cabeza del animal.  Su destino entonces era llevar los pecados del pueblo sobre sí, era ser desterrado al desierto donde moriría de sed o sería devorado por otros animales.

Hoy en día no habría suficientes corderos ni suficientes desiertos para depositar los pecados de toda la humanidad.  Nuestro destino sería la condenación eterna.  Pero Dios en su infinita misericordia nos proveyó de un Cordero capaz de cargar con nuestros pecados y llevarlos no a un desierto, sino a la grande, maravillosa e infinita misericordia de Dios de donde nunca regresarán.

Ahora puedo comprender aquella preciosa descripción que hace Juan el Bautista: “He aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

Y no sólo eso, sino que puedo descansar seguro al saber que:Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados.” (Miqueas 7:19.)  

Él sacrificio de Jesús nos ha hecho libres por completo – Libres de ritos y de muertes de animales.  Pero aún podemos buscar agradar a Dios por medio de otra clase de sacrificios: sacrificios de alabanzas; frutos de labios que confiesen su nombre (Heb. 13:15).

Gracias, Jesús.  Tú eres ese Cordero puro y perfecto que llevó nuestro pecado.  Nadie te tomó o forzó.  Tú te entregaste por amor a nosotros.

Brutal y cruel fue Tu muerte en la cruz y todo por amor a mí.  ¡Gracias, Jesús!

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