Archivos diarios: 16 septiembre 2009

La Sonrisa del Amado

Lovers of NormandyYeri Nieto

“Yo soy de mi amado, y conmigo tiene su contentamiento” Cantar de los cantares 7.10

UNO DE LOS LIBROS de poesía más bellos –acaso el más– de todos los tiempos, es el que se le atribuye a Salomón, rey de Israel (XIII – X a.C.): el Cantar de los cantares. Y es a partir del nombre que ya se plantea una posibilidad sobre las demás obras poéticas; el título equivale a decir que es la “obra de las obras”, la máxima expresión poética, la que está por encima de todas las formas literarias.

Dos características la distinguen: 1) es una obra atrayente por las imágenes tan vivas y plenas de erotismo, y 2) en toda ella no se menciona el nombre de Dios. Acaso por estas dos características, en el siglo XVI, Fray Luis de León fue encarcelado; su culpa: traducir el Cantar de los cantares a sus estudiantes.

Entonces, ¿por qué aparece esta obra en la Biblia? Sin lugar a dudas, la razón más grande es por la analogía que desde tiempos antiquísimos se le dio al comparar a “la Esposa” con la Iglesia y “el Amado” con Jesucristo.

¿Quién es ‘el Amado’ en nuestra vida? Si es nuestro Señor Jesucristo, y si nosotros estamos cumpliendo el papel de ‘la Esposa’, no cabe duda que podemos decir como la misma: “Soy de mi amado y conmigo tiene su contentamiento”. ¿Es esto cierto? ¿Cristo se regocija realmente en nosotros? ¿Le causamos placer? ¿Son nuestros actos dignos del Amado? ¿Cotidianamente podemos decir que nuestro Amado se goza en todas las cosas que hacemos?

Sólo reconsideremos lo que en lo cotidiano estamos haciendo: ¿Nuestros actos públicos e íntimos constituyen una sola pieza? ¡Cuántas veces negamos en la oscura intimidad lo que a la luz del público predicamos! Pero maravilloso el Amado, nuestro Señor Jesucristo, que nos provee de vida al día de hoy para regalarnos, ¡otra vez!, su perdón, su gracia desmedida, nuestra segunda oportunidad. Y hoy es un buen tiempo para iniciar una intimidad con él, a fin de que los actos públicos sean sólo un reflejo de nuestra cotidianidad íntima en su regazo.

Oremos: Jesucristo, soy tuyo; enséñame a buscarte en la intimidad. Guíame en todo acto cotidiano para que puedas tener contentamiento de mí.

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