Sondear las Profundidades del Amor de Dios: Una Reflexión de Pascua

Por: Susan Austin

*Tomado del epílogo del libro de Víctor Lee Austin: “Losing Susan: Brain Disease, The Priest’s Wife, and the God Who Gives and Takes Away” (Perdiendo a Susan. Enfermedad cerebral, La Esposa del Sacerdote, y el Dios que da y quita).

Después de que Dios hizo el mundo, tomó a su pequeño sirviente, el hombre, y le enseñó a orar así: “inclina tu cabeza” dijo Dios, “y di ´Señor, ten misericordia´, y entonces harás lo que es correcto”. De manera similar, les enseñó a sus pequeños sirvientes, los animales, a orar: “sean fieles a los tuyos”, dijo Dios, “conserven sus familias, y canten las canciones que les he enseñado, y entonces harán lo correcto”. Pero a los árboles no les enseñó a orar.

“¿Qué hay de nosotros, Señor?” le preguntaron. “Enséñanos a orar como los demás”. Dios dijo: “Esperen mis pequeños amigos, todavía no sé qué enseñarles. Luego regresó al cielo y descansó  de sus inquietudes durante tres días. Envió al arcángel Miguel a vigilar todo en su ausencia y le ordenó que le informara todos los días sobre el estado de las cosas.

El primero día, Miguel regresó y dijo: “Los hombres están orando de la manera que les enseñaste”. “Sí, los escucho” dijo Dios. “Son fieles sirvientes a mí”. Y Miguel regresó a la tierra.

El segundo día entró a la presencia de Dios y dijo: “Los animales están orando de la manera que les enseñaste”. Dios dijo, “los escucho, son fieles sirvientes a mí”. Y Miguel regresó a la tierra.

El tercer día llegó al cielo y dijo: “¡Oh Dios, bendito por siempre! Algunos de tus sirvientes están afligidos”. Dios dijo: “¿Cómo puede ser eso, Miguel? No escucho lamentos”. “¡Oh Dios, bendito por siempre!” dijo Miguel, “tus árboles están afligidos porque nunca les enseñaste a orar. Están de luto, y en su gran dolor están arrancando sus hojas y esparciéndolas por el suelo”. Ante esas palabras, Dios recordó que no les había enseñado, y se compadeció de sus fieles siervos.

Descendió a la tierra y caminó entre ellos. Al principio no lo vieron por la gran carga de su dolor; arrancaban sus hojas y las arrojaban sobre él mientras caminaba debajo de sus ramas. Finalmente, Dios mismo lloró en su misericordia y se dio a conocer a ellos.

“Oh árboles, mis pequeños amigos,” dijo Dios, “dejen de arrancarse las hojas y esparcirlas, y escúchenme. Escuchen con atención, porque he pensado en una oración para que oren”.

 

Al instante los árboles dejaron sus lamentos y se dispusieron a escuchar. “Escúchenme entonces, árboles,” dijo Dios, “esta es la forma en que deben orar: no con palabras ni con canciones, sino con silencio y sus ramas levantadas en súplica. No teman que no los escuche. Tengo oídos para escuchar el corazón más silencioso y me encanta derramarme en la tranquilidad. Solo mantengan sus ramas levantadas para siempre en oración, y no les olvidaré”.

“Oh Rey, alabado seas por siempre”, dijeron los árboles en su alegría, y una vez de acuerdo levantaron sus ramas en súplica al cielo, y cayeron en un silencio profundo. Entonces Dios regresó a su trono y escuchó con amor las oraciones de todos sus fieles siervos.

Sucedió que el mundo cayó en la miseria y la muerte; y Dios, para vencer a la muerte, envió a su propio Hijo amado a morir. La forma en que se acordó que pereciera fue colgándole de la madera de un árbol, y ante esto los árboles estaban horrorizados.

“Señor”, dijeron en la quietud de sus corazones, “¿no lo acunamos cuando era un niño?” “Lo hicieron”, dijo Dios, recordando. “Además”, dijeron, “¿no le dimos sustento a su padre para que pudiera comer?” “Lo hicieron”, dijo Dios, recordando. “¿No formamos el bote desde donde enseñó a las multitudes?” “Todo esto es verdad”, dijo Dios. “Entonces, ¡oh!”, lloraron, “¿por qué debe sufrir por nosotros, por qué nuestra naturaleza dura y rígida debe ser la cosa sobre la cual se quebrante y muera? ¿Por qué nos has designado para tratar al Amado tan amargamente?” Dios miró los árboles con más ternura y dijo: “Mis queridos, todavía no han sondeado las profundidades de mi amor”.

Pero no le creyeron, y cuando el Hijo de Dios murió y la luz se extinguió fuera del mundo,  acordaron dejar caer sus ramas y se rasgaron las hojas en señal de luto.

“El Hijo está muerto”, se lamentaron, “¡y lo hemos matado! ¡Murió para salvarnos pero nosotros no lo salvamos! ¡Se ha ido y la alegría se ha ido para siempre!” De la misma manera se lamentaron todos los animales y los hombres.

Y Dios también lloró en su trono en el cielo.

Pero después de haber llorado, sondeó las profundidades de su amor y en su corazón, en el lugar más profundo de su amor encontró al Hijo muerto, a este Hijo que trajo de vuelta a la luz del día. Esto sucedió temprano en la mañana.

Ahora el Hijo de Dios caminaba por un jardín y los árboles silenciosos lo vieron. El temor se apoderó de ellos, aunque no lo reconocieron: pero lentamente, muy lentamente, levantaron sus ramas desnudas y desiguales hacia el cielo, y comenzó a amanecer.black-hanging-bridge-surrounded-by-green-forest-trees-775201

Y lentamente, una nueva savia ascendió por todas sus venas y capilares, y comenzaron a preguntarse si entendían el alcance del amor de Dios. Y el hombre que caminaba en el jardín les recordaba un poco al Hijo de Dios: y el cielo se volvió rosa y dorado.

Y justo cuando salió el sol, reconocieron a su Amado y vieron que estaba vivo, y de repente acordaron florecer, y el aroma de esas flores se elevó directamente al trono de Dios.

Así, Dios les enseñó a orar dos veces: una vez al comienzo del mundo, y otra vez cuando les dio una nueva oración para orar después de que habían sondeado las profundidades de su amor.

 

Acerca de Scott Armstrong

Soy Scott Armstrong. Tengo la esposa más hermosa del mundo, Emily. Tenemos dos hijos: Elías (17 años) y Sydney (15 años). Soy misionero en la Iglesia del Nazareno, Región Mesoamérica, y Coordinador de GÉNESIS, un movimiento para impactar los centros urbanos de nuestra región de manera misionera.

Publicado el 13 marzo 2020 en Otro, Semana Santa. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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