Gozo… Incluso En Esto

Recientemente leí un libro que me sorprendió por su profundidad y honestidad. “Losing Susan: Brain Disease, The Priest’s Wife, and the God Who Gives and Takes Away” (Perdiendo a Susan: Daño cerebral, La Esposa del Sacerdote y El Dios que da y quita) escrito por Víctor Lee Austin, habla del cuidado del autor hacia su esposa con enfermedad terminal a medida que su cerebro y calidad de vida se deterioran gradualmente. Su historia está llena de dolor, cansancio y dudas, pero también de gozo en medio de la enfermedad y pérdida. En la siguiente semana ofreceré tres extractos de este libro, el primero de ellos será hoy y oro para que desafíe tus suposiciones de lo que puede ser el gozo verdadero.

Si tú, lector, alguna vez has tenido que ayudar a tu amada para ir al baño, o has tenido que lavar sábanas sucias, sabes a lo que me refiero… Todo ser humano necesita saber que cuando suceden tales cosas, no estamos solos.

El 29 de septiembre de 1978, juré amar a Susan como mi esposa, en la salud y en la enfermedad por todo el tiempo que ambos estuviéramos vivos. Los eventos que recapitulo no son nada más que partes de la realidad, una muy humana realidad. Nuestros cuerpos, que nos pueden dar muchos placeres, también se duelen de necesidades básicas materiales. Y algunas veces, quizás más frecuentemente de lo que pensamos, necesitamos la ayuda de otras personas para suplir esas necesidades básicas.

Quiero decir algo más. No es solo que tuve que hacer esas cosas por Susan, cosas que yo no preveía y para las que frecuentemente no estaba preparado.  No solo al hacer esas cosas encontré que Dios estaba conmigo, en los momentos más tensos, bien presente y ayudándome a pasar por ello. Es esto: encontré gozo al hacer aquellas cosas. Limpiar el trasero de Susan, cuando tuve que hacerlo; lavar las sábanas; guiarla al pasar por los obstáculos en el aeropuerto; llevarla al hospital; sentarme a su lado; ir de la casa al hospital, al trabajo y de vuelta nuevamente; ser su abogado en medio del frustrante y complejo sistema médico y ser la única persona que conocía su historial y las muchas piezas de su difícil caso médico. Hacer todas estas cosas por Susan, por sobre su cuerpo y por el bien de su cuerpo, me dio un gozo que yo no me esperaba. Lloraba, estaba enojado, caminaba por los pasillos, pero había alegría en mis huesos. Aprendí cosas sobre mí que nunca habría aprendido. Aprendí que podía limpiar el cuerpo de Susan y sentir alegría.

Y esto no solo es sobre el gozo mío, la alegría de que yo pudiera hacer tales cosas. No es solo el gozo por ella, de que se sintiera aliviada por el contacto de la ropa limpia. Es un gozo que nos abrazaba a ambos y nos levantaba, en medio de una cosa humana tan mundana como lo es cuidar la corporeidad de otros, nos levantaba a las alturas, al corazón del gozo.

Jesús –se nos ha dicho- lloró la noche antes de morir, buscando otra manera. Su cuerpo debe haber temblado incontrolablemente cuando los clavos perforaron sus nervios. Sin embargo, mientras miraba a sus semejantes, ¿pudo haber al mismo tiempo, y sin restarle realidad al dolor, pudo haber una elevación, una sensación de alegría?

“El amor de mis ojos se ha vuelto feo”, se podría decir. Ella yace inconsciente. Su ropa huele mal. Cuando le pregunto si me conoce, solo me mira. Pero sigue siendo encantadora. Puedo acariciar su frente. Puedo besar sus labios.

Descubro que la alegría está a la mano, accesible, incluso en esto.

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