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Fuego

Escrito por Frederick Buechner

EL FUEGO NO TIENE FORMA O SUSTANCIA. No puedes probarlo, u olerlo o escucharlo. No puedes tocarlo, a menos que quieras correr el riesgo. No puedes pesarlo o medirlo, o examinarlo con algún instrumento. No puedes comprenderlo a plenitud porque nunca permanece en calma. Sin embargo, es innegable su extraordinario poder.

El fuego que barre millas de bosque como un viento terrible y la vela parpadeante que ilumina el camino a la cama de una mujer anciana. Los leños ardiendo en la noche bajo cero que impiden que la tubería se congele y dan sueños de verano al gatito que dormita cerca de la chimenea. Incluso, a millones de kilómetros de distancia, la conflagración del sol puede volver la tierra verde en desierto y dejar ciego a cualquiera que no baje la mirada ante su resplandor. El poder del fuego para devastar y consumir por completo. El poder del fuego para purificar, dejando nada a su paso sino ceniza dispersa que el viento se lleva como niebla. 

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Una columna de fuego fue lo que guió al pueblo de Israel a través del desierto, y fue a través de una zarza ardiente que Dios habló primeramente a Moisés. Había lenguas de fuego asentándose sobre los discípulos en el día del Pentecostés. En el Apocalipsis de Juan, es un lago de fuego en el que los condenados son arrojados, y el mismo Fiel y Verdadero sentado sobre su caballo blanco, dice, tiene ojos como llamas de fuego.

En las páginas de la Escritura, el fuego es santidad, y quizá nunca tan cautivador como las brasas de fuego que Jesús de Nazaret, recién resucitado, enciende para cocinar un desayuno a sus amigos en la playa al amanecer.

Este artículo fue publicado originalmente en Beyond Words.

Cuidar de Los Pobres: ¿El Mandamiento Más Ignorado de la Biblia?

Por Tyler Huckabee

En la Biblia, de principio a fin surgen algunos temas recurrentes. La idea de un Dios Creador, el Mesías, y la vida después de la muerte son solo algunos de los más frecuentemente señalados. Sin embargo, cualquier lista que mencione los temas bíblicos más discutidos debe incluir este: una persistente, apasionada e inquebrantable postura acerca de los pobres.

Quizás la Biblia mantenga cierto misterio en otras cosas – cualesquiera que sean sus complejidades y tensiones – pero cierto es que no puede ser más clara respecto a cómo tratar a aquellos que viven en la pobreza. Dios ama a los pobres y nos manda que les demos ayuda.  Tan simple como eso. Y es algo real en ambos Testamentos.

“Cuando haya en medio de ti menesteroso de alguno de tus hermanos en alguna de tus ciudades, en la tierra que Jehová tu Dios te da, no endurecerás tu corazón, ni cerrarás tu mano contra tu hermano pobre, sino abrirás a él tu mano liberalmente, y en efecto le prestarás lo que necesite.” (Deut. 15:7-8).

“A Jehová presta el que da al pobre, y el bien que ha hecho, se lo volverá a pagar.”  (Prov. 19:17).

“Más cuando hagas banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos; y serás bienaventurado; porque ellos no te pueden recompensar, pero te será recompensado en la resurrección de los justos.” (Lucas 14:13-14).

“Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.”  (1 Juan 3:17-18).

Dudo que las personas que lean este texto estén completamente sorprendidas con los versículos presentados. Las probabilidades son que estén muy conscientes de lo que la Biblia dice referente a los pobres. Saben que la Palabra dice que debemos ser generosos en nuestra forma de tratarlos. Muy pocos cristianos argumentarían que Dios quiere que seamos mezquinos y desconfiados con ellos.

La pregunta es, ¿Por qué no obedecemos?

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EXCUSAS, EXCUSAS

Un estudio realizado el año pasado por Kaiser Institute y The Washington Post encontró que el 46% de los cristianos son propensos a culpar a la gente pobre por ser pobres, en comparación, solo el 29% de los no cristianos opinan igual. La división es todavía más evidente cuando se separa a los evangélicos blancos, el 53% de los cuales culpa a los pobres de “falta de esfuerzo”.

En contraste, los ateístas, agnósticos y los no afiliados a alguna asociación religiosa son más propensos a decir que las circunstancias difíciles son las culpables de la pobreza, por un margen cercano de dos a uno.

¿Qué nos queda entonces de estas estadísticas? ¿Por qué los cristianos, aquellos que poseen Biblias repletas de instrucciones sobre cuidar y ser amables con los pobres, están más inclinados a considerarlos flojos?

Helen Rhee, una historiadora que estudia la riqueza y pobreza entre la cristiandad, dijo al Washington Post que cree que esto está relacionado con la escatología cristiana. Es decir, como el premilenialismo, –la teología que sostiene que Jesús puede regresar en cualquier momento– se convirtió en la teoría del fin de los tiempos dominante en el evangelismo estadounidense, los cristianos crecieron menos preocupados por hacer del mundo un mejor lugar. Desde esta perspectiva, Rhee comentó al Post: “El mundo ya está perdido. Las cosas irán de mal en peor… tienen que enfocarse solamente en lo que es importante, eso es, la salvación del alma”.

Esto ha llevado a tener una actitud que implícitamente relaciona la pobreza con la moralidad. Al Mohler presidente del Seminario Sureño Teológico Bautista, le describe esta actitud al Post de la siguiente manera: “Hay un impulso cristiano legítimo de considerar la pobreza como un problema moral… creo que con frecuencia  los cristianos conservadores tienen un entendimiento inadecuado de la dimensión estructural del pecado.”

En otras palabras, el pecado es la causa de toda la pobreza, pero no toda la pobreza es resultado del pecado individual. También existe el pecado comunal, aquel que da como resultado la pobreza generalizada: la avaricia y la corrupción que deja pobre a gente inocente.

Podemos ver esto en la Biblia,  donde los autores –lejos de condenar a los pobres– repetidamente los identifican como benditos, incluso a semejanza de Cristo. Más allá de la famosa frase de Jesús “Benditos los pobres”, hay versículos como Proverbios 19:17 que dice: “A Jehová presta el que da al pobre, y el bien que ha hecho, se lo volverá a pagar.”

Y en Mateo 25, donde Jesús dice “Entonces también ellos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo, o en la cárcel, y no te servimos? Entonces les responderá diciendo: De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis.”

En estos versos y muchos más, está muy claro que Dios mismo se identifica con los pobres. Lejos de declararlos responsables de su situación actual, Él mismo se manifiesta en ellos.

GRACIA

“Ellos se lo buscaron.”

“Si les doy, ¿Cómo sé que no lo desperdiciarán?

“Esperaré un mejor momento para dar.”

Estas son las excusas que a menudo usamos para no ser generosos con los pobres, pero mientras más leas la Biblia, más poco convincentes te sonarán las frases. ¿Qué pasaría si Dios nos diera de Su gracia con la misma prudencia cautelosa que utilizamos para dar nuestro dinero? “Ella se lo buscó. Si le doy de mi gracia, ¿cómo sé que no la desperdiciará?”

No. En Dios, tenemos la imagen perfecta de cómo luce la generosidad, y ese ejemplo es el que debemos seguir. Quizás hay algo de sabiduría en asegurarnos que no estemos usando nuestro dinero para permitir adicciones insalubres, pero en este punto, muchos de nosotros hemos envenenado nuestro espíritu generoso con esa suspicacia que nos lleva a asumir que cualquier persona pobre va a malgastar el dinero que le demos, en lugar de dar a la manera en que Dios nos dijo: como si le estuviéramos dando a Dios mismo. ¿Realmente queremos pasar nuestras vidas sospechando de Dios, como alguien que malversará nuestro dinero con drogas y alcohol?

La Biblia es clara. La necesidad es clara. La misión es clara. También son claras las excusas que los cristianos han inventado para protegerse a sí mismos de la generosidad financiera, aunque éstas no superan el más mínimo escrutinio. Los mandamientos sobre los pobres quizás no sean los temas más discutidos de la Biblia, pero pudieran ser muy bien los más ignorados.

Es hora de cambiar eso.

Este artículo fue publicado originalmente en: Relevant Magazine.

¿Cuál es el Legado de Lutero?

Todo este mes hemos estado celebrando el 500 Aniversario de la Reforma Protestante. Mañana se cumplirán 500 años del día en que Martín Lutero desencadenó la Reforma al publicar sus noventa y cinco tesis en la puerta de la iglesia del Castillo en Wittenberg, Alemania. Muchos de nosotros lo conocemos por ese acto épico. Sin embargo, ¿cuál es el legado perdurable de la vida y ministerio de Lutero cinco siglos después? El Dr. Stephen Nichols observa, por lo menos, cinco puntos principales del legado de Lutero:

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  1. Las solas. Cuando recordamos a Lutero, no podemos olvidar estos postulados fundamentales de su teología. Encontramos la sola Scriptura, la doctrina que dice que solo la Escritura tiene la autoridad final, y esa Escritura nos guía y gobierna. Después está sola gratia, sola fide, y solus Christus, en la cual aprendemos que la salvación, ciertamente, es solo por la gracia, solamente a través de la fe, y solo en Cristo. Finalmente, Lutero enseña acerca de soli Deo gloria, que todo es solamente para la gloria de Dios.
  2. Reforma de la práctica de la iglesia. Aunque hablamos sobre su reforma a la teología, debemos reconocer la reforma de Lutero a la “metodología” de la iglesia. Imaginen llegar al culto, sintiendo el deseo que brota dentro de ti de cantar alabanzas a Dios. Pero no puedes—no tienes himnos en tu idioma, y no hay cantos congregacionales en el servicio. Antes de Lutero, esta era la norma. Así que, cuando te levantas y cantas un himno, uniendo tu voz a otras voces en la congregación para alabar a Dios, puedes agradecer a Martín Lutero por restituir el canto congregacional y los himnos en la vida de la iglesia.
  3. Predicación. Antes de Lutero, el servicio consistía mayormente en la Misa, esto es, la Santa Cena. Ocasionalmente, había una homilía durante Adviento o Cuaresma, pero predicar de la Palabra no tenía una importancia central. Lutero introdujo el sermón semanal, donde el pastor estudia la Palabra de Dios y luego trae esa enseñanza al pueblo de Dios para que ellos puedan ser alimentados y puedan crecer como cristianos. Suena familiar, ¿verdad? Pero lo que hoy es ampliamente aceptado como obvio, no era así hace 500 años.
  4. Familia. Antes de la Reforma, no había una visión elevada de la familia dentro de la iglesia, Lutero ayudó a rescatar el matrimonio y la familia, además, ayudó a traer a ambos, el matrimonio y la familia, a una posición prominente. A través de su propia familia, su relación con su esposa, Katie, y sus hijos, él ejemplificó cómo debería verse una familia cristiana.
  5. Vocación. Lutero tuvo, lo que llamaríamos, una “teología elevada” de la vocación. Él creyó que, ya sea que tengas un puesto alto en la iglesia o, que tengas el trabajo servil más bajo, cualquier tipo de trabajo puede ser visto como un llamado. Antes de Lutero, solo los monjes, las monjas y los sacerdotes eran quienes tenían un llamado; todos los demás simplemente trabajaban en labores aparentemente “impías” o “profanas.” Lutero nos ayudó a darnos cuenta que, todo lo que hacemos puede ser para la gloria de Dios, mientras le servimos por medio de nuestras vocaciones.

Estos son cinco puntos del legado de Lutero que Nichols resalta. Sin embargo, él dice que realmente hay un punto verdadero, fundamental, y subyacente al legado de Lutero, y es el que se refiere a la Palabra de Dios. Él dice, “Hay una estatua en Eisenach de Lutero sosteniendo una Biblia y apuntando hacia ella. Lutero hubiera preferido que la estatua fuera de la Biblia sosteniendo a Lutero, apuntándole a él, para que prestáramos atención a la Palabra de Dios. Ese es el legado de Lutero porque, la Palabra de Dios, es la que permanece para siempre.”

 

Lutero y la Biblia

De 5 Minutos en la Historia de la Iglesia por el Dr. Stephen Nichols

En cuanto a la Reforma, uno de los temas de discusión más importante es Martín Lutero y la Escritura. Hay varias cosas que podemos decir acerca de este tema, pero veamos solo algunas.

La primera es la autoridad de la Escritura. Vemos esto con Lutero en el Debate de Leipzig en 1519. Uno de los monumentos a Lutero, en Eisleben, de un lado tiene un grabado de un oficial católico con aspecto enojado. Ese oficial con aspecto de enojo es Johann Eck. En el otro lado de Eck está Lutero, y Eck está sosteniendo en su mano documentos enrollados, mientras Lutero está sosteniendo un libro—la Biblia—y esto dice todo. Eck en Leipzig impugnó las enseñanzas de los concilios, las enseñanzas de la iglesia, y esos documentos enrollados lo representan. Él vino a Lutero y a los reformadores de Wittenberg, desde el contexto de la iglesia y la autoridad de la iglesia. Y Lutero dijo a Eck, “Tengo una autoridad que es mayor que la tuya,” y, por supuesto, esto asombró a Eck y él dijo, “Nómbralos.” Lutero dijo, “Pablo, Pedro y Juan.”

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Lutero impugnó directamente a la autoridad de la Escritura en Leipzig y, por supuesto, hizo lo mismo en Worms. Entonces, en Worms dijo, “Mi consciencia está cautiva a la Palabra de Dios.” Cuando él dijo, “Aquí estoy,” se refería a estar en la Escritura y mantenerse firme en el fundamento de la Escritura. Y, debido a que la Escritura es autoritaria, debemos leerla y debemos estudiarla.

Entre las muchas cosas que Lutero dijo acerca de la Biblia, él ofreció mucha asesoría sobre cómo leerla y estudiarla. Un texto en particular, que nos ayuda, es un prefacio de una colección de sus escritos en alemán. Él provee tres pasos para leer y estudiar la Biblia. El primero paso es oratio, u “oración.” Los Salmos, especialmente, son de ayuda en este punto. Lutero estaba muy familiarizado con los Salmos. Como un monje, él estaba en los Salmos siete veces en el día. Ellos tomaron el Salmo 119:164 muy literal: “Siete veces al día te alabaré,” dice el texto. Así que Lutero y sus compañeros monjes tomaban siete periodos de su día para pasarlos en los Salmos.

Lutero amaba los Salmos. Algunos sostenían que Lutero tenía el Salterio memorizado. Este fue un libro en el que él vivía, y fue un libro que le enseñó, no solo que debía aprender la Escritura, pero que también debía orar la Escritura. Por lo que, los Salmos pueden ser de gran ayuda mientras pensamos en la Escritura y buscamos acercarnos a ella en oración.

El segundo paso es meditatio. Lutero dice que la tentación es continuar, darse prisa, simplemente leer el texto. Lutero nos advierte, nos aconseja, nos anima a hacer simplemente una pausa, a meditar en la Palabra de Dios. De nuevo, los Salmos son de gran ayuda aquí porque frecuentemente los salmistas nos llaman a meditar en la Palabra de Dios.

El tercer paso en estudiar la Biblia es tentatio, o “lucha.” Así como Jacob luchó con el ángel, nosotros luchamos y batallamos con la Escritura. La lucha, dice Lutero, viene de nuestra incredulidad, nuestra duda, nuestra obstinación; finalmente de nuestro pecado, y la Palabra de Dios lo confronta por completo.

Ese es Lutero y la Escritura, la autoridad de la Escritura, cómo leer, estudiar, trabajar e incluso amar la Palabra que Dios nos ha dado.

En Todas Partes, Con Todos, Todo el Tiempo

Por Scott Armstrong

Por tanto, pondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma, y las ataréis como señal en vuestra mano, y serán por frontales entre vuestros ojos. Y las enseñaréis a vuestros hijos, hablando de ellas cuando te sientes en tu casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes, y cuando te levantes…” (Dt. 11:18-19 RV1960).

(Leer Deuteronomio 11:18-21, 26-28)

Como misionero—y fanático de los deportes—hace varios años, mientras vivía en Guatemala, descubrí que en Latinoamérica tal vez no se han dado cuenta de que hay muchos otros deportes aparte del fútbol. Realmente aman el fútbol, y los jugadores de la selección nacional son considerados héroes después de una gran victoria. Luego de un importante triunfo de la selección de Guatemala sobre Costa Rica, escuché a un comentarista en la radio alabar muy emocionado al jugador que había anotado los dos goles del partido. Aún puedo escucharlo animar a los radioescuchas, diciendo: “¡Traigan a Juan Carlos Plata a su casa! ¡Él merece un lugar en su cocina! ¡En la sala! ¡Hablen de él en la mañana, tarde y noche! ¡Cuénteles a sus hijos lo que él acaba de hacer por Guatemala! 

Aunque parezca un poco chistoso, los versículos de estudio de hoy nos llevan en una dirección similar. Sin embargo en esta ocasión, es la Palabra de Dios la que debemos llevar en nuestras mentes y de la que debemos hablar durante el día. Sus palabras y mandamientos deben “ponerse en nuestro corazón y en nuestra mente” y hay que hablar de ellos “cuando te acuestes y cuando te levantes”.  Tanto padres como hijos deben vivir y respirar su Palabra las 24 horas del día, los siete días de la semana. Todos debemos estar familiarizados con el conocimiento de lo que Él hizo por nosotros y cómo su Palabra instruye y guía nuestra vida diaria.

¿Esto significa que no podemos hablar de nada más que no sea la Biblia? ¿Se supone que debemos caminar por los pasillos de la escuela recitando versículos de memoria? Por supuesto que no. Pero sí significa que no sólo estamos entrando a la Palabra de Dios cada día, sino que la Palabra está entrando en nosotros. Algunas veces nos apresuramos tanto en nuestros dos minutos de devocional personal, que diez minutos después no podemos recordar el pasaje que leímos. De acuerdo a la lectura de hoy, ¡esto está muy lejos de lo que Dios quiere para nuestras vidas!

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¿Está la Palabra en ti, o estás entrando muy poco en la Palabra de Dios cada día? ¿Es una parte de ti o es la esencia de quien tú eres? Con todas las presiones que tienes al ser joven, puede resultarte difícil imaginarte absorbiendo su Palabra como una esponja absorbe el agua. Pero esto hará una inmensa diferencia en tu vida. Cuando Jesús experimentó los momentos más duros, la Palabra de Dios estaba tan dentro de Él, de tal manera que rebosaba de ella (Lucas 4: 1-13).  ¿Qué pasaría si tomaras contigo los versículos que acabas de leer y los llevaras en tu mente y corazón a través de todas tus actividades, presiones y tentaciones durante las próximas 24 horas? ¿Cambiarían tus actitudes, conversaciones, y la manera en que reaccionas a las situaciones difíciles? ¿Por qué no lo descubrimos? Lee los versículos otra vez y pídele a Dios que te ayude a ponerlos debajo de tu piel y dentro de tu corazón y vida hoy.

 

 

Cuenta Una Buena Historia Cuando Predicas/Enseñas – Parte 2 de 2

Esta es la continuación del artículo publicado en la entrada anterior.

Ilustraciones que Conectan

Es por eso que las ilustraciones importan. Las ilustraciones nos ayudan a situarnos en la historia. Pero las ilustraciones que nos invitan a la necesidad de ser algo que realmente podemos imaginar. La mayoría de nosotros no luchamos contra los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Si nos pides que nos coloquemos en esa historia, siempre nos imaginaremos a nosotros mismos como el héroe– escondiendo los judíos en nuestro sótano o dando pan al soldado hambriento del otro lado.

Pero, siendo realistas, muchos de nosotros podemos imaginarnos luchando con nuestro hermano por el control remoto, o, años más tarde, peleando por el lugar donde la familia tendrá la reunión, o quién debería decirle a papá que es hora de dejar de conducir, o quién se quedará con la mesa del comedor cuando los padres hayan muerto. No nos imaginamos siendo el héroe en estas historias porque probablemente no lo hemos sido. Lo que necesitamos en una historia sobre nuestros hermanos, es una idea acerca de qué hacer a continuación––cómo se vería realmente ser como Cristo, no en algún pueblo francés en 1942, sino hoy en la sala de la casa o mañana en el teléfono.

Porque nosotros sabemos que las ilustraciones ayudan a nuestros oyentes a colocarse en la historia, los predicadores y los maestros podemos pasar mucho tiempo buscando la ilustración perfecta: la historia que se enlaza con el pasaje de la Escritura, con la extensión correcta, y que nos mueve fácilmente al siguiente punto. Esta es la razón por la que hay libros de ilustraciones disponibles para comprar y sitios web ansiosos porque te suscribas. Pero las ilustraciones enlatadas normalmente saben de esa manera: tienen la esencia de una buena historia, pero son carente de color y sabor.

Las ilustraciones más fuertes se extraen de la vida de la iglesia y del ministerio mismo. Si comienzas una oración con “Esta semana en el estudio Bíblico, Ben mencionó…” o “Nancy, de nuestra junta de la iglesia, me invitó a unirme a ella en una visita esta semana, y…” Las cabezas se van a levantar. La gente va a prestar atención. ¿Ben dijo algo interesante en el estudio bíblico? ¿Qué pasó en la visita?

De repente, la vida de la iglesia se ha convertido en el sermón. Alguien estaba prestando atención a las cosas que suceden cada semana. Este no fue un evento de una vez en la vida. El estudio de la Biblia ocurre cada semana. Los miembros de la Junta visitan a la gente todo el tiempo. Esta era la vida regular siendo llamada como un ejemplo de vida en el reino. La ilustración no era teórica, distante o abstracta. Era personal, atractiva, accesible, y relevante. Eso llama la atención de la gente.

Esto también significa que debemos prestar atención. Si has leído y estudiado tu texto a principios de la semana, vigila el resto de esa semana: identifica cualquier cosa que pueda vincular este texto a las vidas de estas personas. Un intercambio con el mesero en el almuerzo. Un artículo de una revista. Una canción en la radio. Otro pasaje de la Escritura. Una gran cita en las redes sociales. A medida que avanza la semana, escribe estas cosas. Incluso si sólo está remotamente conectado a lo que estás predicando o enseñando, grábalo. Nunca se sabe cómo el Espíritu puede usarlo.

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Una palabra de precaución

Una nota importante: Siempre pide permiso. Si Ben dice algo en el estudio Bíblico que llama la atención, menciónalo luego y ve si está bien usarlo y si quiere el crédito. Di algo como: “Me encantó lo que dijiste sobre el versículo 5. Puedo usar eso el domingo, ¿estaría bien si mencionara tu nombre?” No prometas que vas a usar la ilustración. Todos sabemos que lo que parece perfecto el miércoles por la mañana puede no encajar cuando estamos terminando el sermón o la lección el sábado por la noche.

También sabemos que algunas ilustraciones brillantes nos golpearon a las 6 de la mañana del domingo, y no siempre tenemos tiempo para consultar con la persona antes de predicar o enseñar. Pero si ellos no saben que vas a utilizarlos, no los utilices. El uso de los demás en las ilustraciones es una oportunidad para nosotros como pastores y maestros de cuidar bien a las personas. Queremos que se vean bien en las ilustraciones, y queremos que se sientan seguros en la iglesia. Respeta sus deseos si no quieren ser utilizados, o se ofrecen a cambiar su nombre o los detalles del evento si eso los hace sentir más cómodos con la idea. Pero si se niegan, respeta eso. Piensa en el uso de ilustraciones como una oportunidad para construir confianza con tu congregación.

Este artículo fue publicado originalmente en: Christianity Today

 

Cuenta Una Buena Historia Cuando Predicas/Enseñas – Parte 1 de 2

Escrito por: Mary S. Hulst. Trad. por: Yadira Morales

Cómo enseñar de una manera que conecte, impulse y construya confianza.


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Mis hijastros entran empujando la puerta después de ver una película con su padre. Están riendo, hablando y citando líneas de la película mientras exploran la alacena para comer algún aperitivo.

“¿Como estuvo la película?”

“¡Estuvo realmente buena! Muy divertida.”

Entonces hago esta pregunta: “¿De qué se trataba?”

Por lo general, ellos hacen una narración del relato “jugada por jugada,” uno de ellos hablando encima del otro para aclarar un punto en la trama. Me hablan de los actores, de los carros y de las partes divertidas. Me dicen quién ganó en el final y si este era mejor que el otro que era un poco como este pero que protagonizó ese otro tipo. Por supuesto todo esto se dice a través de bocados de queso cheddar y patatas fritas de crema agria.

Nunca, en todas las veces que me han hablado de películas, ¿alguna vez me miraron y me dijeron: “No puedo recordar. Había un tipo, y tal vez era un detective o algo así, y tenía un coche. Algo estalló. No lo sé.”

Siempre lo saben. Siempre pueden recordar. Siempre pueden decirme. Ese es el poder de una historia. Podemos recordar una película porque alguien nos está contando una historia. La historia comienza con personas que necesitan algo, o algo les sucede, o existe la promesa del amor, la amenaza de la extinción global, o una batalla épica entre el bien y el mal. La historia se desarrolla a medida que los personajes responden a lo que venga en su camino. Una buena historia nos atrae porque queremos saber cómo resulta: ¿El acusado cometió el crimen? ¿Los alienígenas destruyen la vida en la tierra? ¿La chica encuentra el amor?

Nuestro desafío como predicadores y maestros es que casi todos los que nos escuchan saben cómo se desarrolla la historia. Dios está en voz baja y sutil. El muchacho mata al gigante. Jesús cura al ciego. Tomás profesa la fe. Pablo, una vez más, le dice a la gente qué hacer. Bostezo. ¿Por qué nuestra gente debe seguir escuchando si saben cómo esto va a terminar? Hay un problema. Dios lo resuelve. Toma la ofrenda.

Necesitamos crear tensión, o tenemos que reconocer la tensión que ya existe. Porque aunque la mayoría de nuestros oyentes saben cómo resultan las historias bíblicas, no saben cómo están saliendo sus historias. No pueden leer hasta el final de sus libros. Todos nosotros, predicadores y asistentes, escuchamos las palabras de la Biblia y pensamos: ¿Es esto cierto? ¿Es importante? ¿Me sucederá a mí?

Esa es la tensión. ¿Es esta verdad para mí? ¿Es Dios el Dios real para mí? ¿Mis pecados están realmente perdonados, y cómo puedo saberlo? ¿Realmente importa una vida de obediencia cuando me está costando tanto?

Y ahí está nuestro anzuelo. Todos entran en la iglesia esperando, orando, pidiendo que algo que se diga o se cante les ayude, los consuele, los asegure, y a veces los desafíe, los condene o los empuje. Para decirlo simplemente: quieren verse ellos mismos en la historia.

Este artículo continuará en la siguiente entrada.

La Arrogancia de Saber

Por Richard Rohr

En Génesis 3, se les dice a Adán y Eva que hay un árbol del que no comerán, con el nombre más inusual: el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. Ahora, ¿por qué sería algo malo comer de él? ¿No es bueno conocer la diferencia entre el bien y el mal? 

Aquí está el problema: nota que dice, “Si tú comes de este árbol, serás como Dios.” Solo Dios sabe lo que es realmente bueno y lo que es realmente malo. Y el gran orgullo y arrogancia de la religión…es pensar que nosotros sabemos. 

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La arrogancia de saber. “Yo sé quién irá al cielo.” “Yo sé quién irá al infierno.” “Yo sé quién está en lo correcto; yo sé quién está equivocado.” Déjame decirte algo: lo que caracteriza al mal es que el mal siempre tiene “la razón”. El mal no experimenta la duda en sí mismo. No admite crítica. “Tengo la razón y lo sé.”

Quienes intentamos vivir lo que esperamos sea una buena vida, tenemos que vivir en el territorio llamado fe, donde nunca estamos absolutamente seguros de tener la razón. ¡¿Quién quiere eso?! 

Y si piensas en la mayor parte de la religión que te ha decepcionado — y hay mucho de ella que debería decepcionarte — siempre es dirigida por personas quienes están seguras de tener la razón. Ellos no experimentan duda en sí mismos. Ellos tienen la verdad absoluta. Ellos saben quién va al cielo y quién al infierno. Ellos saben quiénes tienen la razón y quiénes están equivocados. Ellos, claramente, han dividido al mundo. Y, por supuesto, ellos siempre tienen la razón, el resto del mundo y las otras religiones siempre están equivocados. 

Qué pérdida de tiempo. 

Qué absurdo.

Y se nos advierte acerca de esto en los primeros capítulos de la Biblia. 

*Esto es un fragmento del sermón predicado por Richard Rohr en la Iglesia Familias Sanas en Albuquerque, Nuevo México, en el primer domingo de Cuaresma: 5 de marzo, 2017.

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