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Una Base Sólida

Por: Scott Armstrong

Hace tiempo tuve una conversación con un compañero estudiante en quien veía mucho potencial. Realmente veía dones y gracia en él para ser un misionero fantástico algún día. Es apasionado en cuestiones de justicia y de ayudar a hacer del mundo un lugar mejor.

Al mismo tiempo, reconoce su falta de moralidad. Quiere conservar algunos hábitos y prácticas que están mermando poco a poco su efectividad como estudiante, líder y seguidor de Cristo. Tristemente, parece que quiere cambiar el mundo, pero no quiere cambiarse a sí mismo.

Stevenson Willis escribió un libro repleto de sabiduría y titulado: “Los Proverbios Del Liderazgo: Principios Para Guiar A Su Gente Al Pináculo De La Grandeza”. En él reflexiona sobre el tema del carácter (pp. 110-111). Espero que lo encuentres desafiante. Tal vez se lo envíe a mi amigo de la universidad:

“Al igual que todas las grandes ciudades construidas para soportar el paso de los siglos, Jerusalén está establecida sobre un lecho de piedra. El muro exterior que lo protege también está construido así, ya que las bases que lo sostienen se han colocado a una profundidad tal que no puede ser movido.

Pero, ¿qué pasaría si los planos para la base utilizaran piedras quebradas? ¿O si fuera construido con una base inadecuada para cargar el peso? ¿Y qué hay de las ciudades que podrían copiar su diseño, sin darse cuenta de los defectos ocultos en su interior? Tan cierto como que el sol saldrá, todos colapsarían. Quizás no hoy, no mañana, pero la caída sería segura e inevitable. ancient-angkor-wat-antique-1531677.jpg

Y así debe ser la construcción de tu carácter. Puedes ascender a una posición de liderazgo basada en el carisma o la personalidad, y de hecho tener éxito durante una temporada, pero esas piedras inestables no serán suficientes para sostenerte. Para soportar los desafíos que vendrán con un carácter digno de imitar, tu vida debe establecerse sobre una base duradera.

La integridad es la base sobre la cual se debe construir el carácter; la honestidad con uno mismo es la primera piedra que hay que poner.

No negocies con la vida escatimando en talento o confiando en el encanto para reducir el pago requerido para el éxito. Aunque los talentos tienen valor, a menudo son mal utilizados por tener una visión corta y para evitar sacrificios. Si eres bendecido al tener talentos en abundancia, o eres experto en el arte del encanto, no te engañes a ti mismo ni a los demás ocultándote detrás de tus dones para encubrir tu falta de voluntad para trabajar. Porque, como muchos han descubierto demasiado tarde, el descuento será grande pero pronto se restará de tu carácter.

Cualquier cosa de valor duradero requiere que el precio se pague en su totalidad antes de que se pueda saborear su beneficio. Aunque el talento por si solo puede impulsarte a la cumbre, no se te permitirá permanecer;  tu conciencia (y algunas otras) te recordarán rápidamente que no pagaste el precio que era necesario para llegar allí.

Haz trampa evitando el sacrificio y solo te estafarás a ti mismo.

No hay atajos en la construcción del carácter. Aunque el costo de la edificación pareciera ser elevado el día de hoy, corregir los defectos mañana luego de un fracaso, costará todavía mucho más. De ahora en adelante se honesto contigo mismo y paga con gusto cualquiera que sea el precio que se te exija para tener éxito en tus esfuerzos”.

 

 

 

 

 

Caminar una Milla en los Zapatos de Otro

“Vino, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José. Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta. Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber. Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer. La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí.” (Juan 4:5-9)

Por Scott Armstrong

¿Te has dado cuenta alguna vez lo bueno que es Jesús poniéndose en los zapatos de alguien más? En este pasaje, lo vemos haciéndolo otra vez. Jesús es un judío que está de camino a Galilea, y decide viajar A TRAVÉS de Samaria, en lugar de rodearla como la mayoría de los otros judíos de aquel tiempo. Los judíos hacían todo lo posible para permanecer lejos de Samaria y los samaritanos, y los samaritanos se sentían igual respecto a los judíos. Jesús no es un judío común. Jesús caminó hacia Samaria y se sentó en un lugar común de reunión para las mujeres. Es como si Él quisiera tener una conversación con alguien que viene a sacar agua del pozo. Y es exactamente lo que ocurre.

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En el momento en que Jesús pone un pie en las fronteras de Samaria, Él se convierte en el discriminado. No por coincidencia, Jesús encuentra a la mujer samaritana – quien era discriminada en su propia ciudad.

Creo que esta es una lección que todos debemos aprender lo más temprano posible en la vida. ¿Por qué la popularidad es TAN importante para nosotros cuando estamos en la secundaria o el bachillerato? ¿Por qué excluimos a las personas, solo porque se visten diferente o hablan diferente o no pertenecen a los mismos círculos sociales que nosotros? ¿Por qué no podemos ponernos a nosotros mismos en las situaciones de otras personas?

¿Cómo podrías ministrar a alguien que es excluido? En esta escritura, vemos que Jesús se convirtió en el discriminado para ministrar a la discriminada – y eso cambió su vida. ¿Podría Jesús estar llamándote para encontrar a alguien que necesita un amigo? Yo pienso que por lo menos Él nos está llamando a ver el mundo como Él, y empezar a incluir a los excluidos. Tal vez eso significa mirar afuera de nuestro “círculo” normal e involucrar a caras nuevas. Quizá eso significa integrar a tu grupo de jóvenes, y que los mayores conozcan a los menores, y viceversa. Cualquiera que sea el paso, empieza a darlo ahora. Cambia el mundo – una persona a la vez.

*Esta reflexión pertenece a una serie de devocionales escritos por Scott y Emily Armstrong para adolescentes y jóvenes. 

Siendo como Ellos

Por Freya Galindo Guevara

“…Me hice todo para todos, a fin de salvar a algunos por todos los medios posibles.” 1 Corintios 9:22 

Cuando el mensaje de salvación ha cambiado nuestras vidas, llegamos a estar apasionados por compartirlo. Y eso implica que tendremos que buscar las mejores formas de hacerlo con ánimo y eficacia. El apóstol Pablo tenía un anhelo intenso de compartir con otras personas la Palabra de Dios y su propio testimonio. No obstante, él se da cuenta de algo: aunque quiere compartir con toda la gente, conforme va recorriendo las ciudades y los pueblos se percata de que todos son distintos.  Se ven, hablan, piensan y se comportan de manera distinta. ¿Será que se puede compartir el mismo mensaje con personas tan diferentes?

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Él mismo nos da la respuesta: sí. Pablo menciona que por voluntad propia decide actuar como un siervo y así alcanzar a la mayor cantidad de gente posible. Sus principios no cambian, tampoco su identidad que está arraigada en Cristo, pero sí trata de introducirse en el ambiente de distintos grupos de personas.  Y su único propósito es compartirles el mensaje del evangelio, no solo hablándoles sino también viviendo como ellos. No es que Pablo pone en juego su comportamiento cristiano.  Lo que hace es tratar de entender las perspectivas de los diversos grupos, no desde un lugar distante o alejado, sino acercándose y aún volviéndose como uno de ellos.

Todos estamos rodeados de personas que, aunque son diferentes tienen algo en común: necesidad de Dios. Tal vez no se ven o no hablan diferente, pero sí piensan distinto a nosotros. ¿Estamos tratando de entender su perspectiva? ¿Intentamos compartir el único mensaje que puede cambiar vidas estando a lo lejos? ¿O hacemos el esfuerzo de acercarnos a aquellos que lo necesitan?

Que la urgencia e importancia de hablar del evangelio nos impulse a acercarnos a las personas.  Que voluntariamente decidamos, sin perder nuestra identidad cristiana, volvernos como ellos para que puedan escuchar de la salvación de Dios y también verla por medio de nuestro testimonio.

*Freya Galindo sirve como misionera con la Iglesia del Nazareno y es coordinadora de Misiones Globales para el Área Central: Costa Rica, Cuba, Panamá, Puerto Rico y República Dominicana.

¡Fuera toda Barrera!

Por Luz Jiménez Avendaño

“En la iglesia de Antioquía eran profetas y maestros: Bernabé; Simeón, apodado Níger; Lucio de Cirene; Manaén, que se había criado con Herodes el tetrarca; y Saulo. Mientras ayunaban y participaban en el culto al Señor, el Espíritu Santo dijo: ‘Apártenme ahora a Bernabé y a Saulo para el trabajo al que los he llamado.’ Así que después de ayunar, orar e imponerles las manos, los despidieron.” Hechos 13:1-3

La iglesia cristiana ya estaba madura para tomar la más grande de todas las decisiones. Habían consentido, con toda deliberación en llevar el mensaje del evangelio a todo el mundo. Fue una decisión tomada bajo la dirección del Espíritu Santo. La verdad es que los hombres de la Iglesia primitiva no hacían su voluntad, sino la de Dios.

El pasaje de Hechos 13:1-3 nos habla de profetas y maestros. Éstos tenían funciones diferentes. Los profetas no pertenecían a ninguna iglesia determinada. Eran predicadores errantes que daban toda su vida para escuchar la Palabra de Dios y transmitirla a sus hermanos en la fe. Los maestros pertenecían a las iglesias locales y sus funciones eran las de instruir a aquellos que aceptaban la fe cristiana.

Esta lista de profetas simboliza el llamado universal del evangelio. Bernabé era un judío oriundo de Chipre; Lucio provenía de Cirene en el Norte de África; Simeón era también un judío, pero se da su otro nombre, Níger (el Negro), que es romano y que muestra que se debe haber movido en círculos formados por romanos. Manaén era un hombre con conexiones en la aristocracia y en la corte; y Pablo mismo era un judío de Tarso en Cilicia y un rabí. Como podemos darnos cuenta, en este grupo está ejemplificada la influencia unificadora del cristianismo. Hombres de muchas tierras y con distintos trasfondos habían descubierto el secreto de estar juntos: habían descubierto la unidad en Cristo.

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Dios llama a todo creyente a proclamar su palabra en diferentes partes del mundo. Todos somos llamados a llevar buenas noticias de salvación. Hay mucho que contar, tenemos mucho que decir, pero tenemos algunos problemas: nuestros prejuicios hacia una cultura distinta a la nuestra, costumbres, tradiciones, legalismos, y pretextos vanos.  Todo aquello que no funciona ante el llamado del Señor constituye una barrera para no obedecer a la orden de “ir.”   

Lo cierto es que somos creyentes y ante un llamado que viene del cielo, necesitamos corresponder al amor maravilloso de Dios para que otros puedan conocerle. Estos hombres aceptaron el llamado del Señor. Eran de diferentes culturas, pero formaron un solo equipo para cumplir un solo fin y un solo propósito: predicar el mensaje a aquellos que estaban muertos en sus delitos y pecados y necesitaban ser salvos.  ¡Es hora de echar fuera toda barrera y de predicar las buenas noticias!

*Luz Jiménez ha servido por cinco años como misionera voluntaria, y actualmente es la Coordinadora de Misiones Globales y Génesis para el Área Mesoamérica NorCentral: Guatemala, El Salvador, Honduras, y Nicaragua.

Belleza en la Diversidad

Por Freya Galindo Guevara

Hay algunos chistes que empiezan más o menos así: “Estaba un chino, un estadounidense, un mexicano y un español, cuando de repente…” El punto de estas historias es mostrar con exageración las diferencias entre nacionalidades, y mencionar las impresiones o clichés que se tienen de las personas que pertenecen a esos países.

En la actualidad, gracias a fenómenos como la globalización, encontramos a personas de lugares distantes y distintos en el mundo viviendo en una misma ciudad, incluso en un mismo vecindario. Uno puede adivinar que alguien es extranjero porque su aspecto físico o su ropa son diferentes, o también porque habla en otro idioma. Es fácil marcar las diferencias que saltan a la vista entre una persona y otra, mayormente cuando son de otro país que no es el nuestro.

En muchas ocasiones el mundo resalta las diferencias entre razas, culturas o nacionalidades, solo para dividir, discriminar o ridiculizar; y como siempre Dios nos muestra que en su Reino no es así. Él ha puesto belleza en la diversidad, ¿imaginas si todos fuéramos exactamente iguales? Creo que sería muy aburrido.

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Llegará un día en que toda esa diversidad de grupos humanos que han existido en la tierra, aún siendo de diferentes países, razas, idiomas y pueblos, estarán juntos haciendo una misma cosa: “…delante del trono y del Cordero, vestidos de túnicas blancas y con ramas de palma en la mano. Gritando a gran voz: ¡La salvación viene de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!” (Apocalipsis 7:9-10).

Mientras ese día llega, aprendamos a apreciar la diversidad que Dios ha creado, pues ese ha sido su plan desde el inicio. Reconozcamos que somos diferentes, pero que eso no nos separe, al contrario, que sea lo que nos una cuando buscamos adorar al mismo Dios.

*Freya Galindo sirve como misionera con la Iglesia del Nazareno y es coordinadora de Misiones Globales para el Área Central: Costa Rica, Cuba, Panamá, Puerto Rico y República Dominicana.

Cruzar las Barreras

Por Freya Galindo Guevara

Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros. Y hemos contemplado su gloria, la gloria que corresponde al Hijo unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.” Juan 1:14

Podemos definir la cultura como el conjunto de conocimientos, ideas, tradiciones y costumbres que caracterizan a un pueblo, a una clase social, a una época, etc., no solo se refiere a aspectos superficiales o visibles, la cultura va más profundo, está dentro de las personas y es parte de ellas.

Las barreras culturales son los distintos factores que en un momento dado pueden afectar directa o indirectamente, de manera negativa o positiva, la interrelación de personas de culturas diferentes. Atravesar las barreras culturales no es fácil, pero si miramos a la Biblia, y si vemos a nuestro mejor ejemplo, Jesús, entendemos que es posible.

Jesús se hizo carne, se hizo hombre, se hizo como uno de nosotros e incluso ¡habitó entre nosotros! Jesús mismo se sumergió en nuestra cultura.  No solo compartió un mensaje desde un púlpito o un micrófono; en verdad habitó con nosotros los seres humanos.  Se identificó con nuestra carne y debilidad, y lo impresionante es que ¡nos invita a hacer lo mismo!  No bastará sumergirnos en nuestra propia cultura, nuestras ideas, nuestros valores, o nuestras costumbres.

Sumergirse.

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En una piscina, si alguien se mete de verdad en ella acabará todo mojado porque se sumergió. Jesús quiere lo mismo de nosotros, pero no que lo hagamos en nuestra cultura sino en la cultura de otros. ¿Qué caso tiene que nos sumerjamos en nuestra misma cultura? Eso es algo que ya conocemos y que nos es familiar, donde nos sentimos cómodos, y no implica reto alguno. Dios quiere algo más de cada uno de nosotros.

Nuestro Dios es multicultural, así que Él nos envía a amar a todas las personas, incluso cuando se ven diferentes a nosotros. Me atrevo a decir que: aún más cuando se ven distintos a nosotros. Porque al final, cuando no compartimos las mismas costumbres, ideas, ni idioma, sin embargo entendemos que somos humanos y que tenemos la misma necesidad de Dios, su salvación y su perdón: ahí es verdaderamente donde mostramos amor por el prójimo.

Jesús se hizo carne, se hizo humano y vivió con nosotros. Él nos invita a cruzar las barreras que nos hacen diferentes, y a crear puentes que nos permitan vernos como iguales en cuanto a nuestra necesidad de Él.

*Freya Galindo sirve como misionera con la Iglesia del Nazareno y es coordinadora de Misiones Globales para el Área Central: Costa Rica, Cuba, Panamá, Puerto Rico y República Dominicana.

 

 

Procurar la Paz de la Ciudad

Por Claudia Cruz Martínez

“Edifiquen casas y hagan planes para quedarse. Planten huertos y coman del fruto que produzcan…Y trabajen por la paz y prosperidad de la ciudad donde los envié al destierro. Pidan al Señor por la ciudad, porque del bienestar de la ciudad dependerá el bienestar de ustedes.” Jeremías 29:5,7

29171Tengo amigos misioneros extranjeros que viven en México, y ninguno de ellos ha pensado cambiar su ciudadanía.  Pero sí han hecho los trámites correspondientes para obtener una visa de residencia temporal. Ellos se han hecho de sus casas, y en las propiedades que habitan han sembrado árboles y frutos. Sus hijos estudian en los colegios de la ciudad. Los problemas sociales y políticos les afectan aunque no sean mexicanos. Ellos desean que la ciudad sea más segura, que los problemas de basura disminuyan, que las carreteras estén en mejores condiciones, y que disminuyan los niveles de delincuencia y corrupción. Nunca he visto que ellos cierren sus ojos ante las problemáticas sociales del país, ni los he visto indiferentes ante las necesidades.  Siempre se han sentido parte de nosotros, los mexicanos. Pero ellos saben que México es una residencia temporal. No significa que están ansiosos esperando el momento de regresar a su país, pero sí están seguros que Dios puede llevarlos a otro país, o regresarlos a su propia nación.

En la Biblia encontramos las palabras de Dios que Jeremías dio al pueblo que había sido desterrado de Jerusalén y fueron llevados cautivos a Babilonia. El consejo fue que hicieran todo lo necesario para vivir como residentes porque iban a quedarse allí largo tiempo (setenta años, según 29:10 y 25:15). Además tenían que procurar la paz de Babilonia e interceder en oración por ella, ya que su propio bienestar dependía de ello.

Como cristianos, sabemos que somos extranjeros en esta tierra, y que ésta es solo un lugar temporal. Sin embargo, disfrutamos y nos esforzamos para vivir de una manera que trascienda a lo eterno. No podemos cerrar nuestros ojos ante la necesidad de las personas.  No podemos ser indiferentes al cuidado de la creación, ya que Dios diseñó éste lugar para nosotros. No podemos actuar como si no nos importaran los cientos de desaparecidos, los cientos de robos y asesinatos – ¡no podemos ser indiferentes! Si la ciudad es insegura, nosotros nos sentimos inseguros.

En el lugar que residimos, debemos anhelar la reconciliación de las personas con Dios.  Este consejo es también para nosotros hoy: ¡Intercedamos y procuremos la paz en la ciudad!

*Claudia Cruz sirve como pastora de jóvenes en la Iglesia del Nazareno Betania en Ciudad Hidalgo, Oaxaca y es coordinadora de Misiones Globales para el Área México.

Amor que Rompe Barreras Culturales

Un devocional adaptado del comentario de William Barclay por Claudia Cruz Martínez:

“La mujer se sorprendió, ya que los judíos rechazan todo trato con los samaritanos. Entonces le dijo a Jesús:—Usted es judío, y yo soy una mujer samaritana. ¿Por qué me pide agua para beber?” Juan 4:1-9

La historia de Jesús y la mujer samaritana es muy conocida, hay tantas enseñanzas que podríamos sacar de este pasaje, pero en este pequeño escrito la intención es reflexionar en la preeminencia del amor de Jesús sobre las barreras culturales.

Para iniciar debemos ubicarnos en Palestina, que solo tiene 200 kilómetros de Norte a Sur, pero que en los tiempos de Jesús estaba dividida en tres partes. Al norte se encontraba Galilea, al Sur Judea y en medio Samaria. En este momento Jesús no quería involucrarse en discusiones sobre el bautismo, así que decidió marcharse de Judea por un tiempo e ir a Galilea. Para ir por el camino más corto tenía que atravesar Samaria, esta ruta era la menos usada debido a la enemistad entre judíos y samaritanos. Para un judío la ruta más segura era cruzar el Jordán, subir el norte por la parte oriental, y volver a cruzar el Jordán a la altura de Galilea.  Esta ruta era doblemente larga. Jesús eligió la ruta más corta a través de Samaria, posiblemente no sólo por ganar tiempo sino también para cumplir con parte de su misión.

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En este pasaje podemos observar que Jesús rompe con las barreras culturales y raciales de la gente de su tiempo:

  1. Jesús se atreve a cruzar el territorio de Samaria.
  2. Los discípulos compran comida en alguna aldea samaritana (es poco probable que hubieran hecho esto por ellos mismos, de no ser porque Jesús se los pide).
  3. Jesús nos muestra su carácter real de humanidad, su cansancio, agotamiento y sed.
  4. Jesús muestra su amor y compasión al hablarle a una mujer; en aquel tiempo los hombres no podían entablar conversación con las mujeres, ni siquiera dirigir una palabra a ellas. Esta mujer hubiera huido avergonzada si algún líder religioso de su época le hubiera hablado. Sumado a esto, la personalidad de ella pone al descubierto su condición de pecadora (por la hora en que ella va a sacar agua del pozo).
  5. Jesús rompe con la barrera racial, esta mujer era samaritana. La lucha entre judíos y samaritanos es muy vieja. Por eso la mujer se sorprendió de que Jesús le hablara, Jesús rompe con prejuicios de países y razas.

¿Qué barreras culturales tenemos que derribar hoy? ¿Qué barreras se han infiltrado y cultivado en nuestras iglesias? ¿Cuándo fue la última vez que te atreviste a cruzar fronteras para dar un mensaje de esperanza y amor?

“Aquí estaba el Hijo de Dios cansado, agotado y sediento. Aquí está el más santo de los hombres escuchando comprensivamente una triste historia. Aquí estaba Jesús rompiendo las barreras del nacionalismo y de la costumbre judía ortodoxa. Aquí está el comienzo de la universalidad del evangelio; aquí esta Dios amando al mundo de tal manera, no en teoría, sino en acción.” –William Barclay

*Claudia Cruz sirve como pastora de jóvenes en la Iglesia del Nazareno Betania en Ciudad Hidalgo, Oaxaca y es coordinadora de Misiones Globales para el Área México.

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