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Gozosos

Muchos lectores de nuestro blog saben que en este momento mi familia y yo estamos en Rusia por la Copa Mundial. Ayer asistimos al partido Francia vs Dinamarca, que fue genial. Curiosamente, el Dr. Eugénio Duarte, uno de nuestros Superintendentes Generales de la Iglesia del Nazareno, escribió acerca de Dinamarca y su positividad. Puedo confirmar desde mi limitada experiencia con aficionados de Dinamarca que ciertamente son un país feliz. Espero que disfrutes este artículo sobre Dinamarca, pero mayormente enfocado en el gozo que Cristo da a cada creyente.

Escrito por Eugénio R. Duarte

Copenhague, Dinamarca, es uno de los lugares más bonitos que he visitado. Mi única estancia en la ciudad fue corta, pero pude pasar un par de horas en un tour que me introdujo a su vida histórica, cultural, económica, política, industrial y social. Una de las cosas que escuché, y tuve que considerar, fue esta declaración de uno de los guías de turistas: “Dinamarca fue calificada como el país más feliz del mundo.” 

En el momento en que hice mi primera compra y vi la cuenta, decidí que con tan alto costo de vida, la gente debe necesitar un ingreso considerable para mantenerse feliz. Pero un rápido recuerdo de lo mismo que el guía de turistas había dicho acerca del alto valor que para ellos tiene la comunidad y la mutua rendición de cuentas – especialmente en lo que se refiere a la vida familiar – me llevó a pensar otra vez.

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Cuando aprendemos a apreciarnos el uno al otro, y la contribución que cada uno puede hacer sin restricciones para el bien común, desaparece nuestra tendencia humana a quejarnos sobre cualquier sufrimiento o dificultad.

Ciertamente nos asombramos por lo que algunas doctrinas sociales pueden hacer utilizando el espíritu de tolerancia y responsabilidad. Ellas pueden generar e incluso mantener cierto grado de alegría.

Sin embargo, necesitamos más que alegría. Nuestras vidas son diseñadas para ser llenas de gozo, y el gozo es más constante, confiable, duradero, estable y fructífero. El gozo está enraizado en “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento” y “guarda nuestros corazones y nuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4:7). 

La alegría y el gozo, ambos residen en nuestros corazones y mentes, pero la alegría está en una relación que depende de cosas, condiciones, promesas y resultados temporales, mientras que el gozo se establece sobre valores eternos. Cuando la propiedad de nuestros corazones y mentes está en las manos de Jesús, nuestra parte en mantener el gozo es la confianza y fe.

La Biblia dice, “y la esperanza no avergüenza, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Romanos 5:5). Dios nos empodera para estar gozosos no solo con base en un acuerdo o arreglo temporal. Su Espíritu Santo completa fielmente la misión de derramar – no a cuenta gotas – su amor en nuestros corazones; el amor que origina, alimenta, y hace crecer un gozo real en nosotros.

Es Jesús, el vino, que produce fruto; y nosotros, las ramas, llevamos el fruto, incluyendo el fruto del gozo.” Billy Graham 

El Opuesto de la Paz

Esta semana de Adviento estamos enfocándonos en la paz que Cristo trae.  Pero primero una pregunta: ¿Qué es el opuesto de la paz?

Muchos van a decir que el opuesto de la paz es la guerra.  Y entiendo esa perspectiva.  Pero no estamos solo hablando de las guerras enormes a nivel de países.  Creo que esas guerras son los resultados de algo más profundo: una serie de guerras más pequeñas que quitan la paz de cada individuo de un país o grupo de personas.  Nuestras guerras mundiales son el resultado de millones de mini-guerras internas.  ¿Por qué pelea un país contra otro? ¿Por qué decide un terrorista construir y explotar una bomba al llegar al lugar sagrado de sus enemigos? Porque no tiene paz.  Por que la guerra dentro de él o ellos se manifiesta por fuera con actos colectivos hechos por un grupo de personas con la misma desesperanza.

Y esto me trastorna a mí.  Generalmente soy pacífico.  No me gusta el conflicto y mucho menos las guerras que oscurecen nuestro mundo.  Pero a la vez me encuentro en este tiempo de Adviento sin mucha paz.  Sé que Dios nos trae paz y hasta puedo predicar de tal paz.  La he experimentado sin duda.  No obstante hay algo interior que se levanta en mí – una voz diciendo, “Debes trabajar más y mejor,” “No le caes bien a ese hombre,” “¿Por qué dijiste o hiciste eso a ella? Nunca vas a tener un ministerio eficaz…”

¿De dónde salen estas tonterías? Del enemigo, sin duda, el mismo ladrón que viene para hurtar, matar, y destruir (Jn. 10:10).  Por definición un ladrón quita, y a veces permitimos que nos quite la misma paz.  Me he encontrado en ocasiones recientes donde estoy con mi familia pero pensando en mi trabajo, donde estoy trabajando, pero pensando en mis pasatiempos, donde estoy descansando solo y siento culpable por no estar ni con mi familia ni trabajando.  No he tenido paz.  La guerra está en mí.

Este Adviento Dios me está enseñando que puedo descansar en él.  Él trae paz entre los países y pueblos que se guerrean.  Pero él trae paz al alma inquieto e inseguro también.  Permitamos que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarde nuestros corazones y pensamientos…¿en quién? En Cristo Jesús (Fil. 4:7).

“¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lucas 2:14).

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