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Cuidar de Los Pobres: ¿El Mandamiento Más Ignorado de la Biblia?

Por Tyler Huckabee

En la Biblia, de principio a fin surgen algunos temas recurrentes. La idea de un Dios Creador, el Mesías, y la vida después de la muerte son solo algunos de los más frecuentemente señalados. Sin embargo, cualquier lista que mencione los temas bíblicos más discutidos debe incluir este: una persistente, apasionada e inquebrantable postura acerca de los pobres.

Quizás la Biblia mantenga cierto misterio en otras cosas – cualesquiera que sean sus complejidades y tensiones – pero cierto es que no puede ser más clara respecto a cómo tratar a aquellos que viven en la pobreza. Dios ama a los pobres y nos manda que les demos ayuda.  Tan simple como eso. Y es algo real en ambos Testamentos.

“Cuando haya en medio de ti menesteroso de alguno de tus hermanos en alguna de tus ciudades, en la tierra que Jehová tu Dios te da, no endurecerás tu corazón, ni cerrarás tu mano contra tu hermano pobre, sino abrirás a él tu mano liberalmente, y en efecto le prestarás lo que necesite.” (Deut. 15:7-8).

“A Jehová presta el que da al pobre, y el bien que ha hecho, se lo volverá a pagar.”  (Prov. 19:17).

“Más cuando hagas banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos; y serás bienaventurado; porque ellos no te pueden recompensar, pero te será recompensado en la resurrección de los justos.” (Lucas 14:13-14).

“Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.”  (1 Juan 3:17-18).

Dudo que las personas que lean este texto estén completamente sorprendidas con los versículos presentados. Las probabilidades son que estén muy conscientes de lo que la Biblia dice referente a los pobres. Saben que la Palabra dice que debemos ser generosos en nuestra forma de tratarlos. Muy pocos cristianos argumentarían que Dios quiere que seamos mezquinos y desconfiados con ellos.

La pregunta es, ¿Por qué no obedecemos?

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EXCUSAS, EXCUSAS

Un estudio realizado el año pasado por Kaiser Institute y The Washington Post encontró que el 46% de los cristianos son propensos a culpar a la gente pobre por ser pobres, en comparación, solo el 29% de los no cristianos opinan igual. La división es todavía más evidente cuando se separa a los evangélicos blancos, el 53% de los cuales culpa a los pobres de “falta de esfuerzo”.

En contraste, los ateístas, agnósticos y los no afiliados a alguna asociación religiosa son más propensos a decir que las circunstancias difíciles son las culpables de la pobreza, por un margen cercano de dos a uno.

¿Qué nos queda entonces de estas estadísticas? ¿Por qué los cristianos, aquellos que poseen Biblias repletas de instrucciones sobre cuidar y ser amables con los pobres, están más inclinados a considerarlos flojos?

Helen Rhee, una historiadora que estudia la riqueza y pobreza entre la cristiandad, dijo al Washington Post que cree que esto está relacionado con la escatología cristiana. Es decir, como el premilenialismo, –la teología que sostiene que Jesús puede regresar en cualquier momento– se convirtió en la teoría del fin de los tiempos dominante en el evangelismo estadounidense, los cristianos crecieron menos preocupados por hacer del mundo un mejor lugar. Desde esta perspectiva, Rhee comentó al Post: “El mundo ya está perdido. Las cosas irán de mal en peor… tienen que enfocarse solamente en lo que es importante, eso es, la salvación del alma”.

Esto ha llevado a tener una actitud que implícitamente relaciona la pobreza con la moralidad. Al Mohler presidente del Seminario Sureño Teológico Bautista, le describe esta actitud al Post de la siguiente manera: “Hay un impulso cristiano legítimo de considerar la pobreza como un problema moral… creo que con frecuencia  los cristianos conservadores tienen un entendimiento inadecuado de la dimensión estructural del pecado.”

En otras palabras, el pecado es la causa de toda la pobreza, pero no toda la pobreza es resultado del pecado individual. También existe el pecado comunal, aquel que da como resultado la pobreza generalizada: la avaricia y la corrupción que deja pobre a gente inocente.

Podemos ver esto en la Biblia,  donde los autores –lejos de condenar a los pobres– repetidamente los identifican como benditos, incluso a semejanza de Cristo. Más allá de la famosa frase de Jesús “Benditos los pobres”, hay versículos como Proverbios 19:17 que dice: “A Jehová presta el que da al pobre, y el bien que ha hecho, se lo volverá a pagar.”

Y en Mateo 25, donde Jesús dice “Entonces también ellos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo, o en la cárcel, y no te servimos? Entonces les responderá diciendo: De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis.”

En estos versos y muchos más, está muy claro que Dios mismo se identifica con los pobres. Lejos de declararlos responsables de su situación actual, Él mismo se manifiesta en ellos.

GRACIA

“Ellos se lo buscaron.”

“Si les doy, ¿Cómo sé que no lo desperdiciarán?

“Esperaré un mejor momento para dar.”

Estas son las excusas que a menudo usamos para no ser generosos con los pobres, pero mientras más leas la Biblia, más poco convincentes te sonarán las frases. ¿Qué pasaría si Dios nos diera de Su gracia con la misma prudencia cautelosa que utilizamos para dar nuestro dinero? “Ella se lo buscó. Si le doy de mi gracia, ¿cómo sé que no la desperdiciará?”

No. En Dios, tenemos la imagen perfecta de cómo luce la generosidad, y ese ejemplo es el que debemos seguir. Quizás hay algo de sabiduría en asegurarnos que no estemos usando nuestro dinero para permitir adicciones insalubres, pero en este punto, muchos de nosotros hemos envenenado nuestro espíritu generoso con esa suspicacia que nos lleva a asumir que cualquier persona pobre va a malgastar el dinero que le demos, en lugar de dar a la manera en que Dios nos dijo: como si le estuviéramos dando a Dios mismo. ¿Realmente queremos pasar nuestras vidas sospechando de Dios, como alguien que malversará nuestro dinero con drogas y alcohol?

La Biblia es clara. La necesidad es clara. La misión es clara. También son claras las excusas que los cristianos han inventado para protegerse a sí mismos de la generosidad financiera, aunque éstas no superan el más mínimo escrutinio. Los mandamientos sobre los pobres quizás no sean los temas más discutidos de la Biblia, pero pudieran ser muy bien los más ignorados.

Es hora de cambiar eso.

Este artículo fue publicado originalmente en: Relevant Magazine.

Muéstrame tus Manos

*Escuché y traduje las siguientes palabras de Leonard Sweet cuando estaba enseñando en European Nazarene College el 18 de enero, 2011.

Le estaba leyendo Salmo 51:10 a mi madre cuando murió: Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí.

La clave que lleva a la santidad es tener un corazón limpio.  Entonces dame una imagen de un corazón limpio. ¿Qué es lo que lo acompaña? La única persona santa que ha vivido es Jesús.  Santidad pura.

Lo que pasa aquí con Jesús es que Dios mismo bajó a la tierra.  ¿Qué tanto bajó? ¿Qué tan abajo vino la Encarnación?  ¿En dónde nació Jesús? ¿En un palacio real? ¿En una cuna? ¿En dónde ocurrió el nacimiento? Ocurrió en un establo oloroso, donde lo primero que Jesús experimentó – ¿qué fue?  Piojos.  Esos pequeños animalitos que viven en la paja.  Esos que muerden la carne.  Y el olor del estiércol y de los animales.

Pero Jesús en su Encarnación vino a más que eso, no solo vino para lo más bajo de los humanos, sino que también hizo algo que ningún otro Rabino de la historia había hecho o permitido que sucediera.  De hecho, hizo algo que a los mismos discípulos molestó.  ¿Qué tan abajo vino la Encarnación? Jesús fue el primer rabino de la historia en ¿qué? Lavarle los pies a sus discípulos.  Eso y más hizo Jesús.  ¡Se continuaba bajando!

¡Y déjenme decirles hermanos y hermanas, que ninguno de ustedes les lava los pies a alguien sin ensuciarse y mojarse en el proceso.

¡Esto es santidad! ¿Quieres una imagen de lo que es la santidad? ¿Tienes un corazón limpio? Ok, esto es lo que acompaña a un corazón limpio – manos sucias.  ¿Tú me dices que tienes un corazón limpio? Yo te digo, muéstrame tus manos.

¿Tienes tus manos limpias? “Oh, la verdad no quiero ensuciarme.”  “Nosotros vivimos en el mundo pero no somos de el.”  ¿Qué? ¿Entonces tus manos están demasiado limpias como para que las ensucies? Oh, claro, necesitamos rituales de limpieza todo el tiempo para poder estar limpios.  Pero todo el propósito de limpiarnos es para que nos volvamos a ensuciar…

…Mateo 25 nos dice cual será la respuesta en el juicio final: “Por cuanto lo hiciste a uno de estos mis pequeños…”  En otras palabras, esta es la pregunta en el Día del Juicio: Muéstrame tus manos.  ¿Las tienes limpias? Ve a otro lugar.  Porque un corazón limpio requiere manos sucias.  Esa es la imagen de la santidad.

“Heme Aquí…Pero, ¿Dónde Está Mi Iglesia?”

La entrada de antíer es un poquito polémico. La pregunta surge después de un testimonio así: “Scott, ¿estás urgiendo que todos los jóvenes rebelen contra sus iglesias y pastores?” ¡NOOOO! Este asunto es muy delicado. De un lado he visto que varios jóvenes quieren conquistar el mundo, pero no quieren ser fieles en las cosas chiquitas. Buscan las experiencias que los campamentos o los viajes misioneros o los servicios dinámicos ofrecen pero no quieren meterse en la Palabra cada día o ministrar con fidelidad en la iglesia local.

Yo era pastor de jóvenes y esta realidad es tan frustrante. Un joven vino a mí una vez deseando que promoviéramos su viaje a Sudamérica con una agencia misionera, recogiendo fondos, etc. Después de hablar con el otro pastor, le dijimos que no íbamos a hacerlo hasta que se probara en la iglesia local en ministerio. Ese joven siempre llegaba tarde a las reuniones y cultos y aunque tocaba muchas veces en el grupo de alabanza, raras veces ensayaba y no lo tomaba en serio. Desde nuestro punto de vista, quería que lo pusiéramos sobre mucho cuando no había sido fiel sobre poco (Mateo 25:14-30). Después de esa conversación, su familia dejó de llegar a la iglesia.

Del otro lado, he visto con mucha tristeza que muchos pastores y líderes de nuestras iglesias no quieren soltar a sus jóvenes. El recurso humano y los dones y talentos disponibles en nuestras iglesias son asombrosos a veces. Pero si un joven que se ha probado en todo quiere empezar un ministerio que nunca se ha hecho o, peor, si quiere salir de la iglesia para suplir una necesidad en otro lugar, los detenemos y los nombramos como rebeldes cuando nada más están siguiendo el llamado fuerte de Dios en sus vidas y queriendo encontrar su lugar y pasión en ministerio.

¿Han visto estas dos realidades? ¿Qué piensan sobre esta discusión? ¿Qué debemos hacer en la iglesia para remediar estos dos problemas?

La Gran Cadena de Manos Entrelazadas

Ayer recibí un email animador de algunos amigos con quienes yo había perdido el contacto. Ahora Onán y Loyda Morales están ministrando en la obra hispana en el Distrito Sur de California, USA. Ellos escribieron algo en su testimonio que me impactó:

“Y cada mensaje de nuestros misioneros y ahora leer todos estos comentarios viene a enriquecer y a refrescar nuestro espíritu porque la obra misionera, no es solo dejar tu país y hacer muchos sacrificios, sino es formar una gran cadena de manos entrelazadas para proclamar que Cristo es nuestro Señor y que todo el mundo lo necesita para ser Salvo.”

Yo puse el énfasis en la última parte. ¿Leyeron esto? El misionero “oficial” o “profesional” no es la persona que de verdad hace mover las cosas. ¿Qué pudiéramos hacer como misioneros sin “la gran cadena de manos entrelazadas”? Sin exagerarme tengo que admitir que no pudiéramos lograr nada de permanencia sin las oraciones, las donaciones, el sacrificio diario de la gente “detrás de las escenas”. ¿Cómo podemos decir que la bienvenida en el cielo para algún misionero va a ser mucho más impresionante que la bienvenida para la ancianita que ha orado por años por aquel misionero? Es tiempo de no poner en un nivel más alto el misionero, como si fuera super-espiritual. Como misioneros debemos seguir cada momento la voluntad de Dios, muchas veces humillándonos para comunicar el evangelio en otra cultura y aprender de ellos. Debemos sin duda responder a cada susurro del Espíritu Santo y encarnarnos en otro entorno para que el mundo conozca a Cristo. Es decir, debemos hacer lo que cualquier cristiano debe estar haciendo.

Claro, no todos tienen el llamado a aprender otro lenguaje, viajar a otro país, etc. a causa del Señor. Pero todos debemos estar dispuestos para mudarnos en un momento si Dios nos dice, abrir (o cerrar) nuestra boca si Dios nos urge, responder a necesidad en nuestras comunidades cuando Dios la resalta delante de nuestros ojos. Esta es la tarea del Cristiano, no sólo del misionero. Los héroes de la fe son aquellos que lo hagan, no importa su edad, su sexo, ni su estatus en la comunidad. Dios va a recibirles a ellos, igual que con los misioneros que han entregado sus propias vidas en tierras lejanas, “Bien, buen siervo y fiel…entra en el gozo de tu Señor” (Mateo 25:21, 23).

No podemos hacerlo solos. Te necesito y me necesitas. Si formamos la gran cadena, proclamaremos juntos y con más eficacia “que Cristo es nuestro Señor y que todo el mundo lo necesita para ser Salvo.”

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