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Gatea, Gatea, Vacila

*El siguiente relato fue escrito por Anne Lamott en su libro Grace (Eventually).

“Nos movimos a nuestra casa actual hace 6 años, cuando Sam (mi hijo) tenía 10 años. En la casa vieja, nuestros cuartos estaban muy cerca, pero en la nueva, estábamos separados por dos cuartos y dos pasillos cortos.  Él comenzó a venir a mi cuarto a media noche a acurrucarse en mi cama con su propia manta.  Traté de la manera más obvia de ayudarle a conseguir su confianza – una lucecita, sobornos, sábanas de Power Rangers.  Nada funcionó.

Finalmente Sam y yo quedamos en un acuerdo: la primera noche pusimos la bolsa de dormir y su almohada a lado de mi cama, donde el viejo perro, Sadie, podía verlo con ternura. La segunda noche movimos la bolsa de dormir a tres pies de distancia de mi cama.  La siguiente noche, se movió tres pies más.  En la cuarta noche llegó a la puerta.  Durmió allí dos noches antes de que su bolsa de dormir estuviera en la sala.  Yo mantenía la puerta abierta.  “¿Estás bien?” le preguntaba en la oscuridad.  “Sí,” decía él con su vocecita pero varonil.  El pasillo corto que da hacia la sala costó tres noches dominarla.  De ahí, fueron cuatro noches en la sala, mientras progresaba despacio a su propio cuarto.  Tres días más de avance, una noche de quedarse en el mismo lugar.  Hubo una noche cuando él arrastró su bolsa de dormir y regresaba tres pies.  A veces gritaba: “Buenas noches,” para oír de nuevo mi voz.

Había una noche de valentía y preocupación en medio del pasillo de mi  estudio y su cuarto:

“Nos vemos mañana mamá.”

“Te amo mamá, estoy bien aquí afuera mamá.”

Algunas veces pidió que me sentara con él.  Mi cercanía lo levantó.  En ocasiones la gracia trabaja como alas de agua que te levantan cuando te estás hundiendo.

Por eso, al último, pasó su primera noche en su nueva habitación espeluznante con valentía, en el suelo.

Ese soy yo tratando de hacer algún progreso en toda mi familia, en trabajo, en las relaciones, en mi propia imagen: gatea, gatea, espera; gatea, espera, regreso catastrófico, gatea, gatea, vacila.

Me gustaría que la gracia y la sanidad fueran más como un tipo de “abracadabra” y hubiera un cambio mágico; también que las campanas delicadas de plata sonaran anunciando la llegada de la gracia.  Pero no es así: sólo gatea, gatea, vacila en el suelo y la oscuridad.”

Sólo Confía en Dios

Fuego004Yeri Nieto

“Y aquel que es poderoso para guardaros sin caída… a Él sea gloria y majestad” Judas 24-25

EL NIÑO DE ESCASOS OCHO AÑOS quedó atrapado en las llamas del edificio donde vivía. Era un departamento que su familia rentaba, pero el problema era que cuando el incendio inició nadie de la familia estaba con él; las llamas empezaron a subir hasta la tercera planta, en donde él permaneció mucho tiempo asustado y pidiendo auxilio a gritos.

Los vecinos empezaron a correr y llamar a los bomberos; a alguien se le ocurrió llamarle al padre de familia y éste, sin pensarlo, llegó hasta un lugar donde se escuchaban los llantos del pequeño. Alcanzó a ver en dónde estaba, y le gritó:

“Salta, hijo”.

“¡No! Tengo miedo.”

“¡Ten valor!, ¡salta!”

“No, papá; es que no te puedo ver…”

“Pero yo sí te veo, hijo.”

Así es nuestro Padre celestial: cuando hay nubes negras en derredor nuestro, cuando no vemos salida, cuando todo parece perdido, Él está ahí. Él sí puede vernos, aun cuando nosotros no. Él extiende Sus brazos de amor y nos pide que saltemos, que confiemos plenamente. No saltaremos al vacío, porque Él está ahí; no caeremos, porque Él está ahí. Las llamas no nos tocarán si escuchamos Su voz y le obedecemos… ¡como si fuésemos un pequeñito de escasos ocho años de edad!

Oración: Señor, sé que me ayudas en todo momento; sé que estás aquí. No permitas que lo que no veo con mis ojos me impida la plena confianza en Ti.

¿Qué Haces Cuando el Arroyo Se Seca? [Parte IV]

Escrito por Dr. James H. Diehl, Superintendente General en la Iglesia del Nazareno

Escena Cuatro: Elías llevó al niñito muerto a su cuarto y lo puso sobre su cama. Él oró con fervor a Dios tres veces. Tres veces él clamó, “Jehová Dios mío, te ruego que hagas volver el alma de este niño a él” (1 Reyes 17:21). Dios escuchó y respondió a esta oración. El aliento regresó de nuevo al muchacho. ¡Fue un milagro de resurrección! La viuda en luto y su hijo vivo fueron unidos otra vez. Se regocijaron. Celebraron. Un milagro había ocurrido. ¡Qué serie de eventos!

Verdad Cuatro: Dios es más grande que _________. Llena tú el espacio. Dios era más grande que Acab. Más grande que el arroyo. Más grande que el niño muerto. ¡Más grande que cualquier cosa….y cualquier persona! Esta es la verdad que yo necesito oír. Tú necesitas oírla también. No sé que está pasando en tu vida, pero yo sé que Dios es más grande. Lo puedes escribir: “Dios es más grande que __________,” y llenas el espacio. Cualquier cosa, cualquier persona, no importa. ¡Dios es más grande! ¡Hoy me atrevo a creer…y confiar…a Dios! Yo llenaré el espacio. Por favor, júntate a mí y haz lo mismo. ¡Dios es más grande!

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