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¿Hablar o escuchar? 

Por Freya Galindo

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¿Qué te gusta más: hablar o escuchar? 

Soy de esas personas que les cuesta mucho trabajo estar callada, quienes me conocen saben que hablo mucho y tengo que hacer un gran esfuerzo cuando se trata de guardar silencio. Cuando hablamos decimos lo que pensamos, es más, algunas veces ni siquiera pensamos lo que decimos. Sin embargo, para escuchar necesitamos hacer un esfuerzo de enfocar nuestra atención solamente en quien está hablando y razonar lo que estamos escuchando. 

Muchos han dicho que tenemos una boca para hablar poco, y tenemos dos orejas para escuchar mucho. Pero en realidad, usamos mucho la boca y el oído poco. 

Hay muchos factores que influyen para que NO escuchemos: 

1. Si sólo hablamos y nunca callamos. 

2. Si nos distraemos con algo más (ruido). 

3. Si, simplemente, no queremos escuchar. 

listenPuede haber más razones, generalmente estas son las más comunes. Si revisamos las historias en la Biblia de siervos de Dios, vamos a darnos cuenta que la mayoría de ellos no estaba capacitado para realizar la tarea que Dios les había encargado, más allá de eso, pienso que Dios elegía (y todavía elige), a personas incapaces e imperfectas, pero que quisieran ESCUCHAR. Así es como encontramos la historia de Moisés. 

Dios, por medio de su Ángel, llamó la atención de Moisés, y así él se acerca, cuando Dios tiene su atención, le habla por su nombre: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: “Heme aquí”. Esa fue la primera de muchas conversaciones entre ellos dos. Lo que me gusta de este personaje bíblico es que estuvo dispuesto a ESCUCHAR a Dios, y de esa manera aprendió a escuchar a Dios. Desde Éxodo hasta Números son menos las veces que Moisés le habla a Dios y muchas más las veces que Dios le habla a Moisés. 

Él también aprendió a escuchar a las personas y al pueblo que estaba dirigiendo. Una y otra vez lo que Dios mandaba requería esfuerzo, sacrificio y fe, sin embargo, a pesar de que los mandatos no fueran fáciles, Moisés escuchó al Señor. En otras ocasiones el pueblo de Israel se quejaba de él o murmuraba contra él, aun así él decidió escuchar. 

Lo mejor de Moisés es que OBEDECIÓ lo que Dios le dijo. La Biblia menciona varias veces que “Moisés hizo conforme Jehová dijo…” o “el pueblo hizo conforme Jehová dijo por medio de Moisés…” Dios no quiere solamente buenos oidores, sino que quiere buenos oidores que sean también hacedores. 

En el Antiguo Testamento Dios hablaba a su pueblo y a las personas a través jueces y profetas. Su presencia descendía a lugares específicos sobre personas específicas. También hablaba a través de ángeles, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Y así llegamos a la parte en que Dios se encarnó en Jesús para hablar directamente con quien quisiera escucharle. 

¿Crees que todavía Dios habla? Dios llamó la atención de Moisés a través de un arbusto encendido en llamas que no se consumía… ¿cómo Dios está llamando tu atención? 

Si tú alguna vez has pedido que Dios te hable, ¡no te preocupes! Dios ya te ha hablado o te está hablando: “Pero cuando venga el Espíritu de la verdad, él los guiará a toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta sino que dirá sólo lo que oiga y les anunciará las cosas por venir.” Juan 16:13 (NVI). 

Dios está dispuesto a hablarte y a dirigir tu vida, de hecho Él está hablando aquí, a través de este artículo, pero ¿quieres solamente hablarle, que Él te escuche y que haga tu voluntad? O de verdad, ¿estás dispuesto a escucharlo? Y, más importante ¿estás dispuesto a obedecerlo?

Analizando Nuestro Concepto de Conversión

Cross & CrescentComo he compartido en las entradas anteriores, Emily y yo hemos tenido el privilegio de escuchar las historias de los tres jóvenes que participaron en el Proyecto Isaías.  Una cosa que me fascina del ministerio trans-cultural es la manera en la cual el mismo misionero cambia por medio de la experiencia.  Nuestro carácter, nuestra perspectiva del mundo, aun nuestra teología tiene que cambiarse cuando nos encontramos en otra realidad y Dios empieza a enseñarnos nuevas cosas por medio de nuevas personas y nuevas situaciones.

Por ejemplo, hablemos de nuestro concepto de la conversión.  En Latinoamérica nos importa mucho quién está dentro y quién está fuera.  Queremos saber exactamente cuando alguien se convierte y–casi literalmente en nuestras mentes–se tralada del infierno al cielo.  La línea que separa los dos destinos es importante y nos enfocamos bastante en este punto de “conversión.”

Así que no debe sorprender que además nos importan las estadísticas.  ¿Cuantás personas aceptaron en la Campaña evangelística? Si salimos con el Cubo Evangelístico y algunos tratados, la pregunta más urgente es: ¿Y cuántas personas se convirtieron? Nadie quiere evangelizar por mucho tiempo si no se ven resultados inmediatos.  Y resultados en este sentido implican números tangibles–personas que se han movido del infierno a la vida eterna en ese momento.

Hay algunos problemas con esta mentalidad.  Primero, ¿quién decide cuáles personas estarán en el cielo y cuáles no? Nos gozamos en nuestras estadísticas, pero ¿sabemos 100% si la persona que hizo la oración se arrepintió de corazón y va a vivir una vida diferente? Sólo Dios posee un reporte de estadísticas verdaderas.

prayerSegundo, ¿vamos a discipular a tales personas? ¿Por qué nos regocijamos tanto en la supuesta conversión de alguien y no nos dedicamos a su formación como nuevo bebé en Cristo? Quizás aun los wesleyanos y los nazarenos somos más Calvinistas de lo que queremos admitir…

Tercero, ponemos toda la prioridad en el instante de la conversión y no en el proceso.  En las próximas entradas vamos a reflexionarnos sobre Juan 4 y una “conversión” de un musulmán por medio del ministerio de los jóvenes en Proyecto Isaías.  Aunque nos gustaría poder indicar exactamente cuando tal hombre se movió de la muerte a la vida, es difícil señalar tal momento.  La cultura y el contexto árabe requieren que miremos la conversión por lentes diferentes…

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