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¿Cómo Cuidar Correctamente de tu Ministerio? – Parte 1 de 2

Escrito por: Jennifer Catron. Trad. por: Manuel Santana

¿Administras bien los recursos que Dios te ha confiado?

Los administradores y mayordomos, son personas encargadas de velar por la propiedad de otros. Supervisan, protegen y cuidan lo que les ha sido entregado. Esa responsabilidad de administración también es la de un líder. Como gente de fe, somos tomados por administradores a nombre de dos dueños distintos: el primero, Dios, quien creó todas las cosas y las entregó en nuestras manos, y segundo, el ministerio para el cual trabajamos. Un pasaje muy conocido en Mateo habla de la responsabilidad y consecuencia de la mayordomía. Jesús contó la historia de un amo quien confió a tres de sus siervos diferentes cantidades de dinero. A uno le dio una cantidad semejante a la paga de 100 años, al segundo una  cantidad semejante a 40 años y al tercero de 20 años. Esta era una exuberante suma de dinero para tres hombres que no tenían muchos recursos. ¡Qué gran oportunidad para probarse a sí mismos! Mientras su señor no estuvo, los primeros dos sirvientes fueron al trabajo y ambos duplicaron la cantidad que su amo les había dado, pero el tercero, no hizo nada y cavó un hoyo en la tierra donde puso el dinero, enterrándolo como si fuese su Tesoro.

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La  Mayordomía es una gran Responsabilidad.

Me apresuro en criticar al tercer hombre. “¿En serio enterraste el dinero?”. Te dieron una gran oportunidad, ¡No la desperdicies de ese modo!, pero me pongo en su lugar. Es un siervo, está en lo último de la cadena social y no está acostumbrado a tener tanta responsabilidad, por lo que no desea equivocarse. Cuando su amo lo confrontó acerca del porque había enterrado el dinero, respondió: “tuve miedo” (Mateo 25:25). El miedo lo tenía paralizado, por tanto no pudo administrar el tesoro  que tenía encargado.

Así también nos sucede. ¿En cuántas ocasiones el temor se ha adueñado de nosotros impidiéndonos disponer de lo que se nos ha encomendado? A cada uno de estos siervos le fue dada una responsabilidad que nunca antes habían tenido. Los dos primeros llevaron a cabo el desafío, pero el tercero permitió que el miedo le impidiera experimentar esa gran oportunidad de crecer y determinar por sí solo. 

Ese temor también lo hemos sentido en ocasiones. Tal vez al hacernos de un nuevo empleo, o movernos a través del país, o insertarnos en un grupo con una cultura diferente a la nuestra. Tal vez está en la inversión que hemos hecho para inaugurar una obra determinada, o expandir el ministerio de tu iglesia. Quizás al rehacer tú equipo de trabajo y reajustar una estructura que te prepare para el futuro. ¿Cambiarías la remuneración por un desafío así?, ¿o te quedarías de brazos cruzados con miedo al cambio y sin algo que demostrar?

Quizás el no hacer algo no va contigo. Y si eres como la mayoría de los líderes, tu determinación e iniciativa te conducirán a querer hacer más. El problema es que nunca estás conforme con lo que has  alcanzado, en cambio, administra bien lo que ya tienes, no te la pases comparando lo que has logrado con lo que otros han hecho y no centres tu atención en las oportunidades que no has tenido y aprecia el potencial de las que sí se te presentan, porque de otra manera estarías sepultando toda esperanza de alcanzar algo mejor. El principio clave de la mayordomía no se trata de lo mucho que tenemos, sino saber manejar lo que hemos adquirido.

Cuando decidimos ser mayordomos, realizamos un plan de trabajo que nos lleve a ejecutar las cosas bien hechas y tomar decisiones certeras  acerca de la mejor forma de manejar los recursos con que cuenta el ministerio. Tener control de los recursos va mucho más allá que tener dinero, también es saber guiar a las personas y administrar el tiempo.

Espera más de este artículo en la siguiente entrada.

El Tesoro Escondido

EL TESORO ESCONDIDO

Parábola escrita por Yeri Nieto de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas

E

ra éste un rico hacendado que tenía una mansión enorme, con gran construcción y un hermoso e interminable jardín. Era un placer ver su residencia, y toda la gente del pueblo pasaba horas contemplándola.

Una mañana, el rico hacendado pegó en las puertas un letrero: “Requiero un ayudante que viva en casa y cuide de todos mis bienes”. Los niños corrieron a dar la noticia y el pueblo entero vino a la hacienda con la intención de obtener el trabajo. ¡Vivir en la casa del rico! ¡Ser yo quien cuide sus bienes!

Llegaron, y el terrateniente les dijo: “Necesito a alguien que pueda vivir en la hacienda para cuidar mis bienes; sin embargo, antes tengo que escogerlo entre todos ustedes”. Y el rico empezó a señalar a todos. Todos se entusiasmaron y el hacendado les impuso la primera tarea: ir al patio trasero a recoger el escombro de los animales. Muchos no quisieron ir; muchos fueron. Luego les envió a cuidar a los animales. Muchos no quisieron ir; algunos fueron. Al llegar la noche, el hacendado se acercó a quienes habían quedado y les dijo: “No descansen esta noche, deseo que vigilen las puertas y se mantengan al tanto de las asechanzas de los ladrones”. Casi todos se fueron; quedaron solamente dos jóvenes, eran éstos escuálidos y con el rostro lleno de ansiedad por hacer lo que el rico hacendado les dijera.

Al amanecer, el terrateniente les dijo: “Ahora les corresponde cuidar el jardín”. Y ellos se emocionaron. ¡Era el jardín más bello que hayan visto jamás!

Iniciaron a podar, a limpiar, a cortar, a darle forma a lo que de por sí era bello… De pronto, el rico hacendado apareció y les confesó un secreto: “No hagan más que cavar: dentro de este jardín hay un tesoro para ustedes –¡búsquenlo!”. Ellos sin más empezaron a hacer agujeros por toda la tierra. Al mediodía uno de ellos alzó la voz al otro, y le dijo: “Este trabajo no me gusta; me iré, creo que este rico es como todos, sólo piensa en explotarnos y de seguro querrá mantenernos así siempre”. Y se levantó y se fue.

El otro siguió cavando. A veces sentía que las fuerzas le fallaban, que iba a caerse, que los brazos no le responderían más, pero siguió cavando.

Pasó un día entero, una semana, un mes. Pasó un año y el joven seguía cavando y el terrateniente no aparecía por ningún lado.

Al año llegó el rico hacendado y le dijo: “Sal de ahí, ven a mi casa, entra en ella y goza de todos mis bienes”.

“¡Pero aún no he encontrado el tesoro!”, le respondió.

El hacendado sonrió: “¡Yo no te ordené encontrar ningún tesoro –sólo buscarlo! Ven aquí y goza de todos mis bienes: ahora ya no eres aquel joven débil que quería poseer todo; ahora eres un varón fuerte capaz de cuidar de todo lo que nos pertenece”.

Pienso que así es toda persona que escudriña las Escrituras, que cava en ella: sin entender mucho, terminará siendo fuerte, capaz de cuidar lo que Dios le ha dado, y apto para entrar en los Cielos Eternos.

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