El Barril de Amontillado

Por: Carlos Castro

Lo que estás a punto de leer es una adaptación del cuento de Edgar Allan Poe: “El barril de amontillado”.

Había soportado las injurias de mi amigo Fortunato. Pasé por alto su carácter soberbio y algunas humillaciones que me hizo pasar, pero cuando llegó al punto de lo que consideré un insulto, decidí vengarme.

Lo establecí dentro mí: planearía mi venganza, pero no lo haría de inmediato ni de alguna forma en la que yo quedara expuesto.

Primero, si al vengarme, yo saliera perjudicado, tal venganza no repararía la ofensa que se me hizo.

Segundo, si Fortunato sufría por mi plan, sin saber que era yo quien lo ejecutaba, tampoco tendría sentido.

Yo tenía que salir ileso. Él tendría que sufrir, y tendría que saber que yo me estaba vengando.

Aunque aquel Fortunato era un caballero reconocido, y, de alguna manera, digno de ser temido.

Se enorgullecía de ser el mejor conocedor de vinos. Y tal vez lo era. Era italiano, y su fama como catador tenía cierto renombre. Este era un tema que nos unía, pues yo tenía también un buen gusto, y en algunas ocasiones, compraba buen vino en grandes cantidades. Él sabía que este era uno de mis mayores placeres.

Una tarde, cuando ya anochecía, encontré a mi amigo en un Carnaval. Él había bebido mucho. Me saludó con extravagancia y yo me reía al ver a este buen hombre disfrazado de payaso. Llevaba un traje muy apretado, de colores, y coronaba su cabeza con un sombrero cónico adornado con cascabeles.

Me alegré de verle… como nunca.

—Querido Fortunato— le dije en tono feliz— este es un encuentro afortunado. He recibido un barril de algo que llaman amontillado, pero tengo mis dudas.

—¿Cómo?—dijo Él— ¿Amontillado? ¿Un barril completo cuando estamos en medio del carnaval?

—Por eso tengo mis dudas—contesté— Como no encontré modo de comunicarme con usted, voy camino a casa de Luchesi. Él es entendido, seguramente él me dirá si…

—Luchesi es incapaz de distinguir el amontillado del jerez. Vamos para allá.

—No, querido amigo, no quiero interrumpir sus compromisos. Las bodegas son húmedas, oscuras y frías.

—A pesar de todo, vamos. No importa el frío.

Diciendo esto, Fortunato me tomó del brazo y comenzamos a caminar juntos.

Los criados no estaban en la casa. Les pedí que disfrutaran el carnaval, y que no regresaran hasta el otro día. No había nadie que hiciera ruido. Tampoco alguien que escuchara.

Prendí dos antorchas, entregué a Fortunato una y le guié. Bajamos por los estrechos pasillos de las catacumbas de los Montresors. Mi amigo estaba muy borracho. Su andar era vacilante, y los cascabeles de su gorro resonaban con cada una de sus zancadas.

—¿Y el barril?— preguntó.

—Está más allá— le contesté.

Mientras avanzábamos por aquel laberinto bajo tierra, el frío y la humedad aumentaban. Comenzó a toser. Le dije que volviéramos, que yo podía consultar a Luchesi, pero él insistió.

Llegamos a un pasillo sin fondo. En vano, Fortunato levantaba su antorcha, casi consumida.

—Adelántese— le dije. Ahí está el amontillado.

Había en la pared dos argollas de hierro. Estaba tan borracho que no se dio cuenta cuando encadené sus pies. Solo lo supo cuando quiso retroceder hacia mí, y no lo consiguió.

Tomé la cuchara de albañil que llevé con el fin planeado años atrás. Tomé las piedras apiladas y el material que estaba listo, y puse la primera hilada, la segunda, la tercera y la cuarta.

La embriaguez de Fortunato se disipó.

—Qué buena broma— me dijo— hablaremos de esto y todos reirán en el palacio.

Puse la quinta, la sexta y la séptima hilera de piedras.

Una serie de fuertes y agudos gritos salió de repente de la garganta del hombre encadenado.

Dudé por un momento. Me estremecí, sí. Pero cuando puse mi mano sobre la maciza pared de piedra, respiré satisfecho. Contesté los gritos de quien clamaba, del otro lado, hasta que terminó por callarse.

Ya era media noche, y llegaba a su término mi trabajo.

Antes de colocar la última piedra, le hablé por su nombre a mi amigo, pero me contestó solo un débil cascabeleo.

Este cuento ilustra algo: nuestras malas acciones siempre tienen consecuencias. Pueden pasar muchos días, tal vez años, pero las ofensas que hacemos a otros terminarán por lastimarnos a nosotros mismos.

Dios quiere librarnos de eso. Por eso está en contra de nuestro pecado. Él nos ama y quiere evitar que sufras innecesariamente. Tal vez a ti no te harán lo que el protagonista le hizo a Fortunato, pero tu pecado volverá de muchas formas: el rechazo de tu esposa, la indiferencia de tus hijos, puertas cerradas para conseguir trabajo, o una conciencia que no te permite dormir.

Apártate de todo lo malo. Dirige tus acciones conforme a la voluntad de Dios, para que lo único que te persiga sea su misericordia.

*Carlos Castro es Maestro en Psicoterapia, atleta y autor. Junto con su equipo INMERSO, motivan y capacitan ministerios de evangelismo y plantación de iglesias en México.

Deja un comentario

Blog de WordPress.com.

Subir ↑