Archivo de la categoría: Calendario Cristiano

40 Días de Oración

Cada año, como Región, animamos a todas las congregaciones a unirse en oración durante 40 días previos al Día de Pentecostés.  Para ello, el ministerio de Misiones Nazarenas Internacionales (MNI) ha preparado peticiones de oración para cada día, a las cuales se puede acceder en este link 40 DÍAS DE ORACIÓN PREVIOS AL PENTECOSTÉS – 2020.
 
Estos 40 días inician HOY, 22 de abril y concluyen el 31 de mayo, día en que a nivel global se celebra el Día Global de Oración del Pentecostés, por lo que les animo a unirse y tener un tiempo de agradecimiento a Dios el último día. No como lo hemos hecho en otros años, con concentraciones masivas, sino celebrando en las redes sociales y compartiendo el mensaje de salvación por los diferentes medios sociales.
 
Hemos incluido peticiones especiales para continuar orando por sanidad, provisión y la predicación de la Palabra con denuedo, en nuestra Región y nuestro mundo en este tiempo de pandemia del Covid-19.
 
Gracias por compartirlo con sus iglesias, pastores, líderes y congregaciones.  Continuamos pidiendo al Señor que sane nuestra tierra.

Entonemos Un Cántico Nuevo

Cada vez que los israelitas experimentaban una temporada en la que Dios hacía algo trascendental a su favor, ellos entonaban un nuevo cántico.

¡Bendito sea el Señor!

Canten al Señor un cántico nuevo,
alábenlo en la comunidad de los fieles.

(Salmo 149: 1)

Como pueblo de Dios en este Domingo de Resurrección, nos preparamos para celebrar la nueva vida que Jesús nos trae a todos. Incluso en medio de esta crisis global, estamos escribiendo una nueva canción. Cuando lleguemos al final de esta temporada de duelo y dolor, entonaremos un nuevo cántico, porque sabemos que Jesús ha resucitado de entre los muertos.

Este es el mensaje de esperanza que recibimos de un Dios vivo y amoroso. De las cenizas de la muerte y la desesperación, los primeros discípulos fueron testigos del poder de resurrección de Dios. Era hora de escribir una nueva canción; un comienzo del reino de Dios y una invitación a participar en la misión de Jesús en el mundo.

Con el salmista, entonemos el cántico de que las promesas de Dios son para todos nosotros: el SEÑOR “restaura a los de corazón quebrantado y cubre con vendas sus heridas.” (Salmo 147:3). Unimos nuestras voces con el profeta Isaías, quien declaró el propósito de un Mesías venidero: “El Espíritu del Señor omnipotente está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres Me ha enviado a sanar los corazones heridos, a proclamar liberación a los cautivos y libertad a los prisioneros,a pregonar el año del favor del Señor y el día de la venganza de nuestro Dios, a consolar a todos los que están de duelo, y a confortar a los dolientes de Sión. Me ha enviado a darles una corona en vez de cenizas, aceite de alegría en vez de luto,traje de fiesta en vez de espíritu de desaliento.” (Isaías 61: 1-7).

Nuestro mundo necesita urgentemente el mensaje esperanzador de la resurrección y el poder y la promesa que este ofrece. Aun cuando nos afligimos por el dolor y el sufrimiento que vemos y experimentamos, sabemos que Jesús, el Siervo Sufriente, conoce nuestro dolor y está allí con nosotros. Este mismo Jesús, acompañó a María y Marta en la pérdida de su ser querido, y Jesús lloró, pero luego vino algo completamente inesperado: una nueva vida arrebatada del control de la muerte (Juan 11).

Y así, entonemos un nuevo cántico al Señor en este Día de Resurrección, y dejemos que nuestras voces hagan eco de este estribillo: ¡Cristo ha resucitado! Ciertamente, ¡Cristo ha resucitado!

Gracia y paz para todos,

Junta de Superintendentes Generales

Sitio Web de la Iglesia del Nazareno

En el Valle, Pero Enfocado en la Montaña

La mayoría de nosotros esta semana estamos confinados en nuestros hogares a medida que nos ponemos en cuarentena por la propagación del virus COVID-19. Si eres como yo, puedes estar luchando con el hecho de que ESTA semana todos estaremos observando la Semana Santa separados unos de otros. Como pastor y misionero, siempre anticipo el profundo significado de la Semana Santa, y considero un privilegio dirigir a mi congregación, especialmente en los servicios de Viernes Santo y Pascua. Seguiremos haciéndolo esta semana en línea, pero aun así todo se siente extraño.

Dicho de otra manera, en estos días debemos concentrarnos en lo que generalmente es una experiencia en la cima de la montaña (¡no hay mejor día en el calendario cristiano que la Pascua!), incluso cuando sentimos que estamos en un valle emocional. Los peregrinos judíos caminaron durante días hacia Jerusalén por caminos sinuosos y de escalada, cansados ​​pero emocionados. En muchas ocasiones cantaron salmos de ascenso. Levantamos nuestros ojos hacia los montes. ¿De dónde viene nuestra ayuda (Salmo 121:1)?

A medida que nos acercamos al Viernes Santo, nosotros también estamos cansados. Nos encontramos en un valle, y sabemos que aún queda mucho por escalar. Sin embargo, nuestro enfoque no está en dónde estamos, sino a dónde Dios nos guiará. Nuestros ojos están fijos en un lugar más alto. A través de la Cuaresma, nos hemos unido a nuestro Salvador en “afirmar el rostro hacia Jerusalén” (Lucas 9:51). Y ahora, como dicen Timothy y Julie Tennent, el valle emocional puede transformarse en una verdadera montaña espiritual:

“Las montañas proporcionan un gran recordatorio de la presencia de Dios, porque Dios se encontró con su pueblo en las montañas. Dios se encontró con Abraham en el Monte Moriah y le proporcionó el sustituto de sacrificio para Isaac. Dios se encontró con Moisés en el Monte Sinaí y entró en pacto con su pueblo, dándoles tanto la Ley como las promesas. Dios se encontró con Elías en el Monte Carmelo y se reveló como el Dios verdadero y vivo, no como los ídolos de las naciones. Como cristianos, nos damos cuenta de que continuó esta trayectoria de esperanza por la cual Dios se encuentra con su pueblo en las montañas. Jesús nos encontró en el Monte de las Bienaventuranzas y nos enseñó los caminos del reino. Jesús nos recibió en el Monte de la Transfiguración y reveló su gloria venidera. Finalmente, en el acto más grande de todos, ¡Dios se encontró con toda la raza humana en el Monte Calvario y reveló su mayor amor por un mundo perdido!”

Es ese gran amor por nuestro mundo herido, enfermo y temeroso, que celebramos en estos días.

¿Te unirás a tu Salvador al pie de la cruz? Aunque él, de hecho, te acompaña en el valle, también cuelga allí con los brazos abiertos, esperándote en la montaña.

“Alzaré mis ojos a los montes, ¿de dónde vendrá mi socorro?

Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra.”

(Salmo 121.1-2).

 

 

Pascua: Lleno de Vida

Es un poco paradójico escribir sobre la Pascua en medio de la Cuaresma, pero cada año nosotros como pastores preparamos nuestros sermones sobre Pascua durante el tiempo del sacrificio y el ayuno que implica la Cuaresma, así que esto tiene sentido.

En muchos de nuestros países, la Pascua es el día en el que las personas regresan a la normalidad del trabajo y la escuela después de la relajación de los días de vacaciones en Semana Santa. ¡Qué ironía! Después de todo, la Pascua, el Domingo de Resurrección, es el día en el cual lo “normal” es erradicado, y emerge un nuevo paradigma. Para los cristianos no debería haber celebración más grande.

Como Joan Chittister escribe en su libro, El Año Litúrgico: La Aventura en Espiral de la Vida Espiritual, “No hay nada en la cultura cristiana que explique completamente todas las otras cosas cristianas tan bien como lo explica la Pascua” (p. 54). El Hijo de Dios fue enviado para ser crucificado y, después de morir en la cruz, permanecer tres días en la tumba. Pero la Pascua, la Resurrección, proclama que la muerte ¡no tiene la última palabra! Por lo tanto, ¡no debería existir celebración más grande que la Pascua! Un festival extravagante de alabanza debería estallar durante ese domingo así como Jesús, hace tanto tiempo, salió de la tumba temprano esa mañana.

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Chittister lo expresa de esa manera: “La mañana de Navidad encontramos el pesebre lleno de vida; la mañana de Pascua encontramos la tumba vacía, no hay muerte. Conocemos toda la verdad ahora: la muerte no es el final, y la vida como la conocemos solamente es el inicio de la Vida. No hay sufrimiento del que no podamos resucitar si vivimos una vida centrada en Jesús. Es la tumba vacía la mañana del Domingo de Resurrección la que nos dice, ‘Ve y dile a otros. ¡Ahora!’ (paráfrasis de Mateo 28:10)” (p. 164). ¡No podemos quedarnos con estas buenas noticias! ¡Queremos invitar a tantos como sea posible a que se regocijen con nosotros!

Esa clase de impulso debería provocar que el culto de Resurrección reboce de gozo y emoción. Chittister comparte una anécdota graciosa relacionada con esta misma realidad:

“Él tenía seis años y no estaba acostumbrado a ir a la iglesia. Cuando vi la familia en la Vigilia de Pascua en el monasterio, me quejé. Es un servicio largo, lleno de danza y cantos, flores e incienso, campanas y música. Pensé, ¿por qué alguien traería un niño al culto? Pero después, durante la comida el niño seguía claramente animado, y la familia estaba radiante. ‘Jake insistió en que lo trajéramos de nuevo…a la Vigilia de este año,’ su mamá me explicó tocando orgullosamente el cabello del pequeño. ‘¿En serio? ¿Para qué?’ Yo pregunté con obvia incredulidad. Entonces el pequeño niño me miró con algo de asombro. ‘Porque me gusta esta iglesia,” dijo él. ‘En esta iglesia, ¡Jesús de verdad resucita!’” (p. 201).

No hay mejor cumplido. ¡Qué este Domingo de Pascua tu servicio – y tu vida – sean la evidencia para todos de que Jesús de verdad resucita!

Las Cenizas de Nuestro Viaje – Peregrinaciones de Cuaresma

Por Teanna Sunberg

El día de mañana, alrededor del mundo, muchos seguidores de Cristo harán fila en los altares para ser marcados en su frente o mano con cenizas. Es Miércoles de Ceniza, es el primer día de Cuaresma – esta pesada y, algunas veces, dolorosa peregrinación hacia el quebrantamiento de la cruz que culmina en el milagro de la resurrección. Este viaje comienza mañana con las cenizas.

La tradición dicta que, mientras el creyente se coloca frente al sacerdote o pastor, la señal de la cruz es dibujada y acompañada de las palabras, “Recuerda que tú eres polvo y al polvo volverás.” O, “Arrepiéntete y cree en el Evangelio.”

Es una declaración tan poderosa que, en este día del año, los creyentes en Cristo usan un símbolo externo y visible de su fe. Mientras vamos de compras, trabajamos, y nos desenvolvemos en los espacios públicos de la vida, esta cruz funciona como un filtro de cómo el mundo nos concibe. Las cenizas nos definen ese día.

Las cenizas mismas dan su propio y profundo simbolismo a la historia. Ellas son todo lo que queda de las ramas quemadas de la celebración del Domingo de Ramos del año previo. Pero, el Domingo de Ramos es un capítulo inquietante en nuestra narrativa. ¿Cómo es que la misma gente que alzó esas ramas de palma para dar la bienvenida y celebrar a Jesús estaba alzando sus puños, gritando y pidiendo que lo crucificaran menos de una semana después? ¿Qué clase de debilidad? ¿Qué clase de corazón traicionero? ¿Qué clase de personas?

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En verdad, la multitud del Domingo de Ramos nos permite tener un panorama honesto de la realidad de la humanidad – tal vez, incluso, sea el espejo más real de nuestros corazones. Nosotros también queremos a Cristo y no lo queremos. Nuestra naturaleza humana se encuentra en estado de guerra entre aceptar la misericordia de Dios y rechazar su autoridad. Es fácil amar a Dios por lo que Él nos da y es igualmente sencillo enojarnos con Dios cuando no nos da lo que queremos. Las ramas de palma fácilmente dan paso a los puños, a los gritos de rechazo de la gente en aquel Viernes Santo.

Entonces, estamos marcados por las cenizas mañana en el primer día de Cuaresma. Encaminamos nuestros pies hacia la cruz y nos movemos hacia el viernes. Nos marcamos con la ceniza que representa nuestros sueños rotos, nuestros cuerpos físicos quebrantados, nuestra quebrantada relación con la creación de Dios, nuestras relaciones rotas con otros, nuestra quebrantada relación con Dios mismo: la ceniza que define nuestro estado humano. Usamos la ceniza que nos recuerda nuestro pecado. Usamos la ceniza del Domingo de Ramos y proclamamos que creemos.

¿Qué creemos?

Nos atrevemos a creer que la entrada triunfal de Jesús, en el año 30 d.C., es un destello de verdad: Cristo es un poderoso rey y un misericordioso salvador. Nos atrevemos a creer que su entrada triunfal a nuestros corazones es un símbolo seguro de su amor y poder sobre la oscuridad, la muerte y el pecado. Nos atrevemos a creer que, a la puerta de la muerte, cuando nuestros cuerpos regresen al polvo, en una forma milagrosa, entonces seremos nosotros quienes hagamos la entrada triunfal – y caminemos hacia la vida eterna con Cristo. Somos libres.

En este miércoles, esas cenizas nos definen. Le dicen al mundo que reconocemos nuestra necesidad de tener corazones arrepentidos. Nos recuerdan la realidad de nuestra naturaleza caída. Y, ellos hablan de la esperanza – la esperanza de la resurrección, el regalo de la vida y el tesoro que tenemos en Cristo.

Este Miércoles de Ceniza – el primer día de Cuaresma:

Recuerda. Lee Génesis 3.

Arrepiéntete.

Cree.

Este artículo fue publicado originalmente en: TeannaSunberg.com

Muéstrame tus Manos

Por Leonard Sweet
(European Nazarene College, 18 de enero, 2011)

Le estaba leyendo Salmo 51:10 a mi madre cuando murió: Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. 

La clave que lleva a la santidad es tener un corazón limpio.  Entonces dame una imagen de un corazón limpio. ¿Qué es lo que lo acompaña? La única persona santa que ha vivido es Jesús.  Santidad pura.

Lo que pasa aquí con Jesús es el Dios mismo que bajó a la tierra.  ¿Qué tanto bajó? ¿Qué tan abajo vino la Encarnación?  ¿En dónde nació Jesús? ¿En un palacio real? ¿En una cuna? ¿En dónde ocurrió el nacimiento? Ocurrió en un establo oloroso, donde lo primero que Jesús experimentó – ¿qué fue?  Piojos.  Esos pequeños animalitos que viven en la paja. Esos que muerden la carne.  Y el olor del estiércol y de los animales.

Pero Jesús en su Encarnación fue más allá, no solo llegó a lo más bajo de los humanos, sino que también hizo algo que ningún otro Rabino de la historia había hecho o permitido que sucediera.  De hecho, hizo algo que molestó a los mismos discípulos. ¿Qué tan abajo vino la Encarnación? Jesús fue el primer rabino de la historia en ¿qué? Lavarle los pies a sus discípulos.  Eso y más hizo Jesús.  ¡Continuó humillándose!

¡Y déjenme decirles hermanos y hermanas, que ninguno de ustedes puede lavar los pies de alguien sin ensuciarse y mojarse en el proceso!

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¡Esto es Santidad! ¿Quieres una imagen de lo que es la santidad? ¿Tienes un corazón limpio? Bien, esto es lo que acompaña a un corazón limpio – manos sucias.  ¿Tú me dices que tienes un corazón limpio? Yo te digo, muéstrame tus manos.

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Leonard Sweet

¿Tienes tus manos limpias? “Oh, la verdad no quiero ensuciarme.”  “Nosotros vivimos en el mundo, pero no somos de él.”  ¿Qué? ¿Entonces tus manos están demasiado limpias como para que las ensucies? Oh, claro, necesitamos rituales de limpieza todo el tiempo para poder estar limpios.  Pero todo el propósito de limpiarnos es para que nos volvamos a ensuciar…

…Mateo 25 nos dice cual será la respuesta en el juicio final: “Por cuanto lo hiciste a uno de estos mis pequeños…” En otras palabras, esta es la pregunta en el Día del Juicio: Muéstrame tus manos.  ¿Están limpias?  Ve a otro lugar.  Porque un corazón limpio implica tener manos sucias.  Esa es la imagen de la santidad.

 

 

Cómo Supe que Dios Estaba Conmigo en el Divorcio de mis Padres

Por Scott Armstrong

Septiembre de 1993. Tenía 15 años. Mi papá y mamá llamaron a una reunión familiar después de la cena. Mi hermano y yo bajamos de nuestras habitaciones, preguntándonos lo que estaba pasando. Normalmente teníamos las famosas “reuniones familiares” una vez al año cuando alguna regla nueva iba a ser implementada o cuando las vacaciones necesitaban planearse o discutirse.

Esta vez era diferente. Había un ambiente estremecedor en la sala. Mi papá exhaló fuertemente mientras mi mamá movía sus manos con nervios e inquietud. Entonces—¡boom!—mi mundo cambió para siempre. Se iban a divorciar. No pudieron resolver sus asuntos. Habían tenido muchas diferencias. Bla, bla, bla.  Aunque no tiene sentido, una parte de mí estaba escuchando todo perfectamente, mientras que otra parte instantáneamente apagó el sonido de sus voces.

Después llegó mi turno. “¿Qué quieren decir, no pudieron resolver sus diferencias? ¿Acaso son una pareja de adolescentes que hoy están juntos y mañana no? ¿Los votos que hicieron hace años significan nada?” Estaba furioso. Estaba triste. Estaba paralizado.

Esa es la realidad #1. Eso de verdad ocurrió. Y, por eso, nunca volveré a ser el mismo.

Aquí está la realidad #2. Dios con nosotros. “…también estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré…El Señor tu Dios te acompañará dondequiera que vayas” (Josué 1:5,9 NVI). “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14). Escuchamos mucho de esta segunda realidad alrededor del tiempo de Navidad, ¿no? La “Encarnación.” Dios con nosotros. Nos hace sentir bien dentro de nosotros mismos, especial y particularmente cuando las cosas van bien en la vida.

Pero ¿qué sucede cuando la Realidad #1 y la #2 chocan? Como adolescente, sabía que la Realidad #2 era verdad—había escuchado sobre eso cada Navidad desde que nací. Y ciertamente sabía que la Realidad #1 era verdad—la estaba experimentando tal y como una planta rodadora experimenta un tornado. Y déjame ser honesto: fue muy difícil ver cómo la realidad de “Dios con nosotros” podía ser cierta aun cuando la realidad del divorcio estaba frente a mí cada día. Los gritos. Mi mamá mudándose. La primera vez que tuve dos cenas de Acción de Gracias, dos árboles de Navidad, dos casas y ninguna se sentía como un hogar. ¿Dónde estaba Dios en todo esto?

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No tengo una respuesta sencilla. En mi cabeza sabía que Dios estaba conmigo, pero mi corazón y mi vida me decían algo distinto. Las personas de la iglesia, con buenas intenciones, pero con poco tacto, se acercaban a mí y me aseguraban, “Tú sabes, Dios siempre está con nosotros, sin importar lo que pase. Vas a superar esto.” Eso es lo que realmente necesitaba–¡un mini-sermón para sentirme mejor! Ya sabía lo que decían las Escrituras, que Dios estaba en algún lugar en todo este desorden de soledad y enojo, pero ¿dónde?

Puedo mirar hacia atrás y ver algunos indicadores de la presencia de Dios en todo ese lío. Primero, aprendí que Dios mismo “se encarna” en y a través de otras personas. Él está con nosotros porque otros cristianos dan de su tiempo y lágrimas para estar con nosotros también. Siempre decimos que somos “el cuerpo de Cristo” y que tenemos que ser “las manos y los pies” de Cristo en el mundo, ¿entonces por qué nos sorprendemos cuando en realidad sucede? Por medio del amor y la compasión de mi pastor de jóvenes y de otros adolescentes y adultos, sentí la presencia de Dios.

Eso no significa que las personas sabían qué decir; muchas veces ellos dijeron cosas demasiado tontas. Tampoco significa que no estaba molesto, frustrado, o incluso deprimido en varios momentos. Todavía, mientras algunos en mi situación deciden hibernar y nunca volver a hablar con las personas de la iglesia, yo tenía que llegar a los servicios de la iglesia cada semana. Ahí fue donde sentí la presencia de Dios—a través de la música y la predicación por supuesto, pero también mediante el pueblo de Dios que me rodeó con amor los domingos y durante la semana.

En segundo lugar, sabía que Dios estaba conmigo por medio de mis tiempos personales con Él. Antes del divorcio de mis padres, tengo que ser honesto: fui un buen chico cristiano que hacía todas las cosas correctas. Aún así, no tenía una relación profunda con Cristo. Bueno, todo esto cambió cuando me encontré sin esperanza y sin alguien con quien hablar. Normalmente en circunstancias difíciles confiaría en mis padres. Eso no iba a suceder ahora; ¡ellos no poseían precisamente una perspectiva objetiva de su divorcio! Pude hablar con mi pastor de jóvenes, pero él realmente no entendía lo que yo estaba pasando porque sus padres aún seguían felizmente casados. Entonces, ¿a quién podía acudir?

Mi única respuesta era Dios. Yo comencé a ver mis tiempos devocionales no como un quehacer de mi lista, sino como el único tiempo en el que podía ser yo mismo. Yo lloraba delante de Dios. Le gritaba. Comencé a luchar con las palabras que estaba leyendo en las Escrituras. Algunas veces lo que leía me hacía enojar; otras veces me confortaba. No siempre escuchaba una respuesta. Nunca escuché voces del cielo ni recibí otras pruebas tangibles de su existencia. Pero en mis tiempos devocionales, empecé a confiar más en Él. En los momentos más difíciles de mi vida, Él se volvió mi amigo más cercano, y continúa siéndolo hasta este día.

Dios con nosotros. Parece absurdo, ¿no? Especialmente cuando tú estás experimentando la realidad de una vida llena de quebrantamiento y vacío. Pero eso es lo que hace la segunda realidad más fuerte—Dios se especializa en estar con nosotros, no solo en los buenos tiempos cuando lo “sentimos,” pero en los tiempos oscuros llenos de miedo y soledad. Deja que hoy Dios hable su realidad en tu realidad. Dios. Con. Nosotros.

Joan Chittister: Reflexiones sobre la Importancia del Calendario Cristiano

Anillos del árbolCon Adviento empezamos el año cristiano.  Desde mi perspectiva personal, nadie expresa el significado de esta realidad mejor que Joan Chittister en su libro, El Año Litúrgico: La Aventura en Espiral de la Vida Espiritual.

Cada año es un punto de crecimiento distinto en la vida, el quitarse de otra cáscara de la vida.  Cada año aporta algo único para nosotros y pide algo diferente de nosotros.

El año litúrgico comienza el primer domingo de Adviento, que normalmente inicia a finales de noviembre… El año litúrgico es una aventura para llevar la vida cristiana a la plenitud, alertar al corazón, y enfocar el alma.

El nuevo año cívico, según lo conocemos, es un evento puramente solar, es decir el movimiento del planeta alrededor del sol.  Sin embargo, el Adviento es más que nada la historia de cada uno de nosotros en el más privado y personal de los medios, el relato de nuestra vida espiritual.  Esa historia comienza y termina, y empieza de nuevo cada año con el viaje del alma a través del año litúrgico.  Ese año marca los momentos importantes en la espiritualidad cristiana, y así sucesivamente los puntos de nuestra propia vida en la misma dirección.

El año litúrgico es el año que tiene por objeto armonizar la vida del cristiano a la vida de Jesús, el Cristo.  Se propone, año tras año, sumergirnos una y otra vez en el sentido y la sustancia de la vida cristiana, hasta que, finalmente, llegamos a ser lo que decimos que somos – los seguidores de Jesús, quien es el camino hasta el corazón de Dios.  El año litúrgico es una aventura en el crecimiento humano, un ejercicio de madurez espiritual.

Ahora sé que es posible crecer físicamente cada día, pero, al mismo tiempo permanecer jóvenes espiritualmente, si nuestras vidas no son dirigidas por un esquema, sino mucho más allá de la marcha de nuestro planeta alrededor del sol.  Al igual que los anillos de un árbol, los ciclos de las fiestas cristianas tienen el propósito de marcar el nivel de nuestro crecimiento espiritual de una etapa a otra en el proceso de crecimiento humano.

Si estamos abiertos y atentos al calendario cristiano, este nos llevará cada vez más alto hacia Aquel que nos invita a unirnos con Él, libertados del Tiempo para poder llegar a ser uno con el universo y su Creador.

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