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María Magdalena

Por Frederick Buechner

Es al final de la historia que ella llega a estar en el centro de la escena con más claridad. Fue una de las mujeres que estuvo en el momento en el que él fue crucificado—ella había tenido más agallas que la mayoría de ellos—y también fue una de las que estuvo ahí cuando pusieron lo que quedaba de él en la tumba. Pero su momento fue ese primer Domingo por la mañana después de su muerte.

Juan es quien da el mayor detalle, de acuerdo con él todavía estaba oscuro cuando ella llegó a la tumba para descubrir que la piedra había sido removida de la entrada y que, el interior, estaba vacío. Ella corrió de regreso a donde sea que los discípulos estaban escondidos para decirles, Pedro y otro más de ellos regresó con ella para verificar su historia. Ellos se dieron cuenta que era verdad y que no había nada más que algunos trozos de tela, con los que habían envuelto el cuerpo. Entonces ellos se fueron, pero María permaneció afuera de la tumba en algún lugar y comenzó a llorar. Dos ángeles vinieron a ella y le preguntaron por qué estaba llorando, y ella respondió, “Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto” (Juan 20:13). Ella no estaba pensando en términos milagrosos, en otras palabras; ella simplemente estaba pensando que ni siquiera en su muerte lo habían dejado tranquilo, y que alguien había robado su cuerpo.

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Entonces otra persona viene a ella y le hace las mismas preguntas. ¿Por qué ella estaba llorando? ¿Qué estaba haciendo ahí? Ella decidió que el responsable tenía que haber sido alguien encargado, tal vez alguien como el jardinero, y le preguntó que si él era quien había movido el cuerpo hacia otro lugar, por favor le dijera dónde estaba para que ella pudiera acudir ahí.

En vez de responderle, él la llama por su nombre—María—y ella entonces reconoce quién era él, y aunque desde ese momento en adelante el curso de la historia de la humanidad fue cambiado en muchas maneras profundas y complejas, que resulta imposible imaginar que haya sucedido de otra manera, para María Magdalena la única cosa que había cambiado era que, por razones que ella no estaba en posición de considerar, su viejo amigo, maestro y su brazo fuerte estaba vivo otra vez. “¡Raboni!” ella gritó y estuvo a punto de abrazarle con auténtico gozo y asombro, cuando él la detuvo.

Él dijo “noli me tangere.” “No me toques” (Juan 20:17), de esta forma ella no solo fue la primera persona en el mundo con el corazón paralizado por un segundo al descubrir que otra vez estaba vivo mientras pensaba que ya estaba absolutamente muerto, también fue la primera persona con el corazón un poco roto al darse cuenta que ya no podría tocarlo, que no habría más una mano qué la sostuviera cuando la vida fuera difícil, un hombro para llorar, porque la vida en él ya no era más una vida que ella pudiera concebir a través de tocarle, con ella aquí y él allá, sino una vida que ella solo podría concebir a través de vivirla: con ella aquí—la abusada y quebrantada—y con él aquí también, vivo dentro de su vida, para levantarla también de los escombros de todo lo que estaba arruinado y muerto en ella.

Mientras tanto, él dijo que tenía mucho por hacer y recorrer, y también ella, la primera cosa que hizo fue regresar a los discípulos para contarles. “He visto al Señor,” ella expresó, y cualquier oscura duda que ellos tuvieron antes sobre el tema, una mirada a su rostro fue suficiente para desaparecerla como la niebla de la mañana.

*Publicado originalmente en Peculiar Treasures y después en Beyond Words.

La Cruz Todavía está Ahí

Por Scott Armstrong

Junto al resto del mundo ayer vi cómo la Catedral de Notre Dame en París, Francia se incendió. La indecible tragedia se volvió clara mientras la famosa aguja de su torre se desplomó hasta el suelo. Millones de personas acertadamente lamentaron tan horrenda pérdida, y los intentos de recaudar fondos para renovar la catedral afortunadamente están dando fruto, aunque el costo total de la renovación será muy elevado.

Entre los escombros, las fotos empezaron a mostrar el impacto del fuego. Una en particular, por Reuters’ Philippe Wojazer, impactó a varios de nosotros. Muestra el altar dentro de Notre Dame, con humo subiendo de las ruinas. Pero, como muchos señalaron en Twitter y otros lugares, los ojos de los espectadores no fueron atraídos primeramente hacia las brasas rojas y anaranjadas de las cenizas. El símbolo preeminente levantándose de los escombros es una cruz dorada. Después de toda la devastación y pérdida, la cruz todavía está ahí.

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No soy el primero en escribir sobre este simbolismo y seguramente no seré el último. Pero el hecho de que ocurriera durante Semana Santa, no pasa desapercibido por muchos de nosotros. En un mundo que proclama que en Europa y otras partes el cristianismo es anticuado y nada más que una reliquia tierna, los seguidores de Cristo proclaman que esta semana y siempre la muerte de Jesús en la cruz todavía es efectiva para cambiar vidas. De hecho proclamamos que, en un mundo en llamas, Dios todavía está trabajando.

¿Lo proclamamos?

Cada año hago un llamado a las personas a reflexionar en el camino de nuestro Señor hacia la cruz durante Cuaresma. Y cada año recibo críticas de diferentes líderes y miembros de la iglesia. “¡La Cuaresma es católica, no evangélica!” Sé que una parte de esto es cultural, de acuerdo con los países donde ministramos, y no quiero menospreciar eso. Pero me niego a permitirme a mí mismo o a mi familia a pasar por alto el Viernes Santo para llegar al Domingo de Resurrección.

Por lo tanto, especialmente durante Cuaresma, he predicado muchas veces sobre la cruz y el sacrificio de Cristo. En algunas ocasiones, he tenido cristianos viniendo a mí al final diciéndome, “¿Por qué predicas de la cruz? Ya la cruz no está ahí; lo que importa es la tumba vacía.” Ahora bien, ¡yo soy un defensor de predicar y vivir la realidad de la resurrección! Sin embargo, no hay tumba vacía sin una cruz. No hay una corona de gloria sin una corona de espinos.

Aunque enfocarnos en un símbolo de castigo capital antigua nos hace sentir incómodos, la verdad permanece. La cruz todavía está ahí, nos guste o no.

Quizá esa es la razón por la que el apóstol Pablo dijo que Cristo crucificado es “para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura” (1 Co. 1:23). En medio de los escombros, esta representación de la muerte declara vida sobre nosotros. En medio de la destrucción, este símbolo de escarnio y desprecio nos trae esperanza.

Esta semana, mientras nos unimos a Jesús en su camino a través del Getsemaní, el Gólgota, y después, sí, la mañana de la Resurrección, quizá una imagen de la catedral de Notre Dame en llamas pueda acompañarnos.

Aunque algunos digan que es obsoleto,

Aunque otros sientan incomodidad al hablar de ello,

La cruz todavía está ahí.

 

A un Brazo de Distancia: una Reflexión Sobre Cuaresma

En esta época de Cuaresma, he estado reflexionando sobre una inquietante frase: “de lejos.” No parece muy aterradora ni tampoco llamativa, ¿verdad? ¿Por qué diría que es inquietante?

Fue la noche que traicionaron a Jesús, la noche antes de que fuera crucificado. Los pies han sido lavados, la Pascua ha sido servida, y los soldados se han llevado a Jesús del jardín. Los discípulos se han ido –bueno, más o menos. Los tres escritores de los evangelios sinópticos señalan que uno de los tres elegidos de Jesús, el hombre cuya predicación convertiría a 3,000 en un día, y que se convertiría el pilar de la iglesia primitiva, seguía a Jesús “de lejos” (Mt. 26:58; Mc. 14:54; Lc. 22:54).

Generalmente criticamos a Pedro, especialmente cuando Él niega a su Señor e invoca maldiciones sobre él mismo. Gracias a Dios que no somos como Él, ¿verdad?

En un análisis más cercano, durante esta época de Cuaresma, nos damos cuenta que nuestro discipulado se ve mucho como el Pedro de aquel jueves santo. Joan Chittister dice, “Creemos, sí, pero por lo general solo remotamente, solo intelectualmente. Seguimos a Jesús, por supuesto, pero, en realidad, es más como seguirlo a un brazo de distancia, a una distancia agradable, antiséptica. Imperturbable. Nuestro compromiso no es el tipo de compromiso que pone en peligro nuestros trabajos o nuestras relaciones o nuestras posiciones sociales.”

Ay.

Si somos honestos con nosotros mismos, amamos la parte de seguir a Jesús que tiene que ver con multitudes siendo alimentadas y hombres ciegos recibiendo la vista. Incluso los sermones creativos y lecciones que Jesús enseña, a través de las cuales nos inspira y desafía. ¿Pero la parte de la negación? No es muy popular en la actualidad.

¿Será que nos aterra profundamente el sufrimiento? Chittister sostiene que “cuando nos resistimos a sufrir, nos resistimos a crecer…el sufrimiento es un peldaño importante hacia la madurez. Nos mueve de la fantasía a los hechos.”

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No sé ustedes, pero muchas veces yo preferiría tomar los atajos hacia la madurez espiritual en lugar de avanzar dolorosamente a través de pruebas y sufrimientos. Pero ese atajo no existe. Y Cuaresma nos recuerda eso. En esta época nos damos cuenta, junto con Chittister, que somos ascéticos. Por tanto, “debemos estar preparados para rendir algunas cosas si intentamos tener las cosas que incluso son más importantes.”

Con Jesús siendo interrogado, azotado y clavado a una cruz, Pedro todavía no estaba listo para seguirlo ahí. El sacrificio era demasiado grande. El sufrimiento muy cruel. Era mejor seguir a Jesús de lejos.

Quizá en estos días ser inquietado por esa frase no es algo malo. Tal vez nosotros, también, nos examinaremos a nosotros mismos y elegiremos el crecimiento en lugar de la comodidad, la intimidad en lugar de la distancia.

Cuaresma: Regresando a Estar en Contacto con Nuestras Almas

“Cuaresma es nuestra salvación de las profundidades de la nada. Es nuestra guía para el más de la vida.” –Joan Chittister

La Cuaresma está muy cerca de nosotros. Cada año cuando escribo sobre Cuaresma, especialmente en español, parece provocar controversia. ¿Por qué las iglesias evangélicas celebrarían algo que es católico?

Bueno, la respuesta rápida es que no es solamente católica, aunque en muchos de nuestros países en Latinoamérica se ha pensado que es así. Cuaresma es una época en el calendario cristiano, y el calendario cristiano es exactamente eso: un ritmo anual ofrecido a cada cristiano para que caminemos con Cristo en una forma más significativa. Yo he escrito previamente sobre el calendario cristiano como un todo, pero para los propósitos de las siguientes dos entradas, reflexionaremos sobre Cuaresma específicamente.

Es importante notar que para el año 330, una temporada cuaresmal de 40 días era practicada comunmente por la iglesia primitiva. Cuaresma comienza con el Miércoles de Ceniza y termina con la Pascua, o para aclarar correctamente, puede decirse que el Sábado de Gloria (o Sábado Santo) es el día final de Cuaresma porque es el día final de ayuno y negación antes de las celebraciones más importantes. El domingo de Pascua viene con una explosión de gozo y celebración, un marcado contraste con los temas de la Cuaresma. ¡Jesús ha resucitado! ¡Ha triunfado sobre la tumba!

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Para muchos evangélicos, Cuaresma (y particularmente el Miércoles de Ceniza) ha demostrado ser demasiado confusa. La explicación de Joan Chittister en su maravilloso libro, El Año Litúrgico: La Aventura en el Espiral de la Vida Espiritual, puede ayudarnos:

“El Miércoles de Ceniza, un eco del llamado antiguo del testamento hebreo al cilicio y las cenizas, es un clamor continuo a través de los siglos de que la vida es transitoria, que el cambio es urgente. No tenemos suficiente tiempo para perderlo en la nada. Necesitamos arrepentirnos de nuestra pérdida de tiempo en nuestro caminar hacia Dios. Necesitamos arrepentirnos del tiempo que hemos pasado jugando con distracciones peligrosas y diversiones vacías a lo largo del camino. Necesitamos arrepentirnos de nuestros excesos insensatos y nuestras excursiones a nuestro pecado, nuestro incumplimiento de justicia, nuestros fracasos en la honestidad, nuestro distanciamiento de Dios, nuestros disfrutes del exceso, nuestras absorbentes autogratificaciones, una adicción infantil, una criatura envidiando a otra. Necesitamos regresar a estar en contacto con nuestras almas.”

Esta es la esencia de Cuaresma. En un mundo que gira alrededor del consumismo y el placer, nos abstenemos y refrenamos. Nos negamos a nosotros mismos y tomamos nuestra cruz diariamente mientras seguimos a Cristo al Gólgota. Si no nos comprometemos en este acto en esta temporada, corremos el riesgo de olvidar completamente su sacrificio.

¿Estás listo para Cuaresma? ¿Orarías para que Dios te discipule en esta época de negación y disciplina? Quizá esto hará una gran diferencia para tu alma.

Armonizando Nuestra Vida con la Vida de Jesús

Reflexiones sobre el Año Litúrgico por Joan Chittister

Como mencioné en el artículo previo, he estado leyendo un libro que ha impactado mi comprensión sobre el calendario cristiano. Está escrito por Joan Chittister, y lleva por título El Año Litúrgico: La Aventura en Espiral de la Vida Espiritual. Mientras nos acercamos al Miércoles de Ceniza, creo que sería útil permitir que algunos de los fragmentos de ese libro nos desafíen a ver el calendario cristiano a través de una mirada diferente…

“El año litúrgico es una aventura que lleva la vida cristiana a su plenitud, lleva al corazón a estar atento, y lleva al alma a enfocarse. No se ocupa de los aspectos sobre cómo ganarse la vida. Se ocupa de los aspectos sobre cómo vivir.”

“El año litúrgico es el año que nos expone a armonizar la vida cristiana con la vida de Jesús, de Cristo. Nos propone, año tras año, a sumergirnos una y otra vez en el sentido y la sustancia de la vida cristiana hasta que, eventualmente, nos convirtamos en eso que decimos ser – seguidores de Cristo todo el camino hasta llegar al corazón de Dios. El año litúrgico es una aventura en el crecimiento humano, un ejercicio en la madurez espiritual.”

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“Es en la liturgia que conocemos la historia de Jesús y llegamos a entender al Cristo de la fe, quien está con nostros todavía…de hecho, es la vida de Jesús la que realmente guía a la iglesia a través del tiempo. Es la vida de Jesús que juzga el comportamiento del tiempo. La vida de Jesús es el estándar de las almas que se llaman a sí mismas cristianas en todas las épocas, a pesar de los errores seductivos propios de cada época.”

“El en año litúrgico caminamos con Jesús a través de los detalles de su vida – y Él camina con nosotros en los nuestros…los primeros cristianos sabían sin duda que todas las facetas de la vida de Cristo derivaban de una realidad, estaban relacionadas a una realidad, dirigidas a una realidad, eran aspectos de una realidad cental: la cruz. Jesús nació para confrontar la cruz; Jesús murió en la cruz para traernos la plenitud de la vida; Jesús resucitó para derrotar la cruz; Jesús encarnó lo que sería el papel de la cruz en la vida de todos nosotros. Evidentemente fue la realidad de la cruz lo que definió la vida de Jesús, el Cristo. Y, en aquel entonces como ahora, es la realidad de la cruz la que define la vida del cristiano como individuo.”

“Al igual que las voces de nuestros seres queridos las cuales han ido antes que nosotros, el año litúrgico es la voz de Jesús llamándonos cada día de nuestras vidas para despertar nuestros propios seres dormidos debido a los efectos calmantes de lo irrelevante y sin sentido, del materialismo y hedonismo, del racionalismo y la indiferencia, para estar atentos a la vida de Jesús quien ruega dentro de nosotros por plenitud.”

Joan Chittister: Reflexiones Sobre el Calendario Cristiano

La época de Cuaresma está muy cerca, y cada año, por lo menos algunos cristianos evangélicos en distintos países me contactan debido a su preocupación o confusión sobre este periodo en el calendario cristiano, o el concepto del año litúrgico en general.

Phyllis Tickle explica que el calendario cristiano ha sido un aspecto extremadamente importante de la formación espiritual a través de los siglos:

“Las prácticas antiguas de la fe son siete en número, han llegado al cristianismo gracias al judaísmo, y han orientado todas las fes abrahámicas. Tres de ellas – el diezmo, el ayuno, y la comida sagrada (Santa Cena) – tienen que ver con el cuerpo físico, su trabajo y sus necesidades. Tres de ellas tienen que ver con regular el tiempo. La oración con horario fijo regula las horas del día, y guardar el Sabbath regula los días de la semana. El año litúrgico regula o marca el ritmo de esos mismos días y semanas en el conjunto cohesivo básico humano del registro del tiempo, el año mismo. La séptima de ellas, el peregrinaje, tiene que ver con ambos, tanto con el espacio físico del cuerpo como con la dimensión del tiempo, requiriendo que vayamos, por lo menos una vez en la vida, con una intención santa, a algún lugar que se haya vuelto sagrado por la fe y los encuentros de otros creyentes.” (cursivas añadidas).

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Esas palabras de Tickle están escritas en el prólogo del libro de Joan Chittister, El Año Litúrgico: La Aventura en Espiral de la Vida Espiritual. Chittister, también, ha recibido preguntas de personas preguntando por qué celebramos Adviento, o Cuaresma, o cualquiera de las fechas del año litúrgico, cuando lo hacemos:

“La respuesta real a la pregunta de diversas fechas en el año litúrgico,” afirma, “es que el año litúrgico no se trata, en su mayor parte, de una serie de eventos. Se trata de la importancia de esos eventos determinantes. Se trata de la relación de esos eventos, uno con otro. Se trata del verdadero significado, no de la fecha histórica, de los eventos que, hasta este día, moldean nuestras vidas espirituales.”

En un mundo que gira alrededor de calendarios escolares, de trabajo, y días festivos seculares, Chittister felizmente proclama su necesidad de algo más profundo: “Sé que es posible crecer cada día físicamente pero, al mismo tiempo, quedarse espiritualmente jóvenes si nuestras vidas no están dirigidas por un esquema que va más allá de la marcha de nuestro planeta girando alrededor del sol.”

Y para aquellos que se preguntan si observar el calendario cristiano se vuelve monótono en algún punto, Chittister tiene una maravillosa respuesta: “El año litúrgico es el proceso de volver año con año a mirar algo que ya conocemos en cierto nivel, pero que nuevamente nos sorprende, vez tras vez.”

¡Hay una renovación en el ritual! ¡Hay sorpresa en “lo mismo”!

Estaré ofreciendo más pensamientos acerca de este tema en los próximos días, y también más observaciones sobre este maravilloso libro. Mientras tanto, mi oración es que comiencen a abrazar el ritmo del año litúrgico. Espero que, al observar y recordar estos eventos, se abran puertas de descanso y conocimiento más profundo en su caminar con Cristo.

¿Cómo Podré Estar Seguro de Esto?

Por Scott Armstrong

Hemos llegado al final del Adviento y ahora oficialmente estamos en la época de Navidad (así es: de acuerdo con el calendario cristiano ¡Navidad acaba de empezar!). ¡Nuestro Salvador ha nacido en Belén! ¡¿Qué gozo más grande que éste?!

Desde principios de diciembre muchos pasajes han demostrado ser significativos en mis tiempos devocionales, predicaciones y reflexiones. Sin embargo, hay una frase peculiar que sigue resonando en mi mente y corazón que al principio parece tener muy poco que ver con Adviento o con la historia de Navidad:

“¿Cómo podré estar seguro de esto?” (Lucas 1:18).

Tal vez un poco de contexto ayude.

Zacarías y Elisabet están más cerca del retiro de lo que les gustaría estar, y ellos se han rendido ante la esperanza de tener un bebé. A pesar de su inigualable integridad (v.6), ellos han permanecido excluidos, los comentarios de sus vecinos y de sus llamados amigos han hecho que incluso se pregunten si hay algo mal con ellos espiritualmente. Ellos han orado, llorado y confiado en el tiempo de Dios y otra vez solo para decepcionarse mes tras mes y año tras año. Servir a Dios todavía es su compromiso inquebrantable, pero solía ser su pasión y gozo.

¿Por qué para nosotros no, Señor? ¿Por qué para los demás sí?

Un sacerdote (esta vez, Zacarías) es elegido para entrar al templo interior y quemar incienso para el Señor. Los adoradores están afuera. Esto sucede cada año.

Excepto que este año el ritual no va según lo planeado. Un ángel aparece y casi le da un infarto al viejo Zacarías. Y su mensaje fue más asombroso que su apariencia: “No temas. Tu oración ha sido escuchada. Tendrás un hijo. Le pondrás por nombre Juan.”

Todos los contemporáneos de Zacarías ya eran abuelos, algunos eran bisabuelos. Ahora, ¡¿se supone que él crea que será papá por primera vez?! Es más de lo que cualquiera de nosotros pudiera haber manejado.

Y ahí es cuando escuchamos su jadeante y titubeante respuesta:

Cómo. Podre. Estar. Seguro. De. Esto.

No había nadie más íntegro en Israel que Zacarías. Nadie más tenía acceso a la misma presencia de Dios como él (este año, literalmente). Y por décadas nadie había tenido más fe que Zacarías. Y aún así la pregunta tartamudeó sobre sus labios en incredulidad. De verdad, es inquietante.

Una cosa es creer que Dios es capaz de hacerlo imposible. Pero otra cosa es creer que Él lo hará.

Y una cosa es creer que Dios hará lo imposible en la vida de alguien más. Pero otra cosa es saber que Él va a intervenir en medio de tu imposibilidad.

“Escucho tu voz, Señor. Entiendo el mensaje. Es solo que, en lo profundo, tengo que ser honesto: ¿cómo puedo estar absolutamente seguro de que tú vas a intervenir?”

La mejor cura para la falta de fe que nos traiciona en momentos como estos a menudo es el silencio. Bien, el geriátrico Zacarías tuvo una dosis grande de eso. Durante el embarazo de su esposa, él podía escribir mensajes, pero no todos podían leer al mismo tiempo. Él se volvió muy bueno en las charadas, pero muchas personas perdieron la paciencia con él o solamente empezaron a reírse de las señales que hacía con sus manos. Así que él acabó teniendo mucho tiempo para solamente escuchar.

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Y en esos nueve meses de silencio forzado, él escuchó la voz de Dios más claramente de lo que la había escuchado antes.

“Elisabet tenía náuseas matutinas. ¿O pensabas que era el pan y los higos que había comido?”

“Su vientre estaba creciendo, Zacarías. Puedo decir que estás empezando a creer después de todo…”

“¿Sientes esa patadita? ¡Jaja! ¡Este bebé de seguro va a cambiar el mundo!”

Hasta que, finalmente…

“¡Zacarías, esto es todo! ¡El bebé está listo! Elisabet está pujando. ¿Puedes estar seguro ahora?”

Escuchar, escuchar, escuchar.

Y en el octavo día después de su nacimiento, cuando se escabulló para escribir en la tabla: SU NOMBRE ES JUAN, su fe había crecido tanto como el gozo que él tenía mientras cargaba a su pequeño niño. Su lengua estaba suelta y no había nada más que hacer que dar rienda suelta a las alabanzas a Dios quien asombrosamente había hecho – y todavía estaba haciendo – lo imposible.

Ahora estaba seguro de esto.

 

 

Navidad Desde la Eternidad

Por Hiram Vega

Los evangelios cuentan el nacimiento del Mesías prometido, situándolo en el contexto del pueblo Israelita, con detalles históricos y presentando largas genealogías para probar que era un legítimo descendiente del rey David. Sin embargo, el libro de Juan recorre la cortina del tiempo y nos cuenta una historia que inicia en la eternidad:

En el principio la Palabra ya existía. La Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios.

El que es la Palabra existía en el principio con Dios.

Dios creó todas las cosas por medio de Él, y nada fue creado sin Él.

La Palabra le dio vida a todo lo creado, y su vida trajo luz a todos.

Juan comienza su historia estableciendo y afirmando la divinidad de Cristo Jesús.

“En el principio…”  Nos habla de su eternidad.

“…estaba con Dios…” Nos dice que es parte de la Trinidad.

“…la Palabra era Dios.” Confirma que Jesús es Dios.

“Todas las cosas por medio de Él fueron creadas.” Afirma que la creación es obra suya.

¡Qué perspectiva tan emocionante! Aquel que es la luz verdadera, quien da luz a todos, venía al mundo. Los antiguos adoraban al sol, ya que sin su luz no habría vida en la tierra. No concebían un mundo sin sol, pero Juan presenta a alguien infinitamente más grande que la creación: el Creador del sol, la luna y las estrellas. Él, la Palabra, se había hecho hombre y venía a vivir entre nosotros.

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Ante semejante revelación, cualquiera hubiera asegurado que el mundo estaría expectante por su llegada, agradecido por su presencia entre nosotros. Sin embargo, la realidad fue diferente. Vino al mismo mundo que Él había creado, pero el mundo no lo reconoció. Vino a los de su propio pueblo, y hasta ellos lo rechazaron.

Los religiosos no lo reconocieron, la mayoría del pueblo no lo identificó. ¿Terminó todo allí? Por supuesto que no.  ¡La luz brilla en la oscuridad, y la oscuridad jamás podrá apagarla!

Hubo otros que sí vieron su luz y confiaron en Él. Por eso, a todos los que creyeron en Él y lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios.

La historia de salvación no ha terminado, la luz verdadera sigue alumbrando, y hay muchos Portadores de la luz llevándola a lugares de densa oscuridad. Algunos la rechazan, mas otros la aceptan. Las tinieblas no pueden extinguir la luz. Los portadores de luz son hombres, mujeres, ancianos, jóvenes y niños que en todo lugar y en todo momento proclaman las obras maravillosas de Aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable.

¡Sigamos alumbrando a nuestro mundo con la luz de Cristo!

 

 

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