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Mirando adelante con esperanza

Escrito por: Dr. David A. Busic.

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Los últimos meses han sido extremadamente difíciles para la familia global. Noticias de violencia, racismo, terrorismo, sufrimiento, y gran tragedia parecen ser los sucesos diarios. Con tantas malas noticias, ¿qué significa ser personas de esperanza? Más específicamente, ¿qué es la esperanza cristiana y cómo esto cambia nuestra perspectiva?

La esperanza cristiana está basada en una persona.

La esperanza cristiana no es el poder del pensamiento positivo. No está basada en las circunstancias, sean buenas o malas. No son las nuevas y mejores ideas, las filosofías utópicas o la política reformada. La esperanza cristiana es enfocada objetivamente en la persona de Jesucristo quien ha sido revelado a nosotros como “la gracia de Dios,” “la salvación a todas las personas,” y nuestra “bendita esperanza” (Tito 2:11-13 NVI). La esperanza en cualquier otra cosa no nos dará lo que buscamos. Jesús es el único que puede satisfacer el hambre profunda en nuestros corazones.

La esperanza cristiana mira hacia un futuro prometido.

La manera en que manejamos nuestra vida presente está completamente determinada por cómo creemos que será nuestro futuro. Si nuestra esperanza está arraigada o fundada en un futuro que es mucho mejor y más grande de donde nos encontramos hoy, es posible enfrentar las tremendas adversidades y grandes dificultades con paz y gozo. Cuando ponemos nuestra esperanza en un futuro prometido que sabemos no fallará, incluso los más grandes sacrificios pueden ser soportados y ser encontrados significativos.

Nuestra esperanza en Jesucristo es la esperanza de que vendrá un día cuando Dios hará que todas las cosas que están mal en el mundo, vuelvan a estar bien otra vez. Nuestra esperanza es que Dios hará que el mundo sea como debe ser. Nuestra esperanza es que viviremos una vida resucitada con Jesús y la familia de Dios por la eternidad en el cielo.

La esperanza cristiana mira hacia un futuro mejor.

Esa esperanza nos cambia.

Mirar hacia adelante en esperanza cambia nuestro comportamiento. De repente nos encontramos a nosotros mismos actuando muy diferente y pensando muy diferente. “…y nos enseña a rechazar la impiedad y las pasiones mundanas” (Tito 2:12a NVI). La antigua manera de vivir no tiene el mismo empuje en nosotros como antes.

Mirar hacia adelante en esperanza cambia nuestro propósito. Nuestras prioridades cambian. Nuestras pasiones son redirigidas. “…y nos enseña a… vivir en este mundo con justicia, piedad y dominio propio” (Tito 2:12b NVI). Empezamos a vivir hoy como si el futuro prometido por Dios ya estuviera a nuestra alcance.

C.S. Lewis dijo una vez, “Si tú lees historia encontrarás que los cristianos que hicieron más por el mundo presente fueron aquellos que pensaron más en el próximo.”

Mirar adelante con esperanza significa que vemos la visión de Dios de un mundo sin más pobreza, ni más guerra, ni más violencia, ni más injusticia. Y porque esa es una fotografía de cómo se ve nuestro futuro, como ciudadanos del reino celestial y como personas que creen que Dios siempre cumple sus promesas, comenzamos a trabajar hacia esa visión ahora mismo, aquí en la tierra. Empezamos a esperar, a orar, y a trabajar por un tiempo donde haya justicia y paz, donde las personas hambrientas puedan comer y donde la gente enferma pueda estar bien. Empezamos a vivir hacia el tiempo donde no hay odio, prejuicio, sistemas injustos, ni racismo. Vivimos hoy a la manera en que Dios quiere que su mundo sea mañana.

La esperanza es el lenguaje de intercambio de el trabajo y ministerio cristianos. Porque tenemos un futuro prometido, nos da la valentía de arriesgar mucho más que si no lo tuviéramos. “Todas las cosas son hechas nuevas” es la esperanza escatológica del mañana de Dios y nos da la fortaleza para orar, “Venga tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.”

El ídolo de la seguridad – Parte 1 de 3

Escrito por: Jon Huckins

safetyA raíz de otro ataque atroz, que toma las vidas de civiles inocentes, el mundo se siente cada vez más inestable. La violencia “allá” no está relegada a los titulares en el otro lado del mundo; está más cerca de nuestras puertas y amenaza con invadir nuestras vidas cotidianas.

A la luz de esta realidad, las conversaciones van desde el café hasta los pasillos del poder político, gritando la necesidad de buscar seguridad por encima de cualquier otra cosa.

Lo entiendo.

Como padre de cuatro niños pequeños, nunca ha habido una temporada en mi vida cuando me he sentido más obligado hacia la seguridad. No puedo empezar a comprender la desorientación y dolor paralizante que vendría si algo dañara a mi familia.

Durante los últimos cinco años, he estado viajando regularmente a zonas de conflicto en el Medio Oriente, pero mientras tengo más niños esperando para que yo regrese a salvo a casa, más difícil se vuelve pisar el avión y hacer una decisión intencional de avanzar para exponerme a mi mismo a la violencia. 

En corto, cuando escucho a nuestros candidatos políticos actuales hablar acerca de la importancia primordial de “seguridad”, golpea un acorde y me encuentro tentado a levantarme y aplaudir. 

Y DESPUÉS HAGO UNA PAUSA, vuelvo atrás por un momento, me hago preguntas difíciles acerca de dónde viene mi aplauso, y considero mi lealtad con el reino marcado por Aquel que, en lugar de alejarse, avanzó hacia la violencia potencial.

Estoy convencido que mi deseo de aplaudir esto de “seguridad a cualquier costo” retórica y políticamente es una tentación para adorar el ídolo de la seguridad. No es algo que debe ser admirado, es algo que debe ser reconocido, cuestionado, y de lo que uno se debe arrepentir (y apartar). Adorar al ídolo de la seguridad inhibe muy bien nuestra capacidad para adorar a Jesús crucificado y resucitado.

No es que no quiero seguridad para mí, mi familia o el mundo. En realidad quiero eso más que nunca, pero cuando miro esto a través de los ojos del discipulado (seguir a Jesús), aquí hay algunas cuestiones que estoy arrancando hoy:

  1. El objetivo del terrorismo es infundir miedo. Los políticos usan ese miedo para dar forma a una realidad que avance su agenda. Lo que ellos nos están ofreciendo es nada más que una pseudorealidad que requiere tener el discernimiento de ver a través de la cortina de humo lo que es verdadero. Mi deseo por seguridad es real, pero en realidad, debería estar mucho más preocupado por un accidente automovilístico, una enfermedad crónica o un desastre natural que por el terrorismo. Cuando empiezo a tomar decisiones desde una posición de miedo, no sólo compro una pseudorealidad que está elaborada por juegos del poder político, comienzo a cerrar mis ojos a los caminos nuevos y dinámicos a los que Dios me está llamando a unirme en el mundo que Él está haciendo.

Este artículo continuará en la próxima entrada.

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