¿Regateadores del Evangelio?

Cuando voy al mercado de artesanías en cualquier de nuestros países latinoamericanos, siempre busco las gangas. Usualmente no me gusta ir de compras, pero en estos casos me divierto porque he aprendido regatear un poco. Sin embargo, tengo que admitir que la práctica de regatear se ha transformado en una obsesión para mí. Una vez en Saltillo, México regateé con un vendedor que estaba vendiendo alguna caja de «Miraculous Insecticide Chalk» («Tiza Milagrosa de Insecticida»). ¡Me parecía tan rara y cómica que tuve que comprarla, entonces regateamos hasta que el vendedor me dio la tiza (gis en México) por 2 pesos en lugar de tres pesos!

Yo me he topado en estos días con algunos misioneros que ven el evangelio como un producto que se deben vender. Con urgencia y con pasión, inician conversaciones con personas en la calle o en cualquier lugar y empiezan a vender el evangelio. Admiro su fervor–de verdad, la pasión que tienen por las almas perdidas nos debe ser ejemplo.

Pero, ¿qué pasa si la persona no quiere comprar el evangelio en ese momento? En muchos casos, el vendedor de Dios elige regatear con ellos, intentando obtener el resultado deseado–la compra del mensaje. El debate y la exhortación a veces «funcionan» en el sentido de que la persona hace una oración y los datos se toman y tenemos una nueva estadística para reportar a nuestros líderes (¿y a Dios?). Pero me pregunto si la persona aceptó por convicción y por el deseo sincero de dar la vuelta y seguir a Jesús o sólo para que el vendedor de Dios saliera y no le molestara más.

No nos avergonzamos del evangelio sin duda. Pero no tenemos que debatir contra los que no compren nuestro producto tampoco. Casi la mayoría de nosotros llegamos a ser cristianos por la relación y cercanía de alguien más que nos amaba y nos mostraba una vida transformada, no por un contacto sorprendente de un desconocido. Por eso, cuando hablamos del evangelismo, debemos no solamente hablar de las herramientas que nos ayudan a compartir el evangelio (Película Jesús, Cuatro Leyes Espirituales, Cubo Evangelístico, etc.), sino también del estilo de vida evangelística que atrae a los demás. Aun con la eficacia de estos y otros recursos, la relación se necesita siempre.

«Así nosotros, por el cariño que les tenemos, nos deleitamos en compartir con ustedes no sólo el evangelio de Dios sino también nuestra vida. ¡Porque hemos llegado a quererlos tanto!» (1 Tes. 2:8).

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