El Fariseo y el cobrador de impuestos

Lucas 18Puesto de pie, el fariseo oraba consigo mismo de esta manera: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás, que son ladrones, injustos y adúlteros. ¡Ni siquiera soy como este cobrador de impuestos!» Lucas 18:11 (RVC)
 
     Durante el mes de noviembre enfatizamos en la importancia de dar gracias. Pero a veces el dar gracias no rinde fruto si se dieron por las razones incorrectas. ¿Cómo es posible que se pretenda unir un acto tan hermoso como el agradecimiento con un sentimiento tan despreciable como el orgullo. Solo en una mente y un corazón de una persona completamente des-ubicada. 
     Este fariseo se encontraba en el templo, estaba orando y decía” “Dios mío, te doy gracias…” Todo se veía muy bien hasta ahí, hasta que se exaltó a sí mismo y menospreció a sus semejantes. Este hombre se consideró a sí mismo digno del Reino de los Cielos. Se juzgó no solo como bueno, sino como mejor que los demás. Creo que verdaderamente “oraba consigo mismo”, porque su oración estaba siendo repudiada por Dios. 
     Ah, pero esa parábola nos dice más adelante que el cobrador de impuestos se quedó a lo lejos, con los ojos puestos en el suelo, pues no se atrevía mirar al cielo y con gran dolor y arrepentimiento se golpeaba el pecho sin importar las miradas de desprecio mientras decía: “Dios mío, ten misericordia de mí, porque soy un pecador.” (Lc. 18:13) ¡Cuán hermosa es esta imagen! Esto es verdadera reverencia. Un hombre con el corazón abierto delante de Dios y sin engaños para si mismo. Este hombre tenía un concepto bien claro de la grandeza y santidad de Dios lo cual producía en el una extrema reverencia. También conocía su condición sin buscar justificaciones. 
     Jesús dijo que este último fue justificado delante de Dios, Dios se agradó de él. 
     Jesús vino a hacerse como uno de nosotros, y nosotros le recibimos. Luego nos llenamos de “orgullo cristiano” y damos gracias porque no somos como los demás. Decimos con altivez: “yo me decidí por Cristo” como si ahora valiéramos el doble de lo que vale el que pide en la luz o la prostituta que se para en la esquina. No es ir al templo y “orar”. No es dar gracias por lo que no soy. Es reconocer la grandeza de Dios y que cada día me sostengo por su misericordia y por su gracia. 
     Perdóname Señor, tal vez el borracho de la esquina te conoce mejor que yo.
–Escrito por Pastor Ricardo González

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