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¿Cómo no perder tu identidad en el ministerio? – Parte 2 de 4

Esta es la continuación de la entrada anterior.

Pero la verdad es que estaba agotada. Estaba cansada de sentirme dividida en un millón de direcciones diferentes, tratando de hacer y ser todo para la comunidad que servía y para mi familia en casa. Estaba cansada de cómo me aferraba a la mentira de “no es suficiente”: que los voluntarios no eran suficientes, que el tiempo del día no era suficiente, y que el dinero nunca era suficiente para hacer todo lo que Dios quería que hiciéramos y lográramos a través del ministerio.

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Esta es la cosa: el ministerio es cualitativo, no cuantitativo. No se trata de números, sino se trata de las historias y del corazón. Se trata de cómo Dios está haciendo su camino en y a través de un montón de seres humanos desordenados, imperfectos, amados.

Pero a veces, sin límites apropiados y cuidado del alma, este trabajo multi-capas, lleno de matices, lleno de seres humanos desordenados, puede llegar a ser muy poco saludable. Podemos sentir que hemos perdido nuestra identidad en medio de tratar de ayudar a otros a encontrar la suya.

Si te sientes como si estuvieras a punto de olvidar quién eres, considera uno de los siguientes pasos antes de que sea demasiado tarde: 

  1. Toma un descanso.

Un papel en la dirección de la iglesia nos puede hacer sentir como si llevamos el mundo sobre nuestros hombros, mientras que simultáneamente giramos un millar de placas diferentes de Jesús por minuto. Pero todo este hacer para el Reino también puede hacer olvidar a Aquel que hemos tratado de servir en primer lugar. Así que tómate un día libre a la semana y guarda ese día como si tu vida dependiera de ello, porque depende de ello. Además, saca un día completo cada mes para tener un día de soledad (retiro). Si tu denominación u organización ofrece a los empleados un sabático cada pocos años, por todos los medios, haz lo que tengas que hacer para tomar este regalo de tiempo de retiro.

Espera más en la siguiente entrada.

¿Cómo no perder tu identidad en el ministerio? – Parte 1 de 4

Escrito por: Cara Meredith. Traducido por Yadira Morales.

Identidad

Cuando tomé un descanso del ministerio, me di cuenta de que había perdido más que mi trabajo.

“¿Qué haces?” Me había hecho la pregunta cientos de veces antes, pero esta vez era diferente. Esta vez, yo no tenía un título ministerial para informar mi respuesta. Ya no tenía una posición de liderazgo en el ministerio, ni tenía personas con las que ejercer mis dones y talentos, mis llamamientos, y mis inclinaciones dados por Dios.

Así que no dije nada. Cuando ella, una extraña que nunca volví a ver, me preguntó una segunda vez, le di la respuesta más honesta que pude: “Estoy en una transición de empleos en este momento.” ¿No tener un trabajo ministerial realmente hace o rompe una conversación? ¿Debería haberle dicho quien había sido y lo que había hecho?” Pero no lo hice. Nuestra conversación terminó tan pronto como comenzó. No sabía quién era yo sin un trabajo en el ministerio. Me sentía como si hubiera perdido mi misma identidad. Y no creo que sea el único que se ha sentido de esa forma alguna vez.  A veces, cuando no estamos funcionando de manera saludable, una posición en el liderazgo puede irse a nuestras cabezas. Había derramado mi ser en un trabajo, en personas, y en una comunidad, sin saberlo, dejando que se convirtieran en la esencia de mi alma.

Por supuesto, Jesús vivía en lo más profundo de mi interior también, pero compartía el espacio. Me había invertido en sus corazones que cuando me fui, cuando ya no eran una parte regular de mi vida y no compartíamos el vínculo común de ministerio, me sentí como la alfombra había sido sacada por debajo de mí. Me preguntaba si significaban más para mí de lo que yo significaba para ellos. Y me preguntaba por qué esto me molestaba tanto.

Mientras estaba hablando de Jesús a izquierda y derecha, también me estaba sintiendo como la estrella más brillante que hay. El ministerio se había convertido todo acerca mí. Y para ser honesta, no era tan agradable. No ayudó que estuviera cansada, que no hubiera dejado espacio en mi agenda para el margen y el descanso. Durante un tiempo, le eché la culpa a las demandas del ministerio. Le eché la culpa a las expectativas de las noches entre semana, a las expectativas de los fines de semana y las expectativas del verano. Le eché la culpa a todos y a todo, sin ver mi falta de límites o mi falta de descanso como el problema.

 Este artículo continuará en la siguiente entrada.

Sus Mandamientos no Son Pesados

“Vengan a mí todos ustedes, los agotados de tanto trabajar, que yo los haré descansar.  Lleven mi yugo sobre ustedes, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para su alma; porque mi yugo es fácil, y mi carga es liviana” (Mateo 11:28-30).

“Quien obedece plenamente al precepto de Jesús, quien acepta sin protestas su yugo, ve aligerarse la carga que ha de llevar, encuentra en la dulce presión de este yugo la fuerza que le ayuda a marchar sin fatiga por el buen camino. El precepto de Jesús es duro, inhumanamente duro, para el que se resiste a él. Pero es suave y ligero para el que se somete voluntariamente. «Sus mandamientos no son pesados» (1 Jn 5, 3). El precepto de Jesús no tiene nada que ver con una curación del alma por medio de shocks. Jesús no exige nada de nosotros sin darnos la fuerza para cumplirlo. El precepto de Jesús nunca quiere destruir la vida, sino conservarla, robustecerla, sanarla.”

Bonhoeffer, Dietrich. “El precio de la gracia”. Ediciones Sígueme, Salamanca 2004, p. 11

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