La semana pasada compartí tres poemas que me han gustado con el propósito de darnos un vistazo de nuestras vidas, nuestros mundos y aun nuestros ministerios. ¿Qué tal si seguimos con más poemas esta semana también? Leamos este poema de Burt Kimmelman. Me recuerda un poco de gracia y amor verdadero en medio de la tristeza de nuestras vidas en esta tierra imperfecta.
LLEVANDO COMIDA A MI MADRE
Por Burt Kimmelman
(Trad. Erika Ríos Hasenauer)
Mi madre se sienta al borde de la cama,
con una mascada oculta su blanco cabello
no puede comprar mas colorante negro,
su carne enflaquece y cae por el reborde de su
rostro y espalda, acentuados por la pérdida
de peso cuando el cuerpo traiciona al alma,
cuando el dolor del cuerpo prohibe todo deseo.
Pero esta noche ella tiene hambre, y vengo
con carne de res y pasta, pan,
pepinillos ácidos y kasha knish.
Le ayudo a poner la mesa en lentos y pequeños
pasos, un pas de deux, que hemos llevado a cabo
Por casi 60 anos, y
Ahora pienso como hace poco sostuve la
manita de mi niña, encorvada, mientras aprendía
a caminar – como el balance nos acompaña toda la vida
hasta que en un momento nos abandona – y
como en una fotografía, mi madre me sostenía
en la misma forma. Mas temprano,
me detuve en un café, y quieto
por un momento, levanté la mirada
y miraba como en una mesa cercana
una madre primeriza alimentaba a su bebita,
sentadita en su cochecito, algunos
pedacitos de pan sin corteza sostenidos entre el pulgar y
el índice, mientras que el abuelo hablaba,
el olor de la mamá estaba asociado
a esta primera comida, como una pequeña ave a su nido. En
la mesa de mi madre preparo su sándwich
y le digo que su nieta conoció recientemente
a un muchacho en un mercado y
ahora está enamorada, el primer amor, pero
las pestañas de mi madre cada vez están mas decaídos,
asienta negativamente con su cabeza, ligeramente y hacia enfrente, así que
la sostengo y encamino a su
cama, la siento, subo sus hinchadas piernas
y la cubro, apagando
las luces excepto una, cierro y aseguro la puerta.
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