Por: Luz Jiménez Avendaño
Imagina que en este momento te encuentras viajando en un barco por el Mar Mediterráneo y tú eres el capitán. En el barco viaja un pastor, un niño, un joven ciego, una prostituta, una anciana y un hippy rockero. Después de varias horas de viaje sucede que el barco empieza a hundirse y tú como capitán decides morir con tu barco, pero antes debes decidir salvar a 3 y morir con 3 personas más. ¿A quiénes elegirías?
Este viaje me hace pensar en una situación en la que me encontraba cuando serví como misionera en República Dominicana. Una de las experiencias que recuerdo cuando comenzamos a plantar la iglesia, fue que mientras caminábamos por la comunidad para conocer a las personas y también para llevarles las buenas noticias, muy emocionadas pedíamos a Dios que nos mandara a personas que pudieran fortalecer el ministerio y también aportar para la obra.
En una de nuestras visitas conocimos a Isabel, una mujer enferma de cáncer. Cuando entramos a su casa, oramos por ella, y le dimos palabras de aliento. Después de despedirnos de Isabel, nos dijo que cuando orábamos por ella, sintió algo tan especial y que deseaba que la visitáramos una vez por semana. En ese momento pasaron muchos pensamientos por mi mente, no de alegría o esperanza, sino negativos. Dentro de mí decía: “Tenemos a muchas personas más por visitar. Isabel por su situación y condición nunca se congregará con nosotros. Visitarla una vez por semana será una carga para nosotros y no de mucha ayuda”.
En esa misma semana Dios habló a mi vida y recordé lo que Juan 3:16 dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna”. El amor de Dios es el más grande y perfecto que pueda existir: ese amor lo soportó todo, hasta dar a su hijo para morir en una cruz. Jesús no murió por unos cuantos, ni dio su vida solo por los talentosos, o por los que tienen dinero, sino que él ama a todas las personas del mundo y los abraza no importando la condición en que se encuentren. ¡Dios no hace acepción de personas!
Conmovida por lo que Dios estaba enseñándome, decidimos regresar a casa de Isabel la siguiente semana, y así lo hicimos durante los dos años de nuestro servicio. Decidimos amar verdaderamente a Isabel en la condición en que se encontraba. En el transcurso de cada visita Dios se manifestó de muchas maneras y pude ver su gloria aun a través de la enfermedad. Al final Isabel no fue una carga; fue una grande bendición para nuestras vidas.
Hoy, tú y yo tenemos la oportunidad de presentar a Jesús. Vas a encontrarte con diferentes tipos de personas. Algunas no te darán las gracias por tu servicio. Otras quizás no te recibirán o en las calles se burlarán de ti. Muchos estarán en condiciones de enfermedad o de perdición. Pero es importante que recuerdes que tienen necesidades: pueden estar viviendo soledad, depresión, ansiedad, escasez o enfermedad. Aunque supuestamente no es el mejor momento para ellos o no están en la mejor condición, debemos verlos con compasión.
El amor de Dios por cada persona que habita en el mundo es tan grande y perfecto que lo da sin límites y sin condiciones. Esta es la forma en la que quiere que también nosotros amemos. Prepárate para dar la mejor sonrisa y tener una actitud correcta. Pide al Espíritu Santo que te guíe. No dejes que ningún prejuicio o actitud negativa o egoísta te impida ver manifestada la gloria de Dios en la vida de otras personas.
*Luz Jiménez Avendaño es de México y ha vivido como misionera en la República Dominicana y Guatemala. Actualmente ministra trans-culturalmente en Honduras.
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