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Aún Celebrando la Pascua

Por Scott Armstrong

¿Listos para un pequeño examen? ¿En qué periodo del calendario cristiano nos encontramos ahora?

Si respondiste “Pascua” o “Tiempo Pascual,” ¡felicitaciones! Admito que he escrito bastante sobre Adviento y Cuaresma, ambos periodos son muy importantes en nuestro caminar espiritual. Pero el Tiempo Pascual es igual de importante, aun cuando muchos de nosotros lo pasamos por alto en esta época del año.

Rich Villodas, el pastor de la Iglesia New Life Fellowship en Queens, Nueva York, recientemente escribió sobre por qué la temporada del Tiempo Pascual es importante para la Iglesia.

“Por siglos, muchos en la Iglesia han reconocido que la Pascua no solo es un evento de un día que anticipamos, y así nada más se desvanece. La Iglesia ha afirmado que el poder de la resurrección es más que un momento pasajero, sino que merece una reflexión continua.”

Mientras que la Cuaresma dura 40 días y es un tiempo de ayuno, el Tiempo Pascual tiene una duración de 50 días y ¡nos dirige hacia una vida de celebración!

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Villodas resalta tres formas en las cuales podemos enfocar nuestra atención durante este periodo constante de la Pascua.

  1. El Tiempo Pascual nos recuerda que a través de la resurrección Jesús es victorioso sobre los poderes de la muerte.

Como he escrito antes, cuando Jesús se levanta de la tumba, Él provee la destrucción y undominio efectivo sobre los poderes del pecado, la muerte y la tumba. Sin embargo, la Pascua no es solamente algo lindo e importante que le sucedió a Jesús. Estamos invitados a ser parte del nuevo orden cósmico. ¡El mismo poder que levantó a Jesús de la muerte está disponible para todos aquellos que elijan seguirle!

“Es posible cantar sobre la conquista de Jesús sobre la tumba,” nos recuerda Villodas, “y al siguiente día ser cómplices de los sistemas, estructuras y hábitos que le traen gloria a los poderes de la muerte.” Esta temporada nos asegura que vivimos en una “reverberación de la resurrección” que aún continúa el día de hoy.

  1. El Tiempo Pascual nos recuerda que la vida futura de Dios está disponible para que nosotros podamos disfrutarla y expresarla al mundo.

Así como a María Magdalena le fue dicho que no se aferrara a Jesús, sino que en lugar de eso fuera y contara las buenas noticias (Juan 20:17), también somos capaces de ofrecer esperanza a todos aquellos que la necesitan desesperadamente. La Pascua no es Pascua si su mensaje no es proclamado al mundo.

El pastor Villodas lo pone de esta manera, “Probablemente no hay mejor momento que éste para orar por la sanidad sobre la enfermedad, porque la resurrección es un recordatorio de que algún día no habrá enfermedad. Probablemente no hay mejor momento que éste para trabajar por la paz, porque la resurrección es un recordatorio de que un día no habra guerras. Probablemente no hay mejor momento que éste para celebrar y festejar, porque la resurrección es un recordatorio de que nos dirigimos hacia un banquete. Así como nuestro Señor, los cristianos deben vivir del futuro. Nuestras comunidades y vidas individuales apuntan a lo que se aproxima.”

  1. El Tiempo Pascual nos llama a una vida que cultiva el gozo.

Aún estoy asombrado por el hecho de que las mujeres presentes en la tumba vacía esa primera mañana de la Pascua “salieron a prisa…con temor y gran gozo” (Mateo 28:8). Si hemos sido cristianos por muchos años, tristemente podríamos haber perdido el asombro sobre la Pascua, por no hablar de la admiración o incluso el temor. La tragedia es que la resurrección se ha vuelto un lugar común para muchos de nosotros. Y si ese es el caso, la siguiente cosa que se perderá será el gozo. En este sentido, muchos de nosotros cargamos con la actitud lúgubre y de abnegación de la Cuaresma a través del Tiempo Pascual y en los demás momentos del año.

Pero ¡la Pascua es un tiempo de celebración! ¡Él resucitó! En los días después de su resurrección, encontramos a Jesús en varias ocasiones comiendo, celebrando y regocijándose (Lucas 24:40-42; Jn. 21:9-13). Como siempre, pero especialmente en esta temporada de Pascua, ¡tenemos el privilegio de hacer lo mismo!

Villodas se pregunta si al final de la historia, la pregunta que Dios nos hará no es si nos abstuvimos del pecado. Qué pasa si la pregunta es “¿Entraste en el gozo que estaba disponible para ti?”

Esa es la invitación que Él nos ofreció durante el Tiempo Pascual. ¡Jesús está vivo! Así que ¡comamos, bebamos y, sin duda, alegrémonos!

María Magdalena

Por Frederick Buechner

Es al final de la historia que ella llega a estar en el centro de la escena con más claridad. Fue una de las mujeres que estuvo en el momento en el que él fue crucificado—ella había tenido más agallas que la mayoría de ellos—y también fue una de las que estuvo ahí cuando pusieron lo que quedaba de él en la tumba. Pero su momento fue ese primer Domingo por la mañana después de su muerte.

Juan es quien da el mayor detalle, de acuerdo con él todavía estaba oscuro cuando ella llegó a la tumba para descubrir que la piedra había sido removida de la entrada y que, el interior, estaba vacío. Ella corrió de regreso a donde sea que los discípulos estaban escondidos para decirles, Pedro y otro más de ellos regresó con ella para verificar su historia. Ellos se dieron cuenta que era verdad y que no había nada más que algunos trozos de tela, con los que habían envuelto el cuerpo. Entonces ellos se fueron, pero María permaneció afuera de la tumba en algún lugar y comenzó a llorar. Dos ángeles vinieron a ella y le preguntaron por qué estaba llorando, y ella respondió, “Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto” (Juan 20:13). Ella no estaba pensando en términos milagrosos, en otras palabras; ella simplemente estaba pensando que ni siquiera en su muerte lo habían dejado tranquilo, y que alguien había robado su cuerpo.

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Entonces otra persona viene a ella y le hace las mismas preguntas. ¿Por qué ella estaba llorando? ¿Qué estaba haciendo ahí? Ella decidió que el responsable tenía que haber sido alguien encargado, tal vez alguien como el jardinero, y le preguntó que si él era quien había movido el cuerpo hacia otro lugar, por favor le dijera dónde estaba para que ella pudiera acudir ahí.

En vez de responderle, él la llama por su nombre—María—y ella entonces reconoce quién era él, y aunque desde ese momento en adelante el curso de la historia de la humanidad fue cambiado en muchas maneras profundas y complejas, que resulta imposible imaginar que haya sucedido de otra manera, para María Magdalena la única cosa que había cambiado era que, por razones que ella no estaba en posición de considerar, su viejo amigo, maestro y su brazo fuerte estaba vivo otra vez. “¡Raboni!” ella gritó y estuvo a punto de abrazarle con auténtico gozo y asombro, cuando él la detuvo.

Él dijo “noli me tangere.” “No me toques” (Juan 20:17), de esta forma ella no solo fue la primera persona en el mundo con el corazón paralizado por un segundo al descubrir que otra vez estaba vivo mientras pensaba que ya estaba absolutamente muerto, también fue la primera persona con el corazón un poco roto al darse cuenta que ya no podría tocarlo, que no habría más una mano qué la sostuviera cuando la vida fuera difícil, un hombro para llorar, porque la vida en él ya no era más una vida que ella pudiera concebir a través de tocarle, con ella aquí y él allá, sino una vida que ella solo podría concebir a través de vivirla: con ella aquí—la abusada y quebrantada—y con él aquí también, vivo dentro de su vida, para levantarla también de los escombros de todo lo que estaba arruinado y muerto en ella.

Mientras tanto, él dijo que tenía mucho por hacer y recorrer, y también ella, la primera cosa que hizo fue regresar a los discípulos para contarles. “He visto al Señor,” ella expresó, y cualquier oscura duda que ellos tuvieron antes sobre el tema, una mirada a su rostro fue suficiente para desaparecerla como la niebla de la mañana.

*Publicado originalmente en Peculiar Treasures y después en Beyond Words.

La Cruz Todavía está Ahí

Por Scott Armstrong

Junto al resto del mundo ayer vi cómo la Catedral de Notre Dame en París, Francia se incendió. La indecible tragedia se volvió clara mientras la famosa aguja de su torre se desplomó hasta el suelo. Millones de personas acertadamente lamentaron tan horrenda pérdida, y los intentos de recaudar fondos para renovar la catedral afortunadamente están dando fruto, aunque el costo total de la renovación será muy elevado.

Entre los escombros, las fotos empezaron a mostrar el impacto del fuego. Una en particular, por Reuters’ Philippe Wojazer, impactó a varios de nosotros. Muestra el altar dentro de Notre Dame, con humo subiendo de las ruinas. Pero, como muchos señalaron en Twitter y otros lugares, los ojos de los espectadores no fueron atraídos primeramente hacia las brasas rojas y anaranjadas de las cenizas. El símbolo preeminente levantándose de los escombros es una cruz dorada. Después de toda la devastación y pérdida, la cruz todavía está ahí.

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No soy el primero en escribir sobre este simbolismo y seguramente no seré el último. Pero el hecho de que ocurriera durante Semana Santa, no pasa desapercibido por muchos de nosotros. En un mundo que proclama que en Europa y otras partes el cristianismo es anticuado y nada más que una reliquia tierna, los seguidores de Cristo proclaman que esta semana y siempre la muerte de Jesús en la cruz todavía es efectiva para cambiar vidas. De hecho proclamamos que, en un mundo en llamas, Dios todavía está trabajando.

¿Lo proclamamos?

Cada año hago un llamado a las personas a reflexionar en el camino de nuestro Señor hacia la cruz durante Cuaresma. Y cada año recibo críticas de diferentes líderes y miembros de la iglesia. “¡La Cuaresma es católica, no evangélica!” Sé que una parte de esto es cultural, de acuerdo con los países donde ministramos, y no quiero menospreciar eso. Pero me niego a permitirme a mí mismo o a mi familia a pasar por alto el Viernes Santo para llegar al Domingo de Resurrección.

Por lo tanto, especialmente durante Cuaresma, he predicado muchas veces sobre la cruz y el sacrificio de Cristo. En algunas ocasiones, he tenido cristianos viniendo a mí al final diciéndome, “¿Por qué predicas de la cruz? Ya la cruz no está ahí; lo que importa es la tumba vacía.” Ahora bien, ¡yo soy un defensor de predicar y vivir la realidad de la resurrección! Sin embargo, no hay tumba vacía sin una cruz. No hay una corona de gloria sin una corona de espinos.

Aunque enfocarnos en un símbolo de castigo capital antigua nos hace sentir incómodos, la verdad permanece. La cruz todavía está ahí, nos guste o no.

Quizá esa es la razón por la que el apóstol Pablo dijo que Cristo crucificado es “para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura” (1 Co. 1:23). En medio de los escombros, esta representación de la muerte declara vida sobre nosotros. En medio de la destrucción, este símbolo de escarnio y desprecio nos trae esperanza.

Esta semana, mientras nos unimos a Jesús en su camino a través del Getsemaní, el Gólgota, y después, sí, la mañana de la Resurrección, quizá una imagen de la catedral de Notre Dame en llamas pueda acompañarnos.

Aunque algunos digan que es obsoleto,

Aunque otros sientan incomodidad al hablar de ello,

La cruz todavía está ahí.

 

A un Brazo de Distancia: una Reflexión Sobre Cuaresma

En esta época de Cuaresma, he estado reflexionando sobre una inquietante frase: “de lejos.” No parece muy aterradora ni tampoco llamativa, ¿verdad? ¿Por qué diría que es inquietante?

Fue la noche que traicionaron a Jesús, la noche antes de que fuera crucificado. Los pies han sido lavados, la Pascua ha sido servida, y los soldados se han llevado a Jesús del jardín. Los discípulos se han ido –bueno, más o menos. Los tres escritores de los evangelios sinópticos señalan que uno de los tres elegidos de Jesús, el hombre cuya predicación convertiría a 3,000 en un día, y que se convertiría el pilar de la iglesia primitiva, seguía a Jesús “de lejos” (Mt. 26:58; Mc. 14:54; Lc. 22:54).

Generalmente criticamos a Pedro, especialmente cuando Él niega a su Señor e invoca maldiciones sobre él mismo. Gracias a Dios que no somos como Él, ¿verdad?

En un análisis más cercano, durante esta época de Cuaresma, nos damos cuenta que nuestro discipulado se ve mucho como el Pedro de aquel jueves santo. Joan Chittister dice, “Creemos, sí, pero por lo general solo remotamente, solo intelectualmente. Seguimos a Jesús, por supuesto, pero, en realidad, es más como seguirlo a un brazo de distancia, a una distancia agradable, antiséptica. Imperturbable. Nuestro compromiso no es el tipo de compromiso que pone en peligro nuestros trabajos o nuestras relaciones o nuestras posiciones sociales.”

Ay.

Si somos honestos con nosotros mismos, amamos la parte de seguir a Jesús que tiene que ver con multitudes siendo alimentadas y hombres ciegos recibiendo la vista. Incluso los sermones creativos y lecciones que Jesús enseña, a través de las cuales nos inspira y desafía. ¿Pero la parte de la negación? No es muy popular en la actualidad.

¿Será que nos aterra profundamente el sufrimiento? Chittister sostiene que “cuando nos resistimos a sufrir, nos resistimos a crecer…el sufrimiento es un peldaño importante hacia la madurez. Nos mueve de la fantasía a los hechos.”

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No sé ustedes, pero muchas veces yo preferiría tomar los atajos hacia la madurez espiritual en lugar de avanzar dolorosamente a través de pruebas y sufrimientos. Pero ese atajo no existe. Y Cuaresma nos recuerda eso. En esta época nos damos cuenta, junto con Chittister, que somos ascéticos. Por tanto, “debemos estar preparados para rendir algunas cosas si intentamos tener las cosas que incluso son más importantes.”

Con Jesús siendo interrogado, azotado y clavado a una cruz, Pedro todavía no estaba listo para seguirlo ahí. El sacrificio era demasiado grande. El sufrimiento muy cruel. Era mejor seguir a Jesús de lejos.

Quizá en estos días ser inquietado por esa frase no es algo malo. Tal vez nosotros, también, nos examinaremos a nosotros mismos y elegiremos el crecimiento en lugar de la comodidad, la intimidad en lugar de la distancia.

Esperando a que el Mundo Cambie – Parte 1 de 2

Por Brannon Hancock

La época de Adviento—una palabra que significa llegada—es una época de espera.

“¡Casi no podemos esperar! / Por favor no llegues tarde, Navidad.” Muchos de ustedes pueden escuchar esta canción en su cabeza inmediatamente, ¿verdad? Esas voces de ardilla cantando la canción de navidad que amamos odiar. Esta canción es un ejemplo trillado (¡y fastidiosamente persistente!) del enfoque de la cultura secular hacia el consumismo navideño. Pero para los cristianos con ojos para ver y oídos para oír, puede servir como un recordatorio de que la época de Adviento—una palabra que significa llegada—es precisamente una época de espera, de anticipación, y preparación para el Gran Día, el día después, cuando nada fue igual.

Nuestra cultura practica esta anticipación, incluso mientras perdemos el enfoque. Las decoraciones navideñas llenan los estantes de las tiendas después de Halloween (y aparentemente antes de esta fecha cada año). Las estaciones de radio comienzan su programa navideño tan pronto como termina Acción de Gracias. Los niños en la escuela comienzan a ensayar “canciones navideñas” para finalizar sus programas semestrales. Las ventas de Black Friday (o viernes negro) y el Cyber Monday (o lunes cibernético) llaman la atención de los consumidores, y los cupones y ventas continúan incluso hasta el día antes de navidad para los procastinadores.

Si tienes hijos o si has estado alrededor de alguna pareja preparando la bienvenida de un bebé al mundo, has experimentado esto. Recibimos las grandes noticias. Después esperamos. Comenzamos a prepararnos. Pintamos las paredes y decoramos la habitación del bebé, la emoción crece. Compramos una cuna y la ensamblamos. Y esperamos. Leemos libros para padres con títulos como “Qué esperar cuando se está esperando”…y esperamos. Esas últimas semanas parecieran durar para siempre. Y esperamos. ¡Imagina lo que María y José deben haber sentido!

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El tiempo sigue deslizándose hacia el futuro

El adviento debe ser considerado en el contexto del calendario cristiano para ser completamente valorado. El calendario cristiano, también llamado calendario litúrgico o el año cristiano, es un patrón a través del cual la Iglesia narra la historia del Dios que estaba en Cristo. Mientras algunas iglesias han seguido este patrón por siglos, muchas congregaciones evangélicas están empezando a (re)descubrir y abrazar el calendario cristiano, y lo han encontrado enriquecedor para su adoración y discipulado. Es simplemente una manera más en la que podemos “contar la antigua, antigua historia de Jesús y su amor.”

El calendario cristiano no está preescrito en la Biblia, y no fue transmitido por decreto divino con el mandato de que servilmente nos sometiéramos a él. Pero es bíblico y fue transmitido a través de la Iglesia que llamamos “única, santa, universal y apostólica,” la cual mediante el Espíritu Santo, nos dio nuestra Biblia.

La Escritura revela que Dios dio el tiempo como un buen regalo. De acuerdo con el relato de la creación en Génesis 1, en el cuarto día, Dios declara: “¡Que haya luces en el firmamento que separen el día de la noche; que sirvan como señales de las estaciones, de los días y de los años, y que brillen en el firmamento para iluminar la tierra… .”

El tiempo tiene un propósito, y ese propósito tiene que ver con la manera en cómo adoramos y cómo observamos el tiempo sagrado.

En la Escritura, encontramos amplia evidencia de la idoneidad de los días sagrados, celebraciones religiosas, ayunos, rituales, y ritmos, particularmente en la adoración del pueblo de Israel. Sin embargo, a mayor escala, vemos que esa historia relatada a través del calendario cristiano es la historia de la Biblia—la historia de la obra salvadora de Dios a través de los siglos.

El calendario cristiano es una manera en que la Iglesia ha procurado “dar la hora” como el tiempo de Dios. Para los cristianos, 1º de enero no es un día significativo; es simplemente ¡el octavo día de Navidad! Cuatro domingos antes de Navidad, el primer domingo de Adviento, realmente es “Día de Año Nuevo” para la Iglesia. Después caminamos a través de Navidad y Epifanía antes de entrar a la época de Cuaresma. Durante Cuaresma nos unimos a Jesús en sus 40 días de ayuno en el desierto en preparación para sus años de ministerio terrenal. Buscamos acercarnos más a Dios purificando nuestras vidas, arrepintiendónos de nuestros pecados, y preparando nuestros corazones para experimentar los eventos de Semana Santa.

Los días entre el domingo de Ramos y el domingo de Pascua o Resurrección pueden llevarnos en una montaña rusa de emociones mientras caminamos a través de los días finales de Jesús: la Última Cena, el Getsemaní, su arresto y crucifixión, nos dirigimos a la Ascención de Cristo al Padre (40 días después de la Pascua), y la venida del Espíritu Santo en el Pentecostés (50 días después de la Pascua), seguido de la larga época conocida como Tiempo Ordinario, durante la cual nos enfocamos en cómo Dios ha trabajado en la vida y la misión de la Iglesia.

*Este artículo continuará en la siguiente entrada.

Adviento: Una Época de “Entrenar para Esperar”

Por Rich Villodas (Originalmente publicado en Missio Alliance)

No hay nada que nos una en la experiencia de ser humanos tanto como la espera. No importa nuestra edad, nuestra educación, nuestros logros, o el tiempo que hemos pasado siguiendo a Jesús, todos tendremos que esperar.

Por esta razón la época de Adviento es necesaria para moldear nuestras vidas.

Cada una de las épocas del Calendario Litúrgico nos guía en poner especial atención a los temas y prácticas cristianas. La Cuaresma nos recuerda, entre muchas otras cosas, poner la voluntad de Dios—y no nuestros apetitos—como el principio rector para nuestras vidas. La Pascua nos llama a vivir una espiritualidad de celebración y gozo anclados en la resurrección de Cristo. El Pentecostés nos da una visión de la vida llena del poder de Dios porque el Espíritu ha sido derramado sobre nosotros.

La época de Adviento es una en la que Dios nos entrena para esperar.

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Entrenamiento para Esperar

Este entrenamiento está orientado hacia la formación de nuestras vidas porque lo que Dios hace en nosotros mientras esperamos es más importante que lo que estamos esperando en sí.

Muchas de las historias de la Escritura apuntan al dolor y dificultad terribles experimentados por el pueblo de Dios debido a su negativa para esperar por Dios. Esta ha sido nuestra historia hasta este día.

Por ejemplo, en Éxodo 32 (la historia del becerro de oro), los israelitas, en un momento de ansiedad, impulsivamente diseñaron un ídolo para proveer seguridad para ellos mismos porque Moisés no se encontraba en ninguna parte. La creación de este ídolo vino días después de que Dios les informó que este tipo de práctica religiosa estaba fuera de los límites ahora que habían sido librados del Faraón.

La ansiedad nos hace hacer cosas irracionales.

Su espera fue difícil porque ellos no pudieron ver lo que Dios tenía preparado.

Es difícil para nosotros esperar—y no solo porque somos impacientes.

Es difícil esperar porque constantemente no creemos que Dios está trabajando en nuestras vidas.

Pero el adviento nos recuerda que Dios ha venido, viene y vendrá otra vez. Es el recordatorio anual de que Dios es para la creación y se mueve hacia nosotros.

Aún así, es difícil esperar. Una de las razones principales por la cual es difícil esperar es debido a que nuestro entendimiento de esperar ha estado incompleto.

Como pastor, frecuentemente me piden ayudar a las personas a entender lo que significa esperar en el Señor. En la próxima entrada presentaré cuatro elementos que he aprendido en el camino sobre ESPERAR.

Mirando Hacia la Cruz

Por Raphael Rosado

Los seres humanos pasamos gran parte de nuestra vida preparándonos para el futuro. Por ejemplo, algo tan sencillo como viajar de un lugar a otro requiere cumplir con ciertos requisitos.  Hay que darle mantenimiento al vehículo, poner gasolina, programar el GPS, hacer la maleta y reservar el hotel.  Como dice el viejo refrán, si no sabemos exactamente dónde termina el viaje es mejor no emprenderlo. 

La planificación es importante, y al final es lo que le da valor y significado a nuestros logros.  Una persona que se gana la lotería puede tener suerte, pero no es merecedora de lo que se ganó.  No puede decir que su premio es el producto de un plan o de su esfuerzo.  Suerte y mérito son conceptos incompatibles.

Más aun, la preparación es la muestra fehaciente de que algo nos importa, de que lo amamos.  Es un “cliché cultural” que en las relaciones de pareja las mujeres se quejan de que los hombres no ponen suficiente preparación en las fechas especiales.  Más de una vez, he escuchado a la heroína de la serie de moda decir, “no es el regalo lo que me hace feliz, sino el pensamiento que contiene.” La alegría que produce el regalo proviene de la preparación y el esfuerzo que costó.    

Dios es un planificador por excelencia y Él siempre está preparado.  Dios no le deja nada al azar.  Todo lo que Él hace es el resultado de su propósito eterno.  Para confirmar este hecho, no hay más que mirar a la cruz.

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Dios comenzó a preparar la solución final al pecado desde el mismo día que el hombre pecó.  Cuando Dios llamó a Abraham, miraba a la cruz. Cuando le dio la ley al pueblo de Israel, pensaba en la cruz.  Cuando le mostró su gloria a Isaías, ya Dios tenía en mente al siervo sufriente.  Cada detalle del Antiguo Testamento mira hacia Jesús y hacia la cruz.  Cada tentación, cada cuestionamiento, cada problema al que Jesús se enfrentó en su vida en la tierra, lo preparó para la cruz.  El Calvario no fue un accidente. El mérito del sacrificio de Jesús consiste precisamente en que fue el plan de Dios para salvarnos y mostrarnos su amor.

De eso exactamente trata la época de Cuaresma, de prepararnos para hacer memoria de lo que Jesús hizo por nosotros.  Cada renuncia, cada buena obra, cada ayuno que realizamos en esta época debe tener un plan específico: prepararnos para encontrarnos con Jesús en la cruz.  Sin ese propósito nuestras obras – por buenas que sean – carecen de significado.  Te invito a que utilices estos últimos días de Cuaresma como preparación para encontrarte con Jesús en el Calvario.

Más que Renunciar

Por Charles W. Christian

Cuaresma es el periodo de cuarenta días, aproximadamente, previos al domingo de Pascua. Es un tiempo de preparación y reflexión que está inspirado en los cuarenta días que Jesús estuvo en el desierto al inicio de su ministerio terrenal (Marcos 1:12-13; Mateo 4:1-11; Lucas 4:1-13). Al iniciar esta temporada de Cuaresma, empezando con el Miércoles de Ceniza, muchos de nosotros nos hemos unido a los cristianos alrededor del mundo – tanto católicos como protestantes – para ayunar.

Como Jesús, muchos cristianos han usado este tiempo para participar en un ayuno de comida. Otros ayunan algo más específico, como el chocolate o el café, o ayunan ciertas actividades, como el uso de las redes sociales o ver películas. Mientras que el ayuno ha sido una disciplina espiritual clave para los cristianos a través de la historia, podría ser la disciplina espiritual más descuidada en la actualidad. La época de Cuaresma le da a la iglesia la oportunidad para regresar a esta disciplina a menudo descuidada.

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Es importante tener en cuenta que la intención del ayuno es recordarnos nuestra identificación, bíblica e histórica, con los pobres y necesitados. Sin importar lo que quitemos de nuestra rutina diaria recordamos que, intencionalmente, estamos renunciando a artículos a los que muchos renuncian sin tener elección. Esto nos permite participar más profundamente en la compasión, lo que significa literalmente “sufrir con el otro.”

Mientras que resulta fácil enfocarse en el aspecto de “renuncia” del ayuno, hay un significado más profundo en la disciplina. Ayunar no se trata solo de renuncia, también se trata de reemplazo. Por ejemplo, el tiempo que se pasa sin ver un programa de televisión puede ser apartado para pasar más tiempo en la Escritura o más tiempo en servir con amor directamente a otros. El tiempo y dinero que se ahorran por no salir a comer, puede ser gastado directamente en ayudar a los pobres y a otros que no tienen comida. El tiempo y los recursos a los que se renuncian pueden ser intencionalmente utilizados en el servicio del Reino de Dios.

Finalmente, el ayuno se trata de atraer nuestra atención hacia Dios y sus métodos, y no hacia nuestros propios sacrificios. Para que el ayuno sea bíblico, cualquier sacrificio que hacemos durante el ayuno debe ser para profundizar en nuestra relación con Dios y para aumentar nuestra participación en la misión de Dios. Jactarnos acerca de nuestro ayuno o convertirnos en un “superhéroe espiritual” debe ser estrictamente evitado. “Cuando ayunen, no pongan cara triste como hacen los hipócritas, que demudan sus rostros para mostrar que están ayunando. Les aseguro que estos ya han obtenido toda su recompensa” (Mateo 6:16 NVI).

Durante Cuaresma, mientras profundizamos en nuestro caminar con Dios y aumentamos nuestra participación en su misión, también encontramos tiempo para la reflexión y el arrepentimiento. Así como Dios y sus caminos para nosotros se vuelven más claros, nuestros defectos también se vuelven más claros. Parte de nuestra preparación para resurrección implica dejar que el Espíritu Santo nos mueva a áreas de crecimiento, lo cual a menudo implica confesión y arrepentimiento. Es importante que seamos especialmente sensibles a estas oportunidades de crecimiento, mientras ayunamos y nos enfocamos.

Como personas que están viviendo y compartiendo la historia de Dios, saquemos el máximo provecho a épocas como Cuaresma, ¡permitiéndonos ser más y más como el Señor resucitado a quien servimos!

Oración para la semana:

Omnipotente y Eterno Dios, que no sientes aversión por nada de lo que has creado, y que perdonas a los que con verdadera fe se arrepienten; crea en nosotros corazones contritos, y concédenos perfecto perdón ¡oh Dios de toda misericordia! a los que lamentamos nuestros pecados y reconocemos nuestra miseria; por nuestro Señor Jesucristo. Amén.

(Libro de Oración Común).

Este artículo fue publicado originalmente en: http://holinesstoday.org/more-than-doing-without

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