Pascua: Lleno de Vida

Es un poco paradójico escribir sobre la Pascua en medio de la Cuaresma, pero cada año nosotros como pastores preparamos nuestros sermones sobre Pascua durante el tiempo del sacrificio y el ayuno que implica la Cuaresma, así que esto tiene sentido.

En muchos de nuestros países, la Pascua es el día en el que las personas regresan a la normalidad del trabajo y la escuela después de la relajación de los días de vacaciones en Semana Santa. ¡Qué ironía! Después de todo, la Pascua, el Domingo de Resurrección, es el día en el cual lo “normal” es erradicado, y emerge un nuevo paradigma. Para los cristianos no debería haber celebración más grande.

Como Joan Chittister escribe en su libro, El Año Litúrgico: La Aventura en Espiral de la Vida Espiritual, “No hay nada en la cultura cristiana que explique completamente todas las otras cosas cristianas tan bien como lo explica la Pascua” (p. 54). El Hijo de Dios fue enviado para ser crucificado y, después de morir en la cruz, permanecer tres días en la tumba. Pero la Pascua, la Resurrección, proclama que la muerte ¡no tiene la última palabra! Por lo tanto, ¡no debería existir celebración más grande que la Pascua! Un festival extravagante de alabanza debería estallar durante ese domingo así como Jesús, hace tanto tiempo, salió de la tumba temprano esa mañana.

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Chittister lo expresa de esa manera: “La mañana de Navidad encontramos el pesebre lleno de vida; la mañana de Pascua encontramos la tumba vacía, no hay muerte. Conocemos toda la verdad ahora: la muerte no es el final, y la vida como la conocemos solamente es el inicio de la Vida. No hay sufrimiento del que no podamos resucitar si vivimos una vida centrada en Jesús. Es la tumba vacía la mañana del Domingo de Resurrección la que nos dice, ‘Ve y dile a otros. ¡Ahora!’ (paráfrasis de Mateo 28:10)” (p. 164). ¡No podemos quedarnos con estas buenas noticias! ¡Queremos invitar a tantos como sea posible a que se regocijen con nosotros!

Esa clase de impulso debería provocar que el culto de Resurrección reboce de gozo y emoción. Chittister comparte una anécdota graciosa relacionada con esta misma realidad:

“Él tenía seis años y no estaba acostumbrado a ir a la iglesia. Cuando vi la familia en la Vigilia de Pascua en el monasterio, me quejé. Es un servicio largo, lleno de danza y cantos, flores e incienso, campanas y música. Pensé, ¿por qué alguien traería un niño al culto? Pero después, durante la comida el niño seguía claramente animado, y la familia estaba radiante. ‘Jake insistió en que lo trajéramos de nuevo…a la Vigilia de este año,’ su mamá me explicó tocando orgullosamente el cabello del pequeño. ‘¿En serio? ¿Para qué?’ Yo pregunté con obvia incredulidad. Entonces el pequeño niño me miró con algo de asombro. ‘Porque me gusta esta iglesia,” dijo él. ‘En esta iglesia, ¡Jesús de verdad resucita!’” (p. 201).

No hay mejor cumplido. ¡Qué este Domingo de Pascua tu servicio – y tu vida – sean la evidencia para todos de que Jesús de verdad resucita!

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