Por: José Samuel Mérida
Primera Iglesia del Nazareno, Guatemala
Como laicos y pastores, a menudo escuchamos hablar sobre el «llamado de Dios» al ministerio. Para muchos, esto suena como un privilegio especial, una medalla para llevar con orgullo ante los demás. Sin embargo, debemos desafiar esa percepción. Desde nuestra experiencia en la iglesia local, podemos afirmar con certeza que el llamado de Dios al ministerio no es un adorno que presumir, sino una carga en el corazón que nos impulsa a servir al Señor y al prójimo.
Cuando miramos las Escrituras, vemos ejemplos de personas que fueron llamadas por Dios para servir en diversos roles. Moisés fue llamado para liberar al pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto (Éxodo 3:1-10). Isaías escuchó la voz del Señor diciendo: «¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?» y respondió: «Heme aquí, envíame a mí» (Isaías 6:8). Estos hombres no asumieron su llamado como una condecoración, sino como una responsabilidad que tomaron con humildad y reverencia.
Es crucial entender que el llamado de Dios no se limita al ministerio pastoral o misionero. Todos estamos llamados a la salvación y a la santidad. Como dice el apóstol Pedro: «Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1 Pedro 2:9). Cada uno de nosotros, con cualquier vocación, tenemos la responsabilidad de glorificar a Dios y servir a los demás.
En la juventud es natural explorar diferentes vocaciones y llamados. Algunos pueden sentirse atraídos hacia el ministerio pastoral o misionero, mientras que otros pueden sentirse llamados a servir en áreas como la enseñanza, la medicina, o el trabajo social. Sin embargo, sea cual sea nuestro llamado, debemos recordar que no se trata de un título para presumir, sino de una invitación divina para servir con entrega y sacrificio.
El apóstol Pablo nos recuerda en Romanos 12:1 que nuestra vida entera debe ser una ofrenda viva y santa, agradable a Dios. No se trata simplemente de asumir un cargo o un título, sino de vivir una vida consagrada al Señor en todo momento y en todas las áreas de nuestra existencia.
Por eso todos los nazarenos debemos reflexionar sobre nuestro llamado y vocación. No es cuestión de buscar reconocimiento o estatus, sino de responder fielmente al llamado de Dios con humildad y obediencia. Que nuestro mayor anhelo sea glorificar a Dios y servir a nuestro prójimo, incluso (¡y especialmente!), cuando nuestra vida ministerial se ejerce humildemente en el contexto de nuestra iglesia local. El llamado de Dios al ministerio no es una medalla para presumir, sino un peso en el corazón que nos impulsa a servir con amor y dedicación. Que cada uno de nosotros tome este llamado con humildad y reverencia, recordando siempre que somos siervos del Dios Altísimo, llamados a proclamar su amor y su verdad en todo momento y lugar.
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