Por: José Samuel Mérida
Hoy quiero hablar sobre un aspecto crucial del llamado al ministerio que a menudo se pasa por alto: la importancia de la educación formal. Si verdaderamente sentimos el llamado de Dios a servir en el ministerio pastoral o misionero, debemos estar dispuestos a invertir el tiempo y el esfuerzo necesarios para prepararnos adecuadamente. No es suficiente con tener un deseo ardiente; debemos también estar dispuestos a aprender y a capacitarnos.
Imaginemos a un joven interesado en la medicina que, en lugar de asistir a la facultad de medicina y obtener una formación profesional, decide leer unos pocos artículos en revistas médicas y luego se presenta como doctor. ¿Qué pensaríamos de él? Nos parecería una actitud poco seria, ¿verdad? De igual manera, si sentimos un llamado al ministerio, no podemos tomarlo a la ligera. En nuestro contexto, esto significa que debemos considerar la posibilidad de asistir al seminario nazareno más cercano, a una universidad acreditada o escuela vocacional para recibir la formación adecuada.
La Escritura nos muestra que la preparación y el estudio son fundamentales. En el Antiguo Testamento, el profeta Daniel se distinguió por su conocimiento y preparación. En Daniel 1:4 se nos dice que era “joven, sin defecto alguno, de buen parecer, entendido en toda sabiduría, sabio en ciencia y de buen entendimiento.” Este conocimiento no llegó por casualidad; Daniel se preparó para servir en la corte del rey con dedicación y esfuerzo.
Del mismo modo, en el Nuevo Testamento, Pablo nos anima a estudiar y a presentarnos como obreros que no tienen de qué avergonzarse. En 2 Timoteo 2:15 leemos: “Esfuérzate en presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad.” Este llamado a la preparación es un principio que se aplica a todos los que buscan servir en el ministerio.
Ahora bien, es importante recordar que el llamado de Dios no siempre se manifiesta en el ministerio pastoral o misionero. Dios nos llama a diferentes vocaciones y servicios, como la ingeniería, la enseñanza, la medicina o el trabajo social. Sin embargo, cuando nos dedicamos a nuestro llamado con un corazón consagrado a Dios, nuestra perspectiva cambia. Ya no se trata solo de alcanzar una meta personal, sino de glorificar a Dios y servir a nuestro prójimo con excelencia y dedicación.
Cuando asumimos un llamado con seriedad y nos preparamos adecuadamente, mostramos un compromiso genuino con la obra de Dios. La preparación académica no es un obstáculo, sino una herramienta valiosa para equiparnos para el servicio. Si Dios te ha llamado al ministerio, no dejes que la falta de preparación detenga tu avance. Al igual que el apóstol Pablo instruyó a Timoteo en 1 Timoteo 4:14, no ignores el don que te ha sido dado. En lugar de ello, busca la educación y la formación que te ayudarán a servir mejor a la Iglesia y a cumplir el propósito que Dios ha puesto en tu corazón.
Para aquellos que están considerando un llamado pastoral o misionero, es crucial entender la importancia de la educación teológica. Ver la oportunidad de estudiar en un seminario nazareno no como un obstáculo, sino como una inversión valiosa en la capacidad de servir con excelencia a Dios y a los demás desde la plataforma de la Iglesia del Nazareno. Este tiempo dedicado al estudio no solo enriquece nuestro conocimiento, sino que también fortalece nuestra fe, preparándonos para ser instrumentos efectivos en las manos del Señor.
Responder al llamado de Dios con humildad y determinación implica comprometerse seriamente con una formación que honre a Dios en cada paso del camino ministerial. Cada esfuerzo y aprendizaje durante este período debería reflejar nuestro deseo sincero de glorificar a Dios y de servir de manera efectiva a nuestra comunidad y al mundo que nos rodea.
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