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No Estoy Avergonzado

“Así que no estén avergonzados de testificar acerca del Señor.” Ahí está, en blanco y negro en el versículo 8 del primer capítulo de 2ª de Timoteo. Sin alejarse de eso; testificar acerca de lo que Jesús está haciendo en nuestras vidas es la expectativa. Es lo que los cristianos hacen. Entonces, ¿por qué hacerlo es tan difícil?

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He sido un misionero en varios países por los últimos años, y me he dado cuenta que durante ese periodo de tiempo yo, también, entro en la categoría de estar “asustado” de compartir con no creyentes lo que Dios hizo en mi vida. Como misionero, parte de mi descripción de trabajo es estar listo para compartir de Jesucristo todo el tiempo con cualquier persona que encuentre. Pero es lo suficientemente asombroso que eso, también, era parte de mi descripción de trabajo antes de que me convirtiera en misionero. Es algo que he tenido que estar haciendo diariamente desde el día en que me convertí en cristiano.

Tal vez tú estás pensando que no has experimentado suficiente. ¿De cualquier forma qué dirías? Bueno, ¿Dios está trabajando en tu vida? ¿Has visto su mano sanadora, o su mano de protección, o su mano de misericordia? Esas son historias que tú puedes compartir – nadie puede decir que eso no sucedió. Quizá ellos no creerán que Dios hizo todo, pero eso no debería detenerte de compartirles. Cada vez que compartes acerca de la grandeza de Dios, una semilla ha sido plantada.

Entonces, ¿estás listo para empezar a compartir con tus amigos lo que Dios está haciendo en tu vida? No te avergüences de testificar acerca de lo asombroso que es Dios. De hecho, una vez que empiezas a hacerlo, te darás cuenta que se vuelve más fácil. Así como todo lo demás, la práctica hace al maestro.

*Esta reflexión pertenece a una serie de devocionales escritos por Scott y Emily Armstrong para adolescentes y jóvenes. 

Donde hay Voluntad, hay una Manera

“La palabra del Señor vino a mí: Antes de formarte en el vientre, ya te había elegido; antes de que nacieras, ya te había apartado; te había nombrado profeta para las naciones. Yo le respondí: ¡Ah, Señor mi Dios! ¡Soy muy joven, y no sé hablar! Pero el Señor me dijo: No digas: ‘Soy muy joven’, porque vas a ir adondequiera que yo te envíe, y vas a decir todo lo que yo te ordene. No le temas a nadie, que yo estoy contigo para librarte. Lo afirma el Señor. Luego extendió el Señor la mano y, tocándome la boca, me dijo: He puesto en tu boca mis palabras.”

Por Emily Armstrong

Dios está llamando a Jeremías a ser un profeta, y Él lo llama muy claramente. Incluso después de saber EXACTAMENTE lo que Dios quiere que él haga, Jeremías todavía dice, “Yo no sé cómo hablar” – él empieza a ofrecer excusas de porqué él no puede hacer lo que Dios le está llamando a hacer. Parece que Dios lo toma con calma y le dice que no se preocupe; Él estaría con Jeremías e incluso va más alla, ¡poniendo las palabras en su boca! No sé tú, pero parece que ¡Jeremías se queda sin excusas!

¿Te has sentido así alguna vez? ¿Que tú sinceramente preguntas a Dios lo que Él quiere hacer con tu día, tu semana, tu vida, y la respuesta que Él te da parece imposible? Cuando le pedimos algo a Dios, ¿de verdad estamos listos para escuchar lo que Él tiene para decirnos?

Cuando mi hijo era pequeño a él constantemente le gustaba darme dos opciones para elegir, como por ejemplo “Mamá, ¿quieres este bloque amarillo o este bloque azul?” Después de que elegía el color que yo prefería, él me miraba y me decía si había elegido el correcto. Y no, no resultaba ser la opción elegida, y la verdad es que él no quería saber lo que yo quería. Desde el principio él sabía que me iba a dar el bloque amarillo, lo eligiera o no.

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Creo que muchas veces nos acercamos a Dios de esa manera. “Ok, Dios, tengo que tomar una decisión – ¿quieres que le hable a la nueva chica de la clase, o debería dejarle eso a alguien más?” Desde el principio estamos esperando que Dios nos diga que le dejemos eso a alguien más, y cuando Él dice, “Sí, quiero que le hables a la nueva chica,” le decimos que no estamos preparados para hacerlo…¿podría él hacernos la misma pregunta mañana?

Muchas veces Dios deja muy claro lo que quiere que hagamos y quiere que seamos obedientes a Él. Más vale que tengamos una muy buena excusa de porqué NO podríamos hacerlo, pero normalmente Dios puede resolver eso. Así como con Jeremías, Dios proveerá una manera para hacer su voluntad.

*Esta reflexión pertenece a una serie de devocionales escritos por Scott y Emily Armstrong para adolescentes y jóvenes. 

Cuando tu Llamado se Siente Demasiado Pequeño

Por Alison Dellenbaugh

El éxito se mide en obediencia.

Últimamente, estoy escuchando mucho sobre “el llamado” y seguir a donde sea que conduzca Jesús. Y he estado allí en la primera fila, empapándome. Mientras tanto, mi iglesia se está enfocando en lo que significa ser realmente un discípulo, sin importar el costo.

Cuando escuchamos estos llamados al discipulado radical y al liderazgo audaz, muchos de nosotros tenemos el espíritu traspasado y queremos firmar, como deberíamos. “Aquí estoy. ¡Envíame!” decimos con Isaías. “¡Como sea! ¡En cualquier lugar!” Estamos listos para dar nuestras vidas, tomar nuestras cruces y seguir a Jesús incluso en aguas turbulentas. ¿Ir a África? ¿Comenzar un ministerio de cuidado de huérfanos? ¿Plantar una iglesia en el centro de la ciudad? No importa cuán grande sea, Señor, ¡lo haremos!

Pero, ¿y si Dios nos pide que hagamos algo pequeño? Ese puede ser el llamado más difícil de todos, especialmente para aquellos de nosotros que sentimos pasión por seguirlo con abandono y hacer una diferencia en el mundo.

Le dije a Dios que haría todo lo que me pidiera, luego esperé a la siguiente tarea. Y pareció decirme: “¿Serás fiel para seguir escribiendo estos anuncios de la iglesia?”

Um, por supuesto, Señor, pero… ¿no tienes nada más? ¿Más fuerte? ¿No tan seguro?

Para ti puede ser algo diferente. “¿Te quedarás en tu puesto actual? ¿Trabajarás en la guardería? ¿Estarás en el comedor de beneficencia local en lugar de en Haití? ¿Dirigir otro estudio bíblico con las mismas cuatro personas?”

El año pasado, sentí fuertemente que Dios me estaba llamando a un nuevo ministerio, aunque no tenía detalles. Esperaba que se abriera una puerta cualquier día, pero vi puertas cerrarse. Después de unos meses, grité en oración tarde una noche, ¡pidiéndole a Dios que por favor me llamara de alguna manera al día siguiente! Y a primera hora de la mañana siguiente, me pidieron que hiciera una nueva tarea ministerial. Una tarea que parecía pequeña. Una tarea que resultó ser tediosa y estresante, requiriendo varias horas de voluntariado a la semana, muy detrás de escena. Dado el momento, casi se sintió como una broma divina.

Sin embargo, el mismo día que obtuve la tarea, uno de mis devocionales fue sobre Zacarías 4:10, que dice en parte, en la Nueva Versión Internacional: “…se alegrarán los que menospreciaron los días de los modestos comienzos…” O en la Nueva Traducción Viviente, “No menosprecien estos modestos comienzos.” Mensaje recibido.

Decidí ser fiel en lo que me dieron, y en el camino busqué a Dios intensamente. Eventualmente fui relevado de esa tarea, pero mientras tanto, nada nuevo se presentaba, y mi esposo, que ni siquiera estaba buscando una nueva oportunidad para el ministerio, ¡se le dio una grande, desafiante! Al menos en Zacarías, los pequeños comienzos dieron sus frutos. Los míos no parecían llevar a ninguna parte.

Durante este tiempo, un estudio de la Biblia solicitó mi definición de éxito. Reflexioné sobre lo que me haría sentir exitosa, y me golpeó: el éxito no logra un resultado particular. El éxito es la obediencia y la fidelidad a Dios: hacer lo que él quiere que haga, donde sea que me haya puesto.

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No se mide por lo que logro en relación con lo que creo que debería haber logrado, sino por cómo respondo a Dios y si he hecho lo que me pidió. Incluso si lo que ha pedido parece menos valioso de lo que esperaba darle.

Yo digo: “¡Pero Dios, podría hacer esto por ti!”

Y Él responde: “Sí, pero ¿harás lo que te pedí?”

Si cumplimos grandes cosas en el nombre de Jesús–separados de su dirección–, serán huecas y no durarán. Si hacemos cosas pequeñas, imperceptibles para otras personas–gracias a su dirección y por amor hacia Él, esas cosas tendrán valor eterno. A menudo somos probados en las cosas más pequeñas: las decisiones momentáneas a seguir, paso a paso, en lo alto o en lo bajo. Por supuesto, deberíamos estar dispuestos a morir por Él, pero también a vivir para Él como sea que nos dirija,, incluso si no es lo que habíamos imaginado. Un ministerio más grande nos puede dar gozo o permitirnos usar nuestros dones de manera más plena, pero no nos traerá más éxito que seguirlo en cualquier otro llamado.

Aún así, todos estamos frustrados cuando sentimos que tenemos más para ofrecer, o dones que no están siendo utilizados. Cuando lo que estamos haciendo no coincide con nuestras pasiones, podemos temer que Dios nos permita desperdiciar. Pero Dios, que comenzó un buen trabajo en nosotros, será fiel para completarlo, está creciendo y dándonos forma para sus propósitos en esos momentos. Escuché a Jill Briscoe decir en una conferencia reciente que a veces aprendemos más de Dios cuando trabajamos fuera de nuestros dones y pasiones. En efecto.

No pasé un día esa temporada sin aprender más de Dios. Si Él me hubiera dado un ministerio más grande cuando lo esperaba, ¿lo habría buscado tan intensamente, o habría dejado de confiar profundamente en Él hasta que tuviera o percibiera otra necesidad? ¿Hubiera visto la oportunidad como una señal de su bondad y amor, olvidando que Él es bueno y amoroso incluso sin eso? Probablemente hubiera pensado que me lo había ganado por mi súper-espiritualidad. Y podría haber encontrado mi seguridad en eso, en lugar de aprender de nuevo a encontrarlo solo en Él.

No me malinterpreten. Todavía estoy orando para que Dios abra nuevas puertas, incluso cuando hago lo que Él me llama a hacer hoy. Pero mientras tanto tengo esta confianza: siempre y cuando sea obediente a Dios, lo estoy complaciendo sin importar lo que estoy haciendo, lo importante que parece, o incluso el fruto que lleva. Y eso no es un llamado pequeño en absoluto.

Este artículo fue publicado originalmente en: Christianity Today.

Aprendiendo de María

Por Charles W. Christian

Una vez escuché a un sacerdote católico contar un chiste acerca de una escena en el cielo. Jesús camina hacia un protestante y un católico, y les dice, “me da gusto ver que se llevan tan bien.” Después Jesús se dirige hacia el protestante y le dice, “quisiera presentarte a mi madre. ¡No creo que ustedes dos se han conocido!”

Nosotros, los protestantes que estábamos entre el público, nos reímos, pero eso me desafío a mirar más de cerca a lo que nosotros como cristianos –ambos protestantes y católicos– podemos aprender de María.

De acuerdo con los Evangelios, aquí hay algunas lecciones que vienen a mi mente:

  • Podemos estar disponibles para la obra de Dios: “Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra. Y el ángel se fue de su presencia” (Lucas 1:38).
  • Podemos permitir que nuestra fe en Dios anule nuestros miedos: [Elisabet dijo a ella] “Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor” (Lucas 1:45).
  • Podemos ser ejemplo de gratitud: “Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador” (Lucas 1:46-47).
  • Podemos permitir que Dios hable proféticamente a un mundo que necesita un Salvador: “[Dios] Hizo proezas con su brazo; esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes” (Lucas 1:51-52).
  • Podemos aprender a atesorar las dádivas de Dios: “Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lucas 2:19).

Hay muchas otras lecciones que podemos aprender del ejemplo de María. Durante esta temporada de Adviento, que, así como María, nos acerquemos al futuro con humildad, fidelidad, y esperanza. Dios ha escogido a su Iglesia para ser los portadores de buenas noticias de la persona y obra de Jesucristo. Adorémoslo, y compartamos estas buenas noticias por el poder del Espíritu Santo, mientras seguimos caminamos juntos a través de Adviento.

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Oración para la semana:

Enséñanos obediencia, Señor
En cada parte de nuestras vidas
Oídos para escuchar tu palabra
Manos para realizar tu obra
Pies para andar por tu camino
Un corazón por tu pueblo
Una boca para gritar tu alabanza
Fe como la de un niño
Humildad
Confianza
Que le diga
A lo posible
Y a lo imposible
Soy el siervo del Señor
Hágase conmigo conforme a tu voluntad
Amén

(De John Birch en faithandworship.com)

Este artículo fue publicado originalmente en: Holiness Today

¡Está Bien, de Acuerdo! ¡Lo Siento!

Por Scott Armstrong

“Oye, pueblo mío, y hablaré; escucha, Israel, y testificaré contra ti: Yo soy Dios, el Dios tuyo. No te reprenderé por tus sacrificios, Ni por tus holocaustos, que están continuamente delante de mí” (Sal. 50:7-8).

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(Leer Salmo 50:7-15)

Tengo mucha suerte de tener un hermano. Como él es solamente dos años menor que yo, tuvimos muchos amigos e intereses en común mientras crecíamos. Jugábamos mucho juntos y aún somos buenos amigos actualmente.

Pero obviamente hemos tenido nuestras peleas también. Recuerdo que mi mamá nos separó muchas veces mientras nos golpeábamos, me miraba y exigía, “di que lo sientes, Scott”.  Por supuesto, como un hijo obediente, con sincero remordimiento en mi corazón por lo que había hecho, murmuraba entre dientes, “lo siento,” y esperaba a que mamá saliera de la habitación para hacerle una mueca a mi hermano.

Si tú tienes un hermano o hermana, sabrás exactamente de qué estoy hablando. Hay maneras de decir “lo siento” genuinamente, y maneras de decirlo sin una pizca de arrepentimiento. Hay veces en que hemos pedido perdón de corazón, y hay veces en que sólo lo hicimos porque era lo que se supone que debíamos hacer.

“Misericordia quiero, y no sacrificio” (Mateo 9:13, Oseas 6:6). En el Salmo que acabamos de leer, Dios está exhortándonos otra vez a la obediencia.  Si yo le digo a mi hermano “lo siento”, y cinco minutos más tarde le hago lo mismo para irritarlo, ¿lo habré dicho de corazón? Dios está tratando con el mismo problema.  Muchos de sus hijos oran a Él o, en el contexto del Antiguo Testamento, le sacrifican toros y cabras, sin tener la intención de obedecerle. Él desea gratitud; Él quiere que “paguemos nuestros votos” –en otras palabras, que le obedezcamos (v. 14). Cuando lo buscamos sinceramente, Él nos librará (v. 15), pero quiere que vengamos a Él con humildad genuina y con un deseo real de obedecerle.

¿Cómo ha sido tu relación con Dios recientemente? ¿Has estado sirviéndole porque es lo que debes hacer o porque genuinamente lo deseas? ¿Ha brotado de tu corazón la obediencia, o ha sido meramente externa? Dios quiere que lo obedezcamos por amor y gratitud por lo que Él ha hecho. Ora en este mismo momento. Ese tipo de relación con Él puede empezar hoy.

¡Buena Enseñanza, Jesús!

Por Scott Armstrong

“Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca…Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena…” (Mateo 7:24, 26). 

(Leer Mateo 7:21-29)

El Sermón del Monte es la famosa enseñanza de Jesús que abarca desde capítulo cinco hasta el siete, del libro de Mateo. En estos tres capítulos somos testigos del más grande predicador que ha vivido predicando el más grande sermón de la historia. ¿Y cómo supones tú que podría concluir Jesús tan increíble mensaje? 

Él termina este asombroso sermón hablándonos de dos constructores. Uno tenía sentido común y construyó su hogar en un fundamento sólido y consistente. El otro –bueno, él muy tontamente construyó su casa en la arena. Cuando la tormenta vino, sólo una casa permaneció en pie. Es una historia bastante básica.  No muy complicada. ¿Por qué Jesús termina un sermón tan maravilloso con esta historia?

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En esta sencilla parábola, Jesús enfatiza la obediencia. El hombre prudente es como “cualquiera que me oye estas palabras y las hace”. El hombre insensato representa a “cualquiera…que no las hace”. Aparentemente es posible que escuchemos las palabras de Jesús sin nunca hacer algo como respuesta. Santiago dice que si escuchamos o leemos las enseñanzas de Jesús y no cambiamos nuestras vidas después, es como si miráramos nuestro rostro en el espejo, y luego nos vamos e inmediatamente olvidamos cómo nos vemos (Santiago 1:22-25). No sé ustedes, pero si yo viera en el espejo que tengo suciedad en mi rostro o un pedazo de comida en mis dientes, ¡arreglaría el problema en ese mismo instante!

Entonces, ¿por qué escuchamos las palabras de Jesús y no las obedecemos? ¿Por qué nos vamos de los cultos en los que la Palabra de Dios ha sido predicada y le decimos al pastor, “buen sermón pastor”, como si se tratara de un sabroso postre? ¿Nos damos cuenta de que estas enseñanzas pueden –y deben– cambiar nuestras vidas? ¿Reconocemos que el lugar donde pasaremos la eternidad depende de cómo respondemos a la Palabra de Dios (v. 21-23)?

Lee Mateo 7:28-29 otra vez. Al final del mayor sermón alguna vez predicado, Mateo nos deja la incertidumbre, ¿quedó la muchedumbre solamente asombrada por las enseñanzas o las pusieron en práctica? No tenemos idea. Pero la pregunta es ahora para ti. ¿De verdad escucharás lo que Él te está diciendo hoy y en esta semana? ¿Lo pondrás en práctica y lo obedecerás?

Noticia de Último Minuto: Noé, Salvo Por la Gracia de Dios

Por Scott Armstrong

“Y miró Dios la tierra, y he aquí que estaba corrompida; porque toda carne había corrompido su camino sobre la tierra” (Génesis 6:12).

(Leer Génesis 6:9-22)

Después de leer la historia de Noé, siempre pienso una cosa.  ¿Por qué enseñamos esta historia a nuestros niños? ¿Se trata del juicio e ira de Dios, o no? Noé y su familia están dentro del arca estudiando zoología temporalmente.  Los cielos se abren. Las aguas suben. Y…todo el mundo se inunda. ¿Puedes imaginarte lo aterrados que estarían nuestros sobrinitos e hijitos si les contáramos cada detalle? Supongo que es una historia para niños porque tiene animales. 

Pero, hay otra cosa que pienso es extraña con respecto a esta historia.  Tenemos que reconocer que Dios está muy enojado acá. Él lamenta haber creado al hombre y su corazón está lleno de dolor (v.6). Recuerda: Él es el “Dios misericordioso y clemente, lento para la ira, y grande en misericordia y verdad” (Sal. 86:15), pero la maldad es tan horrible que este mismo Dios baja el puño y grita, “¡Basta!”

Y aquí está la parte rara. Durante todo este tiempo de compartir con Noé sus planes de destruir la humanidad, Él hace una pausa y le da a Noé instrucciones detalladas acerca del barco. “Quiero tres niveles, Noé, y necesitas usar un cierto tipo de madera …” Luego, Dios le da instrucciones detalladas sobre su familia, los animales y otras cosas importantes; luego, el Dios que está furioso, espera.  La mayoría de eruditos dice que requirió 120 años construir esta arca gigante.  ¿Por qué no destruyó Dios la humanidad en un instante mientras que estaba muy enojado? ¿Por qué no dijo Dios a Noé sólo, “Hazte un arca, Noé, estoy harto de esto”?

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La respuesta es la clave de esta historia. Aún en su enojo, Dios no puede ser inclemente.  Él siempre ama a su creación. La esencia de su carácter siempre es amor.  Entonces él toma el tiempo para hacer una pausa y explicar al único hombre que está viviendo una vida santa lo que necesitará hacer para salvar la humanidad.  ¿Es increíble, no? Eso significa que, como hijos de Dios, no sólo debemos servirle con temor sino que somos libres para servirle con amor. Podemos obedecerle, como Noé, simplemente porque le amamos profundamente. La pregunta es: ¿Has llegado a este punto en tu vida? ¿Cuándo fue la última vez que fuiste abrumado por su amor y misericordia?

Recuerda: aún en el juicio hay gracia.  Aún en la ira hay amor. Y aún una historia de niños puede enseñarnos eso.

Yendo un poco adelante

Pastor Gerardo Aguilar

Oí de un hombre padre de familia enfermo de cáncer con un diagnóstico de sólo semanas de vida. Decidió testificar en su iglesia local. El hombre se paró enfrente; su esposa e hijos están sentados en las primeras bancas. El hombre habló y dijo: Sé que moriré pronto. Sé la causa y tengo la idea de cuándo podría ser mi último día. En realidad –dijo él–, todos en este lugar estamos muriendo de alguna manera, pero algunos no saben de qué morirán y cuándo será esto. Es cuestión de tiempo.

Creo que nadie espera decir esto tan fácil sabiendo que la gente que más amas está en primera fila y lo escuchará sin escollo.

Una etapa crucial en la vida de Jesús fue en Getsemaní momentos previos a su pasión y muerte en la cruz. Fue un lugar donde hizo oración al Padre teniendo una plática similar a la de aquel hombre enfermo de cáncer. Jesús sabe que pronto morirá, y sabe muy bien cómo. Sabe también que sus amigos le abandonarán sin excepción. Morir es cuestión de tiempo.

Mateo 26:39 nos dice: Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.”

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Quiero resaltar las palabras iniciales del verso: “Yendo un poco adelante…’’ Estas palabras expresan que el Señor Jesús quiso voluntariamente seguir lo iniciado para completar el plan de salvación del hombre; por ello, el Señor fue ministrado por el Espíritu Santo esa noche en Getsemaní. Hablar en intimidad con su Padre trajo la fortaleza necesaria para continuar su misión redentora. Pidió sumisamente en oración al Padre que se hiciera Su soberana voluntad y no la propia.

  • ¿Has pensado desistir de un plan y propósito de Dios para tu vida?
  • ¿Estás invirtiendo tu tiempo, es decir, tu vida en lo que realmente vale?
  • ¿Has pedido al Señor que se haga Su voluntad y no la tuya en tu vida?

El padre de familia de nuestra historia finalmente habló victorioso a su iglesia y familia citando Gálatas 2:20: “Con Cristo estoy juntamente crucificado y ya no vivo yo, sino Cristo vive en mí.” Se aferró a la voluntad de Dios en su vida.

En esta Cuaresma, imita la obediencia y perseverancia de Cristo evidenciada en Getsemaní. Atiende el supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.

Vive para Cristo.

Cumple el propósito para el cual estás en esta vida.

Ama a Dios sobre todas las cosas y sírvele como nunca antes.

En estos días, ¡vamos un poco adelante!

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