Por Cathy Spangler
Mi hijo tenía un perro al que a veces cuidaba cuando trabajaba muchas horas. Vivía cerca de un lago, así que yo solía sacar a pasear a «Charlie», algo que le encantaba. Ambos disfrutábamos cuando percibía un olor extraño o veía algún bicho raro.
¿El único problema? Charlie pensaba que me llevaba a MÍ a pasear en lugar de que yo lo paseara a ÉL. Siempre tenía la correa estirada al máximo. Yo podía asegurarla, pero solía dejarlo correr del todo si no había otros perros cerca. Aun así, Charlie nunca pensó que fuera suficiente. Me jalaba y tiraba de mí durante todo el recorrido del lago. Lo habría disfrutado si se hubiera conformado con caminar conmigo.
A veces veo perros que caminan CON su amo. Prestan atención a la dirección en la que va. Les encanta estar CON su amo. Cuando hay problemas, ¡están cerca de él y no lejos!
En nuestro caminar con Jesús, muchos somos como Charlie: intentamos ver hasta dónde podemos llegar sin meternos en problemas. Nos resistimos a la guía y corrección del Espíritu Santo.
¿Qué perro le da más placer a su amo? ¿A qué perro se le confiará más responsabilidad? ¿Qué perro será recompensado? Un dueño siempre amará a su mascota (normalmente). Yo amaba y me preocupaba por Charlie. Pero Charlie se estaba perdiendo algo conmigo que ni siquiera comprendía: ¡una dulce compañía en el paseo!
Un perro de compañía ha crucificado sus instintos naturales y la atracción del mundo que lo rodea para permanecer en el GOZO de su amo.
El que tenga oídos para oír, que oiga.
Gálatas 6:14/Juan 15:11/3 Juan 1:4
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