¿Cómo Podré Estar Seguro de Esto?

Por Scott Armstrong

Hemos llegado al final del Adviento y ahora oficialmente estamos en la época de Navidad (así es: de acuerdo con el calendario cristiano ¡Navidad acaba de empezar!). ¡Nuestro Salvador ha nacido en Belén! ¡¿Qué gozo más grande que éste?!

Desde principios de diciembre muchos pasajes han demostrado ser significativos en mis tiempos devocionales, predicaciones y reflexiones. Sin embargo, hay una frase peculiar que sigue resonando en mi mente y corazón que al principio parece tener muy poco que ver con Adviento o con la historia de Navidad:

“¿Cómo podré estar seguro de esto?” (Lucas 1:18).

Tal vez un poco de contexto ayude.

Zacarías y Elisabet están más cerca del retiro de lo que les gustaría estar, y ellos se han rendido ante la esperanza de tener un bebé. A pesar de su inigualable integridad (v.6), ellos han permanecido excluidos, los comentarios de sus vecinos y de sus llamados amigos han hecho que incluso se pregunten si hay algo mal con ellos espiritualmente. Ellos han orado, llorado y confiado en el tiempo de Dios y otra vez solo para decepcionarse mes tras mes y año tras año. Servir a Dios todavía es su compromiso inquebrantable, pero solía ser su pasión y gozo.

¿Por qué para nosotros no, Señor? ¿Por qué para los demás sí?

Un sacerdote (esta vez, Zacarías) es elegido para entrar al templo interior y quemar incienso para el Señor. Los adoradores están afuera. Esto sucede cada año.

Excepto que este año el ritual no va según lo planeado. Un ángel aparece y casi le da un infarto al viejo Zacarías. Y su mensaje fue más asombroso que su apariencia: “No temas. Tu oración ha sido escuchada. Tendrás un hijo. Le pondrás por nombre Juan.”

Todos los contemporáneos de Zacarías ya eran abuelos, algunos eran bisabuelos. Ahora, ¡¿se supone que él crea que será papá por primera vez?! Es más de lo que cualquiera de nosotros pudiera haber manejado.

Y ahí es cuando escuchamos su jadeante y titubeante respuesta:

Cómo. Podre. Estar. Seguro. De. Esto.

No había nadie más íntegro en Israel que Zacarías. Nadie más tenía acceso a la misma presencia de Dios como él (este año, literalmente). Y por décadas nadie había tenido más fe que Zacarías. Y aún así la pregunta tartamudeó sobre sus labios en incredulidad. De verdad, es inquietante.

Una cosa es creer que Dios es capaz de hacerlo imposible. Pero otra cosa es creer que Él lo hará.

Y una cosa es creer que Dios hará lo imposible en la vida de alguien más. Pero otra cosa es saber que Él va a intervenir en medio de tu imposibilidad.

“Escucho tu voz, Señor. Entiendo el mensaje. Es solo que, en lo profundo, tengo que ser honesto: ¿cómo puedo estar absolutamente seguro de que tú vas a intervenir?”

La mejor cura para la falta de fe que nos traiciona en momentos como estos a menudo es el silencio. Bien, el geriátrico Zacarías tuvo una dosis grande de eso. Durante el embarazo de su esposa, él podía escribir mensajes, pero no todos podían leer al mismo tiempo. Él se volvió muy bueno en las charadas, pero muchas personas perdieron la paciencia con él o solamente empezaron a reírse de las señales que hacía con sus manos. Así que él acabó teniendo mucho tiempo para solamente escuchar.

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Y en esos nueve meses de silencio forzado, él escuchó la voz de Dios más claramente de lo que la había escuchado antes.

“Elisabet tenía náuseas matutinas. ¿O pensabas que era el pan y los higos que había comido?”

“Su vientre estaba creciendo, Zacarías. Puedo decir que estás empezando a creer después de todo…”

“¿Sientes esa patadita? ¡Jaja! ¡Este bebé de seguro va a cambiar el mundo!”

Hasta que, finalmente…

“¡Zacarías, esto es todo! ¡El bebé está listo! Elisabet está pujando. ¿Puedes estar seguro ahora?”

Escuchar, escuchar, escuchar.

Y en el octavo día después de su nacimiento, cuando se escabulló para escribir en la tabla: SU NOMBRE ES JUAN, su fe había crecido tanto como el gozo que él tenía mientras cargaba a su pequeño niño. Su lengua estaba suelta y no había nada más que hacer que dar rienda suelta a las alabanzas a Dios quien asombrosamente había hecho – y todavía estaba haciendo – lo imposible.

Ahora estaba seguro de esto.

 

 

Acerca de Scott Armstrong

Soy Scott Armstrong. Tengo la esposa más hermosa del mundo, Emily. Tenemos dos hijos: Elías (14 años) y Sydney (12 años). Soy misionero en la Iglesia del Nazareno, Región Mesoamérica, y Coordinador de GÉNESIS, un movimiento para impactar los centros urbanos de nuestra región de manera misionera.

Publicado el 26 diciembre 2018 en Calendario Cristiano, Fe y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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