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Verdaderamente Libre

Por Raphael Rosado

 

¿Qué significa ser libre? En esta época parece que el consenso popular se ha movido hacia una definición de libertad donde eres libre si puedes elegir sin interferencia. No importa lo que elijas después que lo elijas tú mismo.

Esta idea parece deficiente. Tome un adicto por ejemplo. Cada día se levanta y “elige” salir a buscar la sustancia que lo está matando. A pesar de toda la información que existe sobre los efectos dañinos de las drogas, todos los días estas personas “deciden” en el ejercicio de su “libertad” continuar usando esas sustancias. ¿Es una persona adicta realmente libre? Peor aún, cuando alguien lo aconseja, el adicto dice: “Es mi vida y soy libre para hacer con ella lo que quiera.”

Piense en un adolescente empezando a descubrir el mundo. Él quiere ejercer su libertad asistiendo a una fiesta con entretenimiento para adultos. Su padre le aconseja que no debe ir a ese lugar. Me parece escuchar la respuesta del hijo: “Yo soy libre y tú no puedes decirme qué hacer.”

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Si la libertad se reduce a “elegir por elegir”, estamos condenados a celebrar todos los errores en su nombre. Tiene que existir una mejor definición.

En Juan 8:32 Jesús nos dice “y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.” La libertad no se trata de tomar cualquier decisión, sino de tomar la “decisión correcta”. Cualquiera puede elegir, pero para ser verdaderamente libre hay que “elegir bien”. Las buenas decisiones sólo se toman cuando están basadas en la verdad: Jesús es la verdad.

En Juan 8:38 Jesús compara el pecado con la esclavitud. No está diciendo nada nuevo; la mayoría de los grandes filósofos antes de Jesús ya habían observado que un ser humano que le da rienda suelta a sus deseos y pasiones se convierte en esclavo de ellas, conclusión que hemos olvidado. Sin embargo, todas las soluciones propuestas a ese problema han resultado insuficientes.

En el verso 36 Jesús nos da la única solución posible: “Si el hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.” Jesús, en quien habita la plenitud del conocimiento, sabe lo que es mejor para nosotros. Sólo Él puede ayudarnos a pasar del “elegir por elegir” a “elegir bien”.

En esta Cuaresma reflexionemos sobre lo que significa la libertad en Cristo. “Les hablo así, hermanos, porque ustedes han sido llamados a ser libres; pero no se valgan de esa libertad para dar rienda suelta a sus pasiones. Más bien sírvanse unos a otros con amor.” (Gálatas 5:13)

Amar y Respirar

Por Raphael Rosado

 

Piensa en una decisión difícil que hayas tomado.

¿Cómo elegiste? Probablemente buscaste razones para evaluar las posibilidades y escogiste las que te parecieron más convincentes. Toma la compra de un vehículo por ejemplo. Hay muchos modelos, colores, y marcas que podrán complicar el proceso. Además, la sabiduría de comprar un vehículo varía con el contexto. Si vives en una ciudad con transportación pública eficiente y barata probablemente no tienes razón para comprarte un vehículo. Ahora bien, si vives en un área rural donde no hay transportación pública, la compra de un vehículo es imprescindible.

Sin embargo, existen acciones que no necesitan razones. Toma el respirar por ejemplo. Imagina a una persona haciendo un análisis racional intentando encontrar razones válidas para continuar respirando. Suena extraño. No parece ser necesario justificar nuestra respiración, respiramos porque es nuestra naturaleza hacerlo. Respirar es una característica de nuestra biología, es necesario, no puede ser de otra manera.    

En Juan 11:8 se nos relata que Jesús decide volver a Judea sabiendo que ese viaje terminará en la cruz. Los signos eran tan obvios que hasta los típicamente perdidos discípulos le preguntan: “Rabí, los judíos te buscan para apedrearte y ¿tú vuelves allá?” Jesús contesta la pregunta de sus discípulos de una manera curiosa. “¿No tiene el día doce horas?” Preguntar por qué Jesús va a la cruz es como preguntar por qué el día (desde el amanecer hasta el anochecer) tiene doce horas. La respuesta es clara en ambos casos: porque esa es su naturaleza. Jesús no necesitaba una razón para amarnos porque Él es el amor mismo. El amor es su naturaleza. La realidad es que no existía ninguna razón válida para lo que Jesús hizo. ¿En qué mundo es razonable que el bueno muera por el malo, el inocente por el culpable, el justo por el injusto?

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Jesús nos muestra con su respuesta que quien busca razones para amar no ha entendido la naturaleza del amor. El amor no depende de las circunstancias porque no existe un contexto en el cual amar sea incorrecto. Jesús va a la cruz porque el amor es su identidad. Amar verdaderamente implica participar de la naturaleza de Dios y dejar que ésta nos defina.

En esta Cuaresma te invito a orar para que Jesús te haga partícipe de su naturaleza divina (2 Pedro 1:4). Sólo entonces el amor se transformará de una decisión difícil a una acción tan normal como el respirar.

La Capacidad de Adaptarse

Por Raphael Rosado

La capacidad de adaptarse es una de las cosas más maravillosas de la humanidad. Piénsalo por un segundo, los seres humanos nos hemos adaptado como especie a los climas más dispares: desde el frío de los polos hasta el calor del trópico, desde las costas hasta las praderas, desde los bosques hasta los desiertos. Nuestra capacidad para ajustarnos a nuestro medio ambiente es la clave de nuestra supervivencia y la razón por la que hemos dominado el planeta. Desafortunadamente, lo que hacemos tan fácil como especie se nos hace muy difícil a nivel individual.

En Daniel 1:8 la Biblia nos relata que Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la comida del rey. Hemos escuchado cientos de mensajes sobre esta porción enfatizando la necesidad de mantenernos inflexibles en nuestra fe. Sin embargo esta visión de la porción está incompleta porque falla en entender la historia de Daniel. Daniel como miembro de la realeza judía tenía un buen plan. Su futuro se veía claro: ocupar una posición en el gobierno judío y servir a su país y a Dios. Ese plan fue completamente destruido con la deportación a Babilonia.

Es cierto que Daniel se mantuvo firme en sus convicciones. Pero no es menos cierto que él se adaptó a la sociedad Babilónica. Le cambiaron su nombre; aprendió un nuevo idioma, nuevas costumbres y una nueva forma de vestir; aprendió un nuevo oficio y a trabajar en un nuevo contexto. Si Daniel se hubiera empecinado en hacer todo de acuerdo al plan original, hubiese terminado en el último calabozo del palacio. Su capacidad para adaptarse a la nueva realidad y utilizar la estrategia correcta, le permitió llegar a ser una de las personas más influyentes de su época.

Aun el Dios inmutable viendo la condición humana también decidió adaptarse. Filipenses 2:5-6 nos dice que Jesús, siendo Dios, no se aferró a su divinidad, sino que se adaptó, convirtiéndose en uno de nosotros para poder influenciar nuestras vidas a través de la cruz. (Paráfrasis del autor).

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En esta Cuaresma quiero que reflexiones sobre cómo el Dios de la eternidad estuvo dispuesto a adaptarse a nuestra condición para poder salvarnos. Si queremos influenciar a otros, debemos adaptarnos a ellos, tal como Dios se adaptó a nosotros.

La Evidencia del Espíritu Santo

santidadEscrito por: Raphael Rosado, Puerto Rico

Una de las preguntas que más me hace la gente con la que trabajo es como pueden estar seguros de que el Espíritu Santo habita en ellos. Es una pregunta a la que todos nosotros nos enfrentamos en algún momento de nuestras vidas. Algunos de los ministros más importantes de la historia lucharon con esta pregunta durante años, como por ejemplo: Juan Wesley. Este hombre de Dios en un momento estuvo a punto de renunciar a su ministerio y abandonarlo todo porque no sentía seguridad de la obra que el Espíritu Santo había hecho en él.   No fue hasta una noche en un servicio en Londres que sintió un fuego en su corazón y estuvo seguro de que el Espíritu Santo habitaba en él.

Algunas personas comparan la experiencia con el Espíritu Santo con sentir ríos de agua viva corriendo por su cuerpo, otros con hablar en lenguas, o idiomas. En mi caso y en el de otros hermanos simplemente reclamamos la promesa del Espíritu Santo y creímos que Él lo hizo, desde ese día en adelante nunca hemos mirado atrás. He escuchado sobre tantas experiencias distintas que entiendo por qué, a veces, los hermanos se confunden.

Como todas las cosas que tienen que ver con nuestra vida espiritual, no debemos buscar en las experiencias de otros lo que la Biblia claramente delimita. ¿Cuál es la prueba de que el Espíritu Santo habita en ti? Existen dos y ambas son sobrenaturales. La primera se encuentra en Corintios 13. Si yo hablare lenguas, profetizo, interpreto, si mi fe fuera como un monte, si reparto mis bienes o entrego mi cuerpo pero no tengo amor de nada me sirve. La prueba más importante de la presencia del Espíritu Santo en una vida es el amor por la humanidad. En Juan 15:12, Jesús dijo: “Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado.” Cuando amamos a nuestros hermanos con el amor sobrenatural que movió a Jesús a entregar su vida, tenemos una prueba fehaciente de que el Espíritu Santo habita en nosotros.

En segundo lugar existe una evidencia que está íntimamente ligada a un segundo problema: ¿las personas llenas del Espíritu Santo pecan? Esta es una pregunta difícil pero una vez más la Biblia la contesta: En 1 de Juan 2:5-6 se nos dice: “Pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en Él.” El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo. Si realmente el Espíritu Santo ha perfeccionado el amor de Dios en nosotros, comenzaremos a caminar igual que Jesús, pareciéndonos a él cada día más.

Sé lo que estás pensando: sentir los ríos de agua viva y hablar en lenguas son más fáciles. El amor sacrificial y una vida de santidad son más difíciles, ¿no?

Oro porque permitas que el Espíritu Santo haga ese milagro eterno en tu vida.

El Espíritu y la Cultura

MulticulturalEscrito por: Raphael Rosado, Puerto Rico

En Hechos 10 la Biblia nos relata la manera en que el Espíritu Santo llegó a los gentiles.   Pedro fue el discípulo elegido para presentar el Espíritu Santo por primera vez a personas que no eran judías, como en todos los cambios hubo resistencia. Pedro argumentaba que de acuerdo a la ley judaica aquellos que no profesaban las costumbres judías eran inmundos e indignos de recibir la promesa del Espíritu Santo. Pedro era un hombre de fe, el dirigente más importante de la Iglesia, un hombre lleno del Espíritu Santo. Aun así, Pedro no podía ver más allá de su cultura para aceptar la posibilidad de que hubiera otra manera de vivir el evangelio. Incluso después de observar a los gentiles recibir el Espíritu Santo, Pedro continuó teniendo problemas conciliando su cultura con las costumbres de otros cristianos, Gálatas 2:11.

El problema sobre la relación entre el evangelio y la cultura, las obras y la fe no es nuevo. Por el contrario, es el problema más antiguo de la iglesia cristiana. Por eso me parece tan importante recordar la contestación de Jesús a la confusión de Pedro. “No llames inmundo lo que yo he limpiado.” La promesa del Espíritu Santo no depende de nuestra cultura, la ropa que nos ponemos o de nuestra forma de adorar. Desde el comienzo de la iglesia el Espíritu Santo se derramó sobre personas de diferentes culturas sin hacer distinción de personas.

Posteriormente, los creyentes tuvieron que lidiar con otros problemas mientras el evangelio se esparcía. ¿Podemos comer carne sacrificada a los ídolos? Esta pregunta parece tonta hoy día pero su contestación ilustra claramente la forma como Dios mira nuestras decisiones en cuanto a nuestra cultura. Dice Pablo: “Que la muerte de Cristo anuló el acta de los decretos que había en contra nuestra. Por lo tanto nadie puede juzgarnos por comida, ni bebida, ni días de fiesta.” Colosenses 2:14-16. Por eso Pablo nos dice que el “reino de los cielos no es comida ni bebida sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo.” Romanos 14:17. Por lo tanto no podemos limitar o negar la bendición de compartir nuestra experiencia en el Espíritu Santo por razones culturales. De hecho nos está vedado juzgar a nuestros hermanos por su cultura o costumbres.

Significa esto que el bautismo con el Espíritu Santo representa una carta blanca para hacer lo que queramos. Por supuesto que no: Pablo nos dice: “No destruyas la obra de Dios por causa de la comida. Todas las cosas a la verdad son limpias; pero es malo que el hombre haga tropezar a otros con lo que come”, Romanos 14:20. Por lo tanto es el amor a nuestros hermanos lo que nos lleva a alejarnos de ciertas conductas. Pero recordemos ni la salvación ni la santidad dependen de obras, costumbres o cultura. La obra del Espíritu Santo depende del amor que está disponible para todos.

Espíritu Santo: ¿para qué?

        Escrito por: Raphael Rosado, Puerto Rico

              palomaDurante toda mi vida he escuchado sobre la importancia de tener una relación personal con el Espíritu Santo, pero muy pocas veces nos preguntamos, ¿para qué? ¿Cuál es el propósito por el cual el Consolador fue enviado a habitar en nuestros corazones? Creo que un examen de los actos del Espíritu Santo en el Día de Pentecostés nos ilustrarán cuál es el propósito de la tercera persona de la Trinidad.

                Hechos 2:4 nos relata que el Día de Pentecostés todos los discípulos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en diferentes lenguas según el Espíritu les daba que hablasen. Dice el v. 6 que todos los extranjeros que estaban en la ciudad los escuchaban hablar en su propio idioma. Este milagro nos demuestra el propósito principal de la presencia del Espíritu Santo en el mundo: la compresión del evangelio para la salvación de las almas por las cuales Jesús murió. El Espíritu Santo está en el mundo para ayudarnos a cumplir la Gran Comisión. Todo lo demás es secundario.

                Me parece triste cuando observo a las personas pidiendo milagros y manifestaciones del Espíritu Santo que no van dirigidas a la salvación de las personas. El poder del Espíritu Santo no existe para nuestro beneficio personal. Cada milagro que el Espíritu Santo hizo a través de los discípulos tenía como propósito que las personas pudieran encontrarse con Jesús.

                La obsesión que a veces parece tener la iglesia con los milagros y las manifestaciones falla en entender un punto adicional. Los milagros, las sanidades, las manifestaciones – todo es de carácter temporal. Déjame darte un ejemplo: Creo que no debe existir milagro más extraordinario humanamente hablando que una resurrección. Ver a Jesús resucitar a Lázaro debe ser una de las cosas más increíbles que se hayan observado jamás. Sin embargo, luego del milagro la vida de Lázaro continúo hasta que eventualmente murió y esta segunda vez no se volvió a levantar. Ese milagro al igual que todos los demás duró solo un tiempo limitado. Los milagros por maravillosos que sean no tienen valor en sí mismos. Solo tienen significado en función de mostrar la gloria de Dios y salvar a las personas.

                Ahora bien, existe un solo milagro de carácter eterno. Ese milagro es la razón por la que Cristo murió y por la cual el Espíritu Santo fue enviado. Ese milagro es la obra del Espíritu Santo en nuestros corazones. El único milagro permanente es la transformación total y completa que el Espíritu Santo realiza cuando convierte a un ser humano en una nueva criatura. En nuestro ministerio nunca olvidemos la razón principal por la que el Espíritu Santo nos santificó, para usarnos como instrumento para santificar a otros. ¡¡No existe nada más importante, ni más increíble!!

Día de Pentecostés: ¿Hace Falta Poder?

Día de PentecostésHace Falta Poder

Por Raphael Rosado

Me parece muy interesante la forma como Jesús comisionó a sus discípulos antes de ascender al cielo. En Hechos 1:4, la Biblia nos relata que Jesús les ordena que no se fueran de Jerusalén sino que esperaran la promesa del Espíritu Santo. Resulta significativo que Jesús no enviara a sus discípulos a predicar inmediatamente. De hecho la Biblia nos relata que los discípulos, siguiendo las instrucciones de Jesús, se dedicaron a orar (v. 14). Durante este tiempo no predicaron, no hubo milagros, no hubo trabajo misionero, no hubo plantación de iglesias, solo oración. Resulta interesante que los discípulos ya tenían la inmensa mayoría de las herramientas que necesitaban para su ministerio.

Durante tres años habían caminado con Jesús. Habían vivido con Él cada instante de sus vidas. Habían escuchado sus enseñanzas y habían tenido la oportunidad de hacer preguntas y aclarar sus dudas. Habían visto el ejemplo de Jesús, la forma como trató a los pecadores, la forma como se enfrentó a la oposición, la manera en que predicó y enseñó a las multitudes. Habían sentido su amor y misericordia para con el mundo. Más importante aún, eran los únicos testigos de su resurrección. Los discípulos eran los únicos con el conocimiento y la experiencia para poder comenzar la iglesia. Sin embargo, a pesar de todo este conocimiento durante 40 días luego de la ascensión de Jesús, guardaron silencio.

No cabe la menor duda que los discípulos tenían fe. Después de todo, ellos habían conocido a Jesús como nadie en el mundo. La fe de los discípulos había sido probada en el fuego, y aun cuando habían cometido errores, Jesús los había restaurado directamente a cada uno de ellos. La negación de Pedro había sido perdonada e incluso al incrédulo Tomas le fue dada la gracia de poner su mano en las heridas de Jesús. El Señor fue muy paciente con sus discípulos dándole todas las oportunidades posibles.

Pero a pesar del conocimiento, la experiencia y la fe de los discípulos, ellos no estaban listos para comenzar el ministerio. Si hubieran salido el día de la ascensión a predicar el evangelio, hubieran fracasado. Esta verdad demuestra que, en el ministerio, la fe y el conocimiento no son suficientes por sí solos para garantizar el éxito. Hace falta un elemento adicional. Hace falta el poder que solo el bautismo del Espíritu Santo puede dar.

“Pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo,” y entonces “me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (v. 8). ¡No debemos nunca olvidar que el primer y más importante ingrediente en el éxito de nuestro ministerio es el poder del Espíritu Santo!

¡Jesús vive y yo lo conozco!

empty tombSi en algo han aportado los avances tecnológicos, es en la facilidad para tener grandes cantidades de información al alcance de la mano. “Búscalo en Google” se ha convertido en la consigna de todos ante cualquier pregunta o duda. Esto significa que cada día debemos estar más y mejor preparados para dar razón de la fe que habita en nosotros.

Que la Biblia tiene errores. Que tiene contradicciones. Que la Biblia fue alterada. Que el evangelio fue un invento de los apóstoles.  Que la ciencia refutó a Dios o que la Filosofía lo mató.  Todos los días parece más complejo presentar el evangelio.

Recuerdo un gran amigo con el que tuve intensas discusiones sobre estos temas.  Un día me di cuenta que ninguna cantidad de argumentos podría moverlo de su incredulidad.  En una ocasión en medio de una discusión le dije: “Olvida los argumentos por un segundo. ¿Somos amigos?, ¿Confías en mí?”sharing faith

“Sí,” fue su respuesta.

“Pues lo que te estoy diciendo es que yo conozco a Jesús personalmente y quiero que tú también lo conozcas.” Por primera vez no hubo argumentos ni refutaciones.  Ya la discusión no era filosófica, era personal.  El evangelio es una relación con Jesús y la mejor forma de transmitirlo es a través de buenas relaciones con nuestros semejantes. Un amigo presenta a Jesús a otro amigo.

Al mirar la forma como los apóstoles predicaron el evangelio, salta a la vista que el eje central de la historia es que Jesús resucitó, vive, y que tú y yo podemos conocerlo personalmente. Pablo nos dijo que si Jesús no hubiese resucitado vana es nuestra fe. 

A veces en el proceso de desarrollar nuestro ministerio pensamos que esta verdad es obvia para todo el mundo. Después de todo, por eso están en la iglesia, ¿no?  También pensamos que en nuestras culturas latinoamericanas todo el mundo tiene una base cristiana. Sin embargo, cada día las personas son bombardeadas con información que intenta hacerlos dudar de que Jesús viva. Si negamos a Jesús, ninguna cantidad de enseñanzas morales nos harán mejores seres humanos. Por mucho que enseñemos “vida cristiana” o “discipulado”, si nuestros hermanos no están seguros de que Cristo vive, le será imposible vivir como él.  Pero si reconocemos que Jesús vive y nos relacionamos con él, instintivamente comenzaremos a imitarle.

El mundo ha cambiado, pero creo fervientemente que en lo esencial los seres humanos siguen siendo iguales. Más aún, estoy seguro de que Jesús no ha cambiado.  En el proceso de diseñar estrategias para nuestro ministerio no debemos olvidar que al final del día el evangelio no es una filosofía, ni una teoría, sino una relación. ¡¡Jesús vive y yo lo conozco!!

*Gracias a Raphael Rosado por haber escrito este artículo.

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