Ayer en la noche regresé de Chiapas, México donde experimenté algo inolvidable. Yo fui invitado para predicar y dar un taller en una actividad de Esgrima en el Distrito Sur Pacífico. El próximo día prediqué en dos iglesias y las dos me impactaron mucho. Voy a hablar de este viaje toda esta semana porque Dios me enseñó muchas cosas importantes.
Empecemos en un pueblo que se llama San Nicolás donde llegué el domingo en la mañana. Sinceramente es un lugar que quizá no va a aparecer en muchos mapas de Chiapas, pero hay una Iglesia del Nazareno viva y creciente allá. Si no estoy equivocado, yo fui el primer misionero que había llegado a esta iglesia en sus más de veinte años de existencia. Y ellos estaban preparados.
Tienen una banda de Mariachi sumamente talentosa formada por miembros de la misma iglesia y ellos cantaron himnos preciosos al Señor que sonaban en todo el pueblo. También de las casi 200 personas en la congregación, bien apretados en las bancas y algunos mirando de fuera por las ventanas, sonaban los gritos de alabanza (“¡Amén!” “¡Gloooooria a Dios!” “¡Aleluya!”) para que todo el mundo supiera que Dios estaba allá presente.
Por supuesto cuando llegó el tiempo de la prédica yo estaba listo y me sentí el Espíritu Santo en una manera casi palpable. Leímos Lucas 9:21-27 y Mateo 19:16-30 y prediqué sobre el sacrificio que el llamado de Dios requiere en nuestras vidas. Compartí el testimonio de un joven mexicano, Enrique Rasgado, que paso por paso siguió a Jesús, entregándole todo, y que ahora está sirviendo como misionero en el Medio Oriente. En el tiempo del llamado, muchos jóvenes y adultos y también dos niños preciosos pasaron al altar para aceptar el llamado de Dios en sus vidas.
El pastor, Exsaú, anunció después que íbamos a cantar algunos coros más y mientras yo iba a pararme enfrente para que los niños de la iglesia pudieran venir y regalarme algo. Sorprendentemente la canción empezó y niños uno por uno vinieron para darme una ofrenda…¡de comida! Pensé al principio que iba a tener buen refrigerio, pero después me di cuenta que iba a tener comida para una semana: mangos, plátanos, pan caliente, y otras ofrendas de las cosechas de los hermanos llenaron dos bolsas grandes que llevamos al auto después. Algunos adultos vinieron y metieron una moneda de 5 pesos en la bolsilla de mi camisa. ¡Aún dos personas me entregaron dos pañuelos nuevos, sabiendo que estaba sudando tanto en el calor que había esa mañana! Nos abrazamos y ellos oraron por mi y por mi familia que quedó en Guatemala. Después, Exsaú se acercó a mi y puso en mis manos un sobre y me miró en los ojos diciendo, “También recogimos una pequeña ofrenda para usted, mi hermano. Estamos tan agradecidos de tenerte entre nosotros y no dejaremos de orar por su familia. Gracias por venir.” Esa noche abrí el sobre y descubrí que había recaudado más de 1,600 pesos—¡un sacrificio enorme para esa iglesia rural!
Me abrumaron con amor. No lo merecí—soy un hombre servidor como ellos. Pensé que iba a predicar y poder ofrecerles algo en mis palabras y mi breve ministerio allá pero, pero fue al contrario. Ellos ofrecieron todo para mi, sirviendo, sacrificando, y derramando las bendiciones del Señor sobre mí.
Y así es casi siempre. Para el misionero hay desafíos y existen dolores y aun sufrimientos a veces. Sin embargo hay muchas más veces de bendición abundante, tiempos cuando un misionero humilde tiene que hincarse maravillado y llorar en gratitud por el amor expresado por los a que sirve y que le sirven a uno. Exsaú y la Iglesia del Nazareno de San Nicolás, quizás el gobierno ni sabe donde están ubicados, pero Dios sabe y yo sé y quiero agradecerles por enseñarme mucho sobre sacrificio y el gozo que hay en el Señor.
Ciertamente, Dios nos sorprende mientras decimos que SÍ a Su llamado, Él nos colma de Su gracia ante quienes nos toca servir, quienes con su amor y detalles nos quebrantan y hacen ver cuán humildes hemos de ser, porque eso es lo que sucede, que la humildad se nos recuerda a través de ellos.
Pablo celebró siempre agradecido las dádivas de los filipenses y aún hoy, todos los que servimos a Dios es misiones y en Su obra, que es infinita, recibimos con agradecimiento lo que Sus hijos nos dan, pero lo hacemos llenos de muchisima sencillez….
¡Es un misterio de amor recibir a veces de quienes menos tienen! porque «la riqueza está en el corazón del hombre y no en los bienes que posee».
Dios le bendiga