Radamés

Por: Ruth Keila Molina

Algunos podrían pensar que siendo misionera tengo un don especial para tener paciencia y amor casi de manera automática para todos.  Quiero confesarles que a veces me es difícil, especialmente cuando alguna persona se especializa en causar dolores de cabeza.  Ese niño “dolor de cabeza” para mí mientras estuve en Panamá se llamaba Radamés.

Cada sábado trabajábamos con los niños en el club infantil, y cada semana se repetía la misma historia.  “Radamés, ¿por qué estás peleando?  ¡Bájate de ahí!  ¡Puedes lastimar a alguien!”, etc. etc.

Conociendo más de su vida y contexto, aprendí que Radamés era muy conocido en su barrio.  Todos los demás niños tenían problemas con él, y esto también le sucedía en la escuela.

Aun así, cada sábado pasaba por él, y Radamés siempre salía contento a recibirme con una gran sonrisa y abrazo. Cada sábado yo me hablaba a mí misma y me decía -hoy va a ser un día distinto, empezamos de cero, voy a tener la mejor actitud con él.

Comenzamos a celebrar sus pequeños logros y a recompensar no sólo a Radamés, sino a cada niño por sus logros en aprendizaje y conducta.  Poco a poco su conducta fue mejorando. No eran pasos gigantes, pero sí veíamos un cambio.

Inscribimos a la misión para participar en MEBI, un concurso de juegos bíblicos para niños. Cuando hicimos el equipo, yo dudaba en involucrarlo, pero él estaba muy deseoso de participar.  De hecho, se esforzó mucho por estudiar, y al final logró quedar en el equipo de 10 niños que nos representaría.

Se celebró la competencia y – qué sorpresa – ¡clasificamos a la final!  Era un día muy importante para los niños.  Había entrenado a un niño para que concursara en un juego muy difícil, porque requería mucha memorización.  Su nombre era Kevin: un niño de calificaciones perfectas, que hacía su tarea recién llegaba de la escuela. Yo sabía que Kevin se luciría en este juego.

El día de la final llegó ¡pero Kevin, el niño que nos daría el campeonato, no!  No asistió porque estaba enfermo. Radamés entonces se me acercó y dijo: Maestra, yo puedo hacerlo. Le dije: Está bien, confío en ti, si se te olvidan las respuestas, no te preocupes, solo quiero que des tu mejor esfuerzo, no importa el resultado. ¡Gracias a Dios por los momentos de sabiduría para decir lo correcto!

Sabía que sería muy difícil que él lograra un punto para el equipo en algo que no había estudiado. Para sorpresa de todos, cuando le tocó participar, ¡con una gran sonrisa contestó todo bien! Nos regaló a todos los puntos que necesitábamos.  Todos brincamos de las sillas para aplaudirle y gritar: ¡RADAMÉS! ¡RADAMÉS!  ¡Aun nosotros nos sorprendimos cuando al final sumaron todos los puntos y nos declararon campeones! Ni Radamés ni yo, y creo que ningún niño que estuvo en el equipo olvidará ese día.

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El dia de la final. Él es el niño a la derecha de Ruth.

Algunos días antes de salir del país, lo visitamos para despedirnos. Radamés fue tal vez la persona que más lloró por nuestra partida.  Ese día me dijo: Maestra, ¿quién va a hablar conmigo? ¿Quién me va a ayudar a ser mejor? ¿Quién va a ayudarme y me enseñará?

Le aseguré que nunca estaría solo, y que habría maestros que seguirían invirtiendo su vida en él, ayudándole, siendo amigos de él.  Le dije que había una familia nazarena que él ya conocía y que siempre estaría ahí, aun cuando yo no estuviera. ¡Y lo más importante era que Dios siempre estaría cerca de él!

La vida e historia de Radamés cambiaron.  Hoy es líder entre los niños.  Asiste fielmente a sus clases los sábados y domingos en el templo. Si hay algo que hacer en la iglesia, es el primero en ofrecerse a ayudar.

Y no solo la vida de Radamés cambió, sino la de su familia y, de hecho, la mía.  Yo sé que Dios tiene algo grande para él.  El Señor se especializa en los casos que otros no queremos tratar para hacer algo hermoso.  Eso me lo enseñó Radamés: debemos aprender a no ver con los ojos humanos sino con el corazón, como Dios nos ve.

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