¡ES TIEMPO!

Por: Erika Ríos Hasenauer

Es tiempo que como nación, y especialmente como comunidad de fe, reconciliación, compasión y santidad, hablemos del tema. El reciente incidente racial en los Estados Unidos atrajo la atención mundial. El movimiento Black Lives Matter (la vida de los afroamericanos importa) está provocando diálogos o discusiones al respecto, estemos listos o no.

No pude detener las lágrimas mientras observaba petrificada las escenas televisivas del abuso y maltrato de una persona que tiene dignidad. La discriminación es un asunto personal. No ha sido fácil escribir sobre esto, pero permíteme compartirte las siguientes páginas. Si no estás dispuesto a escuchar, por lo menos espero que seas motivado a la reflexión. Dios nos llama, como sus hijos, a ser como Él es. Él no prejuzga, es siempre compasivo, su amor es incondicional y además es altamente creativo para entretejer como el más perfeccionista artista el más increíble tapiz cultural donde vivimos.

Estos tiempos de pandemia son difíciles para todos, la iglesia incluida. Es tiempo de hacer un alto en nuestras agendas ocupadas, de reflexionar y responder a Su voz.  

Si George Floyd, un norteamericano de raza negra con derechos de sangre de tener un pasaporte americano, no solo fue odiado y maltratado, sino que fue asesinado debido al color de piel, ¿qué podemos esperar en el caso de otras minorías?

¿Cuánta división racial, discriminación, prejuicios y estereotipos se infiltran donde no debe existir ninguno – nuestras iglesias y familias – abierta o encubiertamente?

Seré honesta y personal.

Mi propio color bronceado, acento y apariencia física no me permitirá ‘encajar’ en este país. Ni hoy ni mañana. No importa cuanto lo quiera o intente. Ni siquiera por tener educación, doble ciudadanía, hablar inglés, haber tenido una jornada misionera y estar casada con el norteamericano más guapo, esto no ocurrirá. Siempre seré mexicana. Siempre estaré orgullosa de mis raíces hispanas, pero Dios tuvo que trabajar con mi corazón, identidad, autoestima y mis propios estereotipos también.

Tenía unos veintitantos cuando Dios me llamó a un servicio ministerial de tiempo completo usando mi carrera médica. Hubo lucha. Mi madre había fallecido recientemente y partido a la gloria después de luchar contra el cáncer. Entré en un ‘debate’ con Dios sobre mi llamado. -No, Dios, no puede ser en serio. No me puedes estar llamando.

Estaba convencida en ese tiempo que un misionero tenía que ser blanco, de ojos azules, rubio y hablar inglés. Yo no tenía ninguno de esos rasgos, por consiguiente, estaba excluida. Para complicar el asunto, siempre he sido la más pequeña y delgada de todos. ¡Dejé de crecer a mis 14 años! ¿No crees que Dios tiene sentido del humor?

Dios me habló en 1 Samuel 16:7:

“Y Jehová respondió a Samuel: No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.” -“Yo soy quien llama, tú eres quien responde y obedece.

Escogí obedecer. Estaré por siempre agradecida por los padres que Dios me dio. Me enseñaron el concepto de estudiar y trabajar dura y honestamente, y me mostraron el camino al cielo. La frase de mi madre era: “Dale tu excelencia al Señor, y a servir a otros” – eso me formó y forjó. Gracias al Señor me fue posible terminar diferentes estudios en 4 países: la carrera de medicina en una universidad privada en Monterrey, México, maestrías en medicina y Biblia en España, Costa Rica y los EUA. Terminé mi doctorado en el ministerio del Seminario Nazareno de Kansas City.

Era poco probable que Dios me llamara a ser pastor, pero lo hizo. Más lucha interior para obedecer, pero lo hice.  Fui ordenada presbítero en el 2012 y con ello me di cuenta que más dificultades estaban por venir como pastora latina en el contexto de los EUA. No termino de asimilar la razón por la que algunos pasamos reto tras reto en nuestras vidas, pero Él si lo sabe y sus planes son los mejores.

El impacto de mis padres y personas clave de influencia que Dios puso en mi camino, me significaron una gran diferencia. Nada es imposible para Dios. Él usa gente común y corriente para sus propósitos.

La mayoría de nosotros en los EUA tenemos nuestra propia historia de inmigración y posiblemente discriminación. Aunque los EUA ha sido una nación de inmigrantes históricamente hablando, parece que lo hemos olvidado. Algunos expertos explican el sesgo implícito como aquel que nos permite formarnos una idea mental de un extraño en los primeros 30 segundos. 

No hubiera venido a los EUA si no hubiera tenido una asignación misionera de apoyar el ministerio de personas viviendo con HIV/SIDA. El estar cerca de estas personas transformó mi entendimiento del amor incondicional y como un espejo, me mostró mi poca tolerancia y estereotipos hacia personas con un estilo de vida homosexual – uno de los grupos de riesgo.

La comunidad VIH positiva es una de las más mal entendidas y estigmatizadas del mundo. No se sienten bienvenidos ni siquiera en la iglesia, especialmente si revelan su estado o están muy enfermos.

Hay personas vulnerables y de bajo estatus social en los EUA y en todo el mundo. Son aquellos que no encajan, los ciudadanos de países tercermundistas, minorías, de “segunda clase”, “no pertenecen”, “no son aceptables”. Cada una de estas etiquetas dañan más emocionalmente que cualquier maltrato físico. Los pobres, la gente de la calle, los alcohólicos, drogadictos, inmigrantes y especialmente los recién llegados sin documentos y nativo americanos, están al final de la escalera social. Para mi sorpresa, aun con la esclavitud abolida décadas atrás y un reciente presidente afroamericano, la población negra aún se une a esta categoría.

 El racismo es mundial. El racismo es pecado. Lamentablemente he visto racismo en los países más pobres en África, mi natal y amado México, Barcelona y Nuevo México – tradicional e históricamente hispano.

El racismo es un problema sistémico. Como iglesia tenemos que decir y hacer algo al respecto. Aunque tenemos artículos en nuestro manual de la denominación y dictámenes de los Superintendentes Generales, aún hay una brecha con los niveles locales más básicos. La discriminación existe entre nosotros.

El centro nazareno de compasión “Nueva Esperanza” es representativa de esa comunidad tan diversa, culturalmente hablando; la mayoría son de bajos recursos, hispanos de primera generación (la mayoría de México), segunda generación, nativos americanos y anglos. Usualmente no se aceptan mutuamente, pero nuestra filosofía es todos son bienvenidos. Estamos aprendiendo a ser tolerantes y respetuosos.

Ayer tuvimos un grupo pequeño de 5, siguiendo las reglas de distanciamiento social y capacidad permitida. Nos sentamos en círculo en el pequeño cuarto de usos múltiples-santuario. Tuvimos oración, leímos la Biblia, oramos por la nación, la comunidad y las familias. En pocos minutos todos estábamos con lágrimas sintiendo la presencia divina. Una era una abuelita norteamericana de clase alta, una abuela Navajo, una dama Apache, una jovencita de raza mixta y su servidora hispana. Es algo hermoso saber que somos uno en Cristo. Esto sobrepasa las experiencias negativas de discriminación, me recuerdan porqué estamos aquí y que Dios aún tiene un propósito. Algunas de esas experiencias son:

  1. Una dama se acercó a mi después de regresar de un viaje misionero que dirigí en México, y me dijo: “Me alegro que hayas podido regresar y no te hayan detenido en la frontera. Las cosas están difíciles” – erróneamente pensó que no tenía documentos e iba a ser detenida al cruzar. Me pregunto cuántos hermanos bien intencionados piensan que somos indocumentados por el color de nuestra piel.
  2. Dos de nuestros jovencitos hispanos de Nueva Esperanza asistieron a una escuela vacacional predominantemente anglo, pero se sintieron profundamente heridos al ser llamados “Mexican” en tono despectivo. Con lágrimas decidieron nunca volver.
  3. Una señora blanca reprendió a su hija por “no escoger bien a sus amistades” al jugar con una de nuestras adolescentes nativo-americanas, Amika. Todos lloramos.

Aunque no es la regla afortunadamente, aún necesitamos extender nuestra capacidad de tolerarnos, y darle su lugar a alguien que es diferente a nosotros.

Tener un matrimonio interracial por casi 13 años, está ensenándonos exactamente eso. Ha sido una aventura interesante. Estamos aprendiendo diariamente a tolerarnos, a nutrirnos, a reconciliarnos, aprender el uno del otro y amarnos. Sí, el amor todo lo vence. Es el fundamento de 1 Corintios 13 y la clave para que seamos una comunidad inclusiva, hospitalaria, y que sea como Cristo.

Esto comienza en un nivel personal. Las conferencias, las predicaciones sobre el racismo o las marchas de protesta tienen lugar en su tiempo, pero permíteme sugerir que comencemos a nivel personal: admitamos nuestros errores, pidamos perdón a quien hemos ofendido, y oremos que Dios abra nuestros ojos. No podremos ver el mundo maravilloso, diverso, multi-étnico, multi-cultural y multi-color que Él creó hasta que no cambie la lente de nuestros ojos.

Entonces podremos:

  • Ver al Invisible. En aquellos que encontramos cada día en las esquinas, en la calle, los hispanos que trabajan arduamente, esa abuela indígena que vende tamales o pan.
  • Abrir nuestras mentes. Nos permite romper nuestras propias actitudes y barreras.
  • Abrir nuestros corazones. Nos sensibiliza a otros.
  • Abrir las puertas del hogar y de la iglesia.
  • Amarnos mutuamente.

Todos necesitamos recordar que somos importantes. Valemos la misma sangre de Jesucristo vertida en el calvario. Él dio su vida por ti y por mi sin importar el color de nuestra piel.  Somos profundamente amados.

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