Pentecostés: Cuando Dios Añade Leña al Fuego

Por: Rev. Daniel Pesado

Esta era una frase que escuchaba mucho en casa y se refería a que cuando había algún inconveniente o discusión, era mejor callarse y no empeorar la situación: “No añadas más leña al fuego”. Sin embargo, hay áreas y momentos en la vida en las que es necesario añadir combustible para encender o reavivar un determinado fuego.

Por ejemplo, cuando acampamos al aire libre y durante la noche se debilita o apaga la hoguera necesaria para dar calor o preparar alimentos, alumbrar. Tal vez sea en cuanto a las relaciones entre personas, en amistades, noviazgos e incluso matrimonios; muchas veces necesitan ser reavivadas para su permanencia y disfrute. Puede ser necesario añadir combustible  para reavivar una pasión por algo que merece la pena completar, como por ejemplo, alcanzar un título de estudio, un proyecto inconcluso o un sueño postergado.

En el sentido espiritual, para tener un verdadero avivamiento profundo, personal y como iglesia, es necesario añadir lena al fuego ya existente. Tenemos fuego, pero necesitamos avivarlo. Necesitamos acercar más leña a ese fuego del Espíritu.

Por eso pienso: ¡Que astuto es Satanás que ha logrado que dejemos de orar por un avivamiento! El deseo de un genuino avivamiento, un mover poderoso pero auténtico (sin manipulaciones de ninguna índole) debe ser un deseo natural y constante de todo cristiano y, desde ya, también de la Iglesia.
El evangelismo y el avivamiento, aunque están íntimamente relacionados, no deben ser confundidos. El avivamiento es una experiencia de la Iglesia; el evangelismo es una expresión de la Iglesia.

Un avivamiento es el contexto en el que Dios, por su Espíritu, se manifiesta con absoluta libertad y poder. ¿Por qué Dios lo hace? ¿Por qué nosotros debemos desearlo y prepararnos para que suceda? ¿Qué hará posible un avivamiento en la iglesia hoy? Encontramos posibles respuestas a estas preguntas cuando recordamos cómo Dios derramó el primer avivamiento.

Cuando Dios envió su Santo Espíritu el día de Pentecostés, lo que sucedió en la Iglesia naciente, pequeña, frágil, con apenas recursos, perseguida, fue el simple resultado de la presencia del Espíritu en la vida de los aproximadamente 120 reunidos esperando “la promesa del Padre”. Cuando el Espíritu descendió sobre todos ellos la evidencia era clara, inconfundible e imposible de contener. Todos necesitaban salir a anunciar lo que Jesús hizo posible al morir en la cruz y resucitar. El Espíritu daba tal convicción, valentía y capacidad de anunciar las buenas nuevas,  que hacía al mensajero y al mensaje creíble.

Nada ni nadie puede reemplazar la presencia del Espíritu Santo en la vida de cada discípulo de Jesús. Esperemos en oración y con fe “la promesa del Padre”. ¡Y estemos listos para añadir leña al fuego!

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